Comité Editorial

DIRECTOR: Gonzalo Márquez Cristo. EDITORES: Amparo Osorio, Iván Beltrán Castillo. COMITÉ EDITORIALFabio Jurado Valencia, Carlos Fajardo, Maldoror. CONFABULADORES: Óscar Collazos, José Chalarca, Marcos Fabián Herrera, Sergio Trujillo Béjar, Fabio Martínez, Fernando Maldonado, Gabriel Arturo Castro, Guillermo Bustamante Zamudio. EN EL EXTERIOR: Alfredo Fressia (Brasil); Antonio Correa, Iván Oñate (Ecuador); Rodolfo Häsler (España); Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva (México); Luis Alejandro Contreras, Benito Mieses, Adalber Salas (Venezuela); Renato Sandoval (Perú); Efer Arocha, Jorge Torres, Jorge Najar (Francia); Marta L.Canfield, Gabriel Impaglione (Italia); Luis Bravo (Uruguay); Armando Rodríguez Ballesteros, Osvaldo Sauma (Costa Rica).

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E D I T O R I A L

La divergencia, el pensamiento plural, la imaginación crítica, el encuentro lúcido que instaura el entendimiento, y todos los recursos inventados por la cultura para enfrentarse a los múltiples rostros de la pobreza y a los disfraces infinitos de la muerte, hoy se encuentran exiliados, arrojados a las inmediaciones. ¿Cómo participar de un festín donde el nombre de la realidad es sacrilegio, descarnado anatema y malévola irrisión?
Ante el mutismo cómplice y la tácita aceptación de una realidad inaceptable, y en la hora en la que todo debate empieza a extinguirse, apabullado por la tiranía del desprecio, que es casi peor que la de la violencia, resulta urgente fundar zonas propicias para el derroche de la libertad.
Soñamos con la alianza fecunda de la imaginación y la crítica, con la nupcias del periodismo y el pensamiento, de la verdad y la belleza: con una Con-fabulación… Porque solamente el uso ilimitado de la creatividad servirá de brújula para fundar el camino y desplazar la oscuridad reinante.
Desde este sitio convocamos al ingenio creador de los periodistas, escritores, académicos e intelectuales para que mediante el ejercicio de la escritura, despojados de cualquier oscura intención destructora, polemicemos y opinemos, y, con un alto sentido de la ética, hagamos aportes a la construcción del horizonte extraviado.

Turbia Sangre de Rocío Cabanzo


A continuación una breve muestra del libro Turbia sangre de Rocío Cabanzo de Ponce de León, que presentará la Colección Los Conjurados el sábado 10 de mayo, a las 6:30 p.m. en el Salón Soledad Acosta de Samper, Feria Internacional del Libro de Bogotá.

PROTAGONISTA
Dicen que sorda y ciega
                                    busca
entre la pimienta y la miel,
glaciares y bocados de sol,
más allá de la música
de las tumbas donde habitan los vivos
entre festines y templos
entre sus huesos
y molinos de viento,
busca
debajo de las palabras
y encima de los suspiros
en el vientre de las horas
hurgando la noche
entre danzarines sufís
en cuevas de gitanos
y en los tejidos de la risa,
                                    busca
una migaja de luz
un arpegio,
busca su lugar,
en el escenario del tiempo.


MAGIA
Veo desde el avión
cómo la isla entera
cabe en mi mano

OTRO RODIN
Y surgió la mujer
¿De la mano de Dios? No.
De tus manos en mi piel.


Rocío Cabanzo de Ponce de León. Nacida en Bogotá, Colombia. Psicóloga Clínica y Licenciada con honores en Terapia Ocupacional. Se formó como Analista de Pareja y Familia. Ha publicado numerosos ensayos sobre Psicoanálisis Vincular, tema en el cual es especialista, en los Anales de congresos internacionales en Brasil, México, Argentina, Uruguay. En el Libro-Revista Edición especial de la AAPPG, 50º Aniversario del Pensamiento en el campo vincular. Buenos Aires, 2004. En la revista Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares (Buenos Aires, 2010).

Recibió Mención Honorífica en el Concurso Nacional, Casa Poesía Silva, Bogotá, 2009. Autora de: Umbral de lo indecible (Apidama Ediciones, Bogotá, 2008) presentado en Lima, Buenos Aires y Bogotá, y Turbia sangre (Común Presencia Editores, Bogotá  2014). Coautora de los libros, Trabajos de Taller (Casa de Poesía Silva, Bogotá, 2001) y Poesía pintada (Taller Casa de Poesía Silva, Bogotá, 2009). Sus poemas aparecen en el Tomo 2 de Poesía colombiana del siglo XX escrita por mujeres (Apidama, 2014).

La ciudad del poeta de Carlos Fajardo


La ciudad del poeta será presentado durante la tradicional Noche de Los Conjurados (sábado 10 de mayo a las 6:30 p.m., en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, CORFERIAS.
Como un homenaje al país invitado (Perú), reproducimos aquí una de las poéticas crónicas del escritor colombiano.

Lima: “como quien pela una fruta”

Por Carlos Fajardo Fajardo

Lima gris, bárbara, seductora; Lima de bruma y mar, costera y bien andina. Allí su Plaza Mayor, allá su híbrido barrio de Barranco; he aquí el centro de la ciudad desordenado y bullicioso, la extensa alameda y sus canciones. Los días de Chabuca Granda ya pasaron, ahora queda el mito, el sueño, sólo el sueño.
En Lima, Carlos Oquendo de Amat me esperaba con sus 5 metros de poemas. Tuve la fortuna de toparme con él en la Librería Ibero, en una calle del Barrio Miraflores. Me habló de sus 5 metros de poemas:
—Fue el único libro de poemas que escribí. Tenía 19 años y una mujer parecida a un canto. Lo publiqué en el 27. Luego me dediqué a liberar a mi pueblo, a luchar por el socialismo, su destino. En vida fui torturado, encerrado en oscuros calabozos, desterrado de mi patria pobre. Adquirí la tuberculosis en la prisión de El Frontón. Viajé deportado hacia Costa Rica, México, Francia, hasta que no resistí más y en el hospital de Navacerrada de Madrid cesaron mis horrores un 6 de marzo del año 36. Vaya ironía. Mi libro ahora se lee, se estudia, se nombra.
—Si quiere conocer a Lima, me insinuó, recórrala como leyendo un libro, es decir como quien pela una fruta. Así deseo también que lea mis 5 metros de poemas, donde mi palabra es primitiva como la lluvia o como los himnos.
Caminamos y conversamos un buen rato, tanto que me acompañó hasta mi casa del amor y se ha quedado el sinvergüenza a vivir en ella.
Luego vi el mar, el extraño mar de este sur andino. Se diría que Lima no es nada marina, más bien respira un espíritu andino. De manera que su mar es ornamental; se está físicamente frente a él, pero espiritualmente en la montaña. Qué extraña es Lima: ciudad costera andina.
Por la Avenida Abancay mi mujer y yo tomamos un microbús hacia el centro de la ciudad. Fuimos testigos de los ritos que se ejercitan debido a la pobreza en nuestras ciudades latinoamericanas: el grito de un hombre en la puerta del micro anunciando las rutas, y de tanto en tanto vendedores ofreciendo sus confites. Afuera las calles rodaban como piedras de loco. Contrastes de contrastes. Entre el caos vehicular y la gritería, descubrimos el silencio en el barroquismo de la Iglesia de la Merced, y en la sobrecogedora Plaza Mayor, abarrotada de turistas, vimos pasearse el hambre, la miseria de una gran parte de este pueblo milenario. En la noche, la casa de Chabuca y las calles de Barranco convertidas en barrio-museo para despistados viajeros.
He aquí a Lima con su garúa; la que rodeada de mar canta a la montaña. Bajo la llama del sol esperamos a que nos acogiera su delirante recuerdo. Escuchamos la ciudad. Hojas caían de los árboles. Detenidos en las calles, buscamos palabras para nombrar esta tierra de cultura profunda donde aún se siente un fuerte poderío. Sur del Sur. Ciudad Inca donde se quedó mucho de nosotros. Recordamos al grande de Oquendo, sus amorosos versos: Tu nombre viene lento como las músicas humildes y de tus manos vuelan palomas blancas. Mi recuerdo te viste de blanco.

Ah, Lima, déjanos al menos encontrarte en tu incaica memoria; déjanos tus ojos para ver mejor los duros y antiguos caminos; regálanos tus ancestrales y múltiples rostros; danos tus pupilas para llegar a contar lo que hemos visto a través de ti.

Concurso Cardenal Mendoza de Microrrelato

El brandy de Jerez como fuente de inspiración. Este vuelve a ser el punto de partida del III Certamen de Microrrelatos que Sánchez Romate convoca de nuevo, después de la buena acogida de las dos anteriores ediciones. El objetivo del Certamen es fomentar la creatividad en relación a este producto tan apreciado en todo el mundo. Así, el tema será libre, siempre que en el microrrelato se mencione de algún modo el brandy de Jerez.
Los participantes deberán agudizar el ingenio puesto que la extensión de las obras será de ciento cincuenta palabras como máximo, incluido el título. Asimismo, el plazo de presentación comienza desde la publicación de las bases hasta el 30 de septiembre. El fallo del jurado, compuesto por personas de reconocido prestigio literario y un profesional del mundo del brandy de Jerez, se hará público el 31 de Octubre de 2014.
Se premiarán los tres mejores trabajos. El Primer Premio consistirá en 500 euros, una botella de
brandy de Jerez Cardenal Mendoza Non Plus Ultra y una caja de vinos de Jerez de Sánchez Romate. El segundo galardonado recibirá un premio de 300 euros, una botella de brandy de Jerez Cardenal Mendoza Carta Real y una caja de vinos de Jerez de Sánchez Romate.
El Tercer Premio consistirá en 200 euros, una botella de Cardenal Mendoza Clásico y una caja de vinos de Jerez Sánchez Romate.
Los interesados enviarán sus trabajos a través del email microrrelatos@romate.com.
Desde Sánchez Romate se convoca la III edición del Certamen con gran satisfacción y la ilusión de conseguir una difusión tan internacional como la que tiene el Brandy Cardenal Mendoza.

Eduardo Esparza y Los Visibles


Por Alberto Blandón
  
En el centro de memoria, paz y reconciliación se inauguró la exposición Visbles del maestro Eduardo Esparza. Una exposición para recuperar las imágenes de nuestra historia, para sentir las vibraciones de los cuerpos mutilados, de los negados, para tejer memoria.
Se trata de la obra de un artista que ha sabido expresar con imágenes a través de xilografías, grabados, óleos la epopeya de Colombia y sus dolores. Cada cuadro  es una visión de horror y al tiempo un tejido de la memoria. Se anudan, se engarzan las imágenes, vibran los cuadros, dialogan las xilografías, reclaman un espacio en nuestro presente los múltiples ojos, los brazos que agitan el aire abanicando el dolor…
Esparza es hoy uno de los pintores más importantes de Colombia, es quien ha puesto en evidencia los recuerdos olvidados de nuestra historia reciente; mediante su fuerza expresiva y su vitalismo dio forma, color y volumen a un poema visual que se graba en el corazón y la retina del espectador.
Recorrer la exposición del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación es anudar las imágenes olvidadas de nuestro presente y a la vez nos convierte en testigos de un hecho estético que sin duda rompe los moldes, se sale de los marcos de las estéticas convencionales y nos sumerge en una experiencia estética donde el corazón, las emociones, los sentidos nos guían por nuevas experiencias y nuevas miradas sobre el arte.
Es una exposición para recorrerla con calma, con mentalidad abierta y dispuesta al diálogo con cada cuadro, hurgando en las imágenes, descubriendo formas, volúmenes, personajes, ventanas, colores que configuran un paisaje vívido, lleno de texturas, de fugas y encuentros. De allí salimos con imágenes tatuadas en nuestros sentidos para llenar de vida los espacios olvidados de nuestra memoria.
La exposición está abierta desde el 8 de abril hasta el 30 de junio en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, Carrera 22 No. 24 – 52, Bogotá.

Entrada Libre

Cartas de los Lectores No. 323 - Abril 14 de 2014

JOEL STREICKER. Muy sentidos los poemas del norteamericano Streicker publicados la semana pasada en Con-Fabulación. Sus imágenes urbanas y su sentimiento por esta Bogotá que tanto odiamos y amamos es muy intenso. Alvaro Montañez

* * *
LA POESÍA COMO PLEGARIA. Siempre que leo a Enrique Rodríguez Pérez me queda un halo de tristeza, de desolación. El artículo del profesor de la Univesidad Nacional Gabriel Restrepo sobre su libro Entre materia y premura, me llevó por parajes naturales que tanto visita en sus versos el poeta boyacense. Diego Atuesta

* * *
EL CIRCO DEL TEATRO. Me parece que el Festival Internacional de Teatro de Bogotá cada vez es más costoso (cada boleta vale una tercera parte del salario mínimo) y privilegia sólo el espectáculo. La mayoría de las obras son muy ligeras, quieren convertir al teatro en circo. Mariana Peña

* * *

NEREO LÓPEZ. Muy divertido el artículo sobre ese grande de la fotografía colombiana, el maestro Nereo. Yo me pregunto dónde se pueden conseguir sus libros. Fabio Solano


* * *

Colección Los Conjurados


Poesía, Cuento, Ensayo, Crónica, Novela y Testimonio



Discursos Premios Nobel (Tres tomos), Grandes entrevistas de Común Presencia, Antología de Poesía Colombiana (1931- 2011), Poetas venezolanos contemporáneos,
Cuentos perversos, Ensayistas bogotanos, Cronistas bogotanos, Cuentistas bogotanos y muchas obras más.

Los Visibles de Eduardo Esparza

Centro de Memoria, Paz y Reconciliación
Exposición Martes 8 de abril, 4 p.m.
Carrera 22 No. 24 – 52,
Bogotá. Entrada Libre


Homenaje a las víctimas del conflicto colombiano

Por Amparo Osorio*

Si alguna vez Octavio Paz, basándose en una cita de Demócrito, tituló uno de sus libros capitales como Sombras de obras, quizá esta luminosa reflexión sea la paráfrasis perfecta que el observador necesita para convertir en palabras esa perspectiva íntima que le suscita la contemplación de toda obra de arte.
Su interpretación se convierte entonces en un franquear la puerta a fin de que a través del trazo y la forma intentemos habitar ese tejido de eslabones secretos que habrán de conducirnos desde lo finito a lo infinito, para asir en la mirada los lenguajes ocultos del artista que permitan develarnos la mistificación de su interior absoluto.
Con esta premisa y desde la extraña impronta de Los visibles, una connotación que más adelante vendrá a suscitar nuestro estupor por lo contradictorio del significado, entramos entonces a este universo de obras con las que Eduardo Esparza ha bautizado su último trabajo-homenaje, volcándose en una serie de palpitantes imágenes para inducirnos por un camino de interrogaciones y asombro, que nos conducen desde el aquí y ahora de este país convulso, hasta el ayer y el antes de una geografía inhóspita sembrada desde siempre por las desoladoras fauces de una injusticia interminable.
Su recorrido se convierte en una experiencia simbólica que desde lo inexpresable nos lleva a lo imaginario, en una alegoría de múltiples caminos en los que perviven inquietantes capítulos de horror y pesadilla, puesto que estos “Visibles”, en realidad “invisibles y anónimos”, no son nada distinto a la representación de seres reales cuyas trágicas historias de desaparición y tortura suscitan una multiplicidad de sensaciones que de una u otra forma nos obligan a recrear el infierno de Dante, no para interrogar a los condenados que gravitan bajo los nueve círculos, sino para conversar con las sombras de estos centenares de habitantes que desde el territorio de los muertos y en el epicentro de sus oscuros destinos, nos hablan de sus flagelos y angustias y de esa profusión de tinieblas que constituye su propia historia como una de las más escalofriantes metáforas del desamparo.
El artista lo sabe y conocedor a fondo de nuestro doloroso inventario de víctimas del conflicto, del despojo de tierras, del desplazamiento, del oprobio y de la desaparición como una de las más terribles cargas de pesadumbre que suscitan nuestra indignación permanente, nos propone a su manera no renunciar a la contemplación y confrontar su denuncia mientras hacemos la ruta de abandono de estos anónimos visibles.
Comprometido entonces con su tiempo –y así nos lo confirma de una manera sencilla, conmovida y conmovedora–, apuesta toda su sensibilidad a fin de suscitar una remoción de nuestras conciencias adormiladas, un permitirnos volver sobre las sucesivas gamas de la infamia de que han sido capaces algunos seres humanos y sacudiendo de nuevo nuestras más íntimas fibras, nos obliga a profundas reflexiones para que el leitmotiv del tenebroso facilismo de leyes de perdón y olvido que vienen permeándose en grandes esferas de nuestra sociedad, no se constituya en el memoricidio que impere en las nefastas graderías de la posmodernidad. 
Así, bajo la estrella tutelar del Guernica y evocando un poco a Picasso de quien se declara confeso admirador, penetramos de nuevo a los misteriosos cuadros con los que Eduardo Esparza ha querido perpetuar esta historia, la suya, la nuestra, la de un país que se debate en el desasosiego de sus interminables espirales de violencia.


*Poeta, narradora y ensayista colombiana

El testimonio poético de Joel Streicker


Por Luis Fayad

El amor en los tiempos de Belisario es el testimonio poético de un habitante de paso por Bogotá. Hace treinta años Joel Streicker dejó su vivienda en las afueras de Chicago y recién instalado en su nueva residencia cedió a una nostalgia anticipada que lo llevó de viaje a su niñez, a un sitio que ya no lo conoce y le llega como una brisa endeble que no lo desalienta y lo recrea. Sus recuerdos madurados por la distancia en el tiempo y en el espacio dejan una señal en su poesía y no se diluyen, pero permiten que las palabras también expresen las impresiones en el nuevo lugar. La ciudad y su visión desde una ventana y desde las sensaciones. Las calles y los episodios de las esquinas no le inspiran tonos descriptivos sino el diálogo con él mismo para revelar su intimidad. El verso es medio de expresión y es compañía, es la casa en la que habitan unos momentos selectos transcurridos en la niñez y otros, muchos más, en un lugar lejano que conoce de joven y que si fueron inconscientes en su rutina, se hacen conscientes en la palabra. Aparece el hombre en la comunidad con sus desconsuelos sin lamentos y sus goces sin exaltación, con su amor a una persona o su búsqueda ansiosa cuando el amor no existe y se vuelve anhelo, como se busca la soledad y la amistad. “Busco el eco de mi silencio en el amor”.


POR esta noche
de pobre patrimonio
de calles y vidas
astilladas
no hay cantares
ni lágrimas
ni escapes
cuando la ciudad
lleva sin galardón
ni vergüenza
su alma rota
todos nos morimos juntos

(14 enero 83)



YA que no se asoma
la divinidad desde
cada ser,
ni se vislumbran
sus huellas en
los actos y las cosas,
ya que no hay causa
que llene con su llama pura
este hueco adentro que
en vano aguarda mi reflejo
en su oscuridad
de espejo ciego,
busco el eco de mi silencio
en el amor,
como queriendo
recrear una piedra
de las olitas
que mandó a perderse
sobre la superficie
de un pozo


(25 febrero 83)

La poesía como plegaria


Nota sobre el poemario de Enrique Rodríguez Pérez Entre materia y premura
(Madrid: Lord Byron Ediciones).

Por Gabriel Restrepo
Escritor y sociólogo independiente

Cerca de la mitad del poemario, pasadas 47 páginas del primer poema y anterior en 36 al último, Un pliegue transgredió la premura oficia para el lector  de la poesía de Enrique como bisagra y a la vez clave para abrir la propia metamorfosis entrañada en una lectura creativa. Y por muchas razones. Las palabras asociadas de modo directo a la raíz latina del verbo plicare alcanzan la decena. La imagen de la premura nombra el poema y el poemario. Pero verbos, sustantivos y movimientos de imágenes abundan en aquello entrañado en el plicare: la dualidad, la doblez, la dobladura, la herida, el tajo, las grietas, los dilemas, vacíos, rasgos, remiendo, desgarro, bifurcación, hendidura y un sinfín más.
Empero esta numeración sería trivial estadística de no descifrar el sentido más hondo. Por supuesto habrá muchas estrategias para sondear, quizás tantas como lectores o lectoras. Siempre que sean lecturas resonantes. Me atrevo a exponer mi propia piedra de Roseta. Y para ello me valgo de dos topos y los tropos correspondientes. Soy consciente empero que todo nombre y tiempo son en  poesía toponimia o efemérides accidental. Sí, por cierto, la crisis financiera de Lesseps sirvió de trasfondo a las Variaciones de un tema-sujeto de Mallarmé. Pero aquello resta como anécdota de un eterno retorno del mito del Rey Midas, recreado en esplendor por el simbolista.
Monguí y Tours. Al primero aluden tres poemas, si se prescinde de que más allá de lo literal el paraje es potente imán del poemario y no se desdeñaría el conocerlo como una extraña aleación de una enigmática bella sublimidad, incluso por esa posición recóndita de aquellos parajes en los cuales se adivinan misterios.
El poema Este remolino del Loira cierra el poemario. La fluidez propia de los ríos queda atrapada en la noria del remolino. Hay una cantidad diminutiva en el parangón: de sol, de flora, de luminiscencia, de movimiento. Gravedad: el poema y el poemario anclan allí, como si la premura y la ductilidad concluyeran en la inmovilidad de la prisión.
Por contraste, los poemas en clave de Monguí que en verdad son todos pliegan y despliegan en una elemental complejidad se mueven entre sustancia y lengua, naturaleza y cultura en un vaivén prodigioso porque no hay cosa inerte. Como en la magia la prestidigitación poética es onírica, aproxima lo distante, avecina lo opuesto, cura las heridas, salva los abismos. Poesía homeopática.
Es por supuesto una suerte de crimen apresurar el contraste de los dos tropos encerrados en los dos topos, distinguir las dos cosmovisiones que fundan diferentes retóricas. Pero más por brevedad que por pereza o por simplicidad cierro por ahora mi lectura indicando que lo que hay desde aquí, desde Monguí, La Habana, Putumayo a diferencia del remolino de Tours es una naturaleza amante y animada, un espíritu que se instala a cada hora en un nuevo génesis no interrumpido, incluso una matemática del sueño (página 63).
Lo de allá en cambio remonta a la tajante y esquizoide separación de la res cogitans y de la res extensa mediante la cual el espacio devino número y la progresión de estos olvidó el cero para sumar a ese infinito malo encarnado en el capital.

Pero, repito, esta conclusión es apresurar demasiado. He leído y releído los poemas con fruición, deleite y detenimiento. Y hay en cada verso un juego sorprendente de reposo y aleteo, unos pasajes sutiles de materia y lengua, un sortilegio de sugestiones al mejor modo del simbolismo, de Lezama, de Quevedo, pero también con una raíz inocultable de la estancia en la tierra de Vallejo. Desde mi atalaya tomo una copa de vino para brindar por el autor: salud. 

Don Menox - Cuento

Por Amílcar Bernal Calderón

Publicamos aquí un relato enviado por este ingeniero mecánico y escritor nacido en Ibagué, Colombia, 1950. Premio Nacional de Poesía Ciudad de Chiquinquirá, Segundo Premio Internacional de Poesía Miguel de Cervantes en Armilla, España; Mención de honor en el Concurso Internacional de Cuento “Encuentro entre dos mundos”, en Francia; y Mención en el Concurso de Literatura de la revista El Malpensante. Ha publicado los poemarios: Solos de retruécano y La sal de los hoteles.

Uno de los últimos fines de semana, antes de que comenzáramos a morirnos, las enfermedades tomaron un día de asueto y nosotros decidimos hacer una fiesta para celebrar que aún podíamos hacerlas. Cada uno tomó sus precauciones y un poco de vino hasta bien entrado el amanecer, como Cenicientas que compraron un lapso extra de ajeno jolgorio. Siempre era posible que cada celebración fuera la última.
En algún momento Zapata, que no era un amigo sino alguien que llegó tarde con un cuento nuevo cuando los nuestros apestaban a cadáver, me habló sobre la casa que construyó a la orilla del mar, en los alrededores de un caserío de negros, en una región no contaminada por los blancos donde la tierra se conseguía “a huevo”, eso dijo. Yo me pregunté si también las gallinas eran baratas, por aquello de que entre el huevo y la gallina existe una relación de incierta causalidad. Es la filosofía, que no se cansa de hacer dudar a los hombres. Entonces, abrazado por su voz, el tiempo de la fiesta se convirtió en el tiempo que Zapata pasó por esos rumbos, y mientras mis viejos amigos bebían y bailaban en el salón del hogar geriátrico, yo era un protagonista silencioso, un árbol, me gusta este ejemplo, de la geografía de su historia.
Hacía algún tiempo, Zapata y unos amigos habían comprado una tierra a los negros raizales de una bahía que ignoran los mapas, al norte. Y allí construyeron un barrio, imitando la arquitectura de los nativos para que la vida pensara que eran iguales, sobre las estribaciones de una colina, a poca distancia de la playa donde se asentaba el caserío de los pescadores. Allí había ocurrido la historia que iba a contarme.
Saliendo de su cabaña hacia la izquierda, por el camino que linda con el palo de aguacates en cuyas frutas da el sol y convierte el aire en una mirada de ojos muy verdes, tras veinte minutos de matar zancudos se llegaba a la casa de don Menox. Dijo Zapata que él lo llamaba así a pesar de que los demás lo llamaban don Max, porque el pobre estaba tan cojo, tan averiado de la columna, tan aferrado a sus muletas y tan torcido del paso que no tenía nada de Max, sino todo de Menox. Don Max entendió el sentido cariñoso del apodo, no opuso resistencia, y entre ellos siguió llamándose don Menox hasta que san Juan agachó el dedo, lo cual no tardó en suceder.
Parapléjico, adinerado, con gran corazón y fuerza de voluntad, Don Menox iba todos los días en cuatro pies, dos suyos y dos de sus muletas, destartalado y vencido como un carromato en su último viaje, al caserío de los nativos a colaborar con su dinero en la solución de cualquier necesidad o inconveniente que tuvieran; visitaba también las casas de los blancos y compartía las noticias de la civilización (tenía una antena poderosa que lo comunicaba con los Estados Unidos); repartía el correo que llegaba en su helicóptero y hablaba con todos en tono risueño. Era muy apreciado. Pagaba el sueldo del médico, las operaciones de los enfermos que había que sacar a la capital y los remedios que hicieran falta. Era como dios, dijo Zapata. Así, torcido como un resquemor y con una botella de aguardiente en su mochila, visitaba a sus vecinos, tomaba tinto en cada casa, compartía su aguardiente, resolvía la necesidad y se iba dando tumbos a la siguiente vivienda, todos los días.
Cuando don Menox llegaba a mi casa, dijo Zapata, yo sacaba la mesa de centro al zaguán, acomodaba dos asientos, organizaba unos platos con mango y coco picados, ponía tangos en la grabadora y sacaba mi whisky. Él sacaba su aguardiente y nos poníamos a hablar. Jamás quiso beber de mi trago: siempre decía que él sólo iba a tomar whisky el día de su muerte, lo cual yo no entendía pero me importaba más o menos un culo. Tampoco aceptó nunca dormir en mi casa. De repente desaparecía pero yo no me preocupaba pues sabía que todos lo cuidaban. Lo querían tanto, dijo Zapata rascándose la nuca y mirando por la ventana del salón donde mis amigos emborrachaban a las enfermeras con dudosa intención, que todavía por ahí andan unos negros buscándome pa’ matarme pues yo le hice algo malo a don Menox. Todo porque fui el último que lo vio vivo y, según ellos, lo envenené con mi whisky, ¡cabrones de mierda!
Un atardecer, como hacia las seis y media, llegó don Menox a mi casa. Yo ya me había tomado media de yoniwoquer y estaba más prendido que un remiendo. Se notaba deprimido (aunque con tanta depresión en el cuerpo era difícil verle las del alma). Se acomodó en un asiento, callado como un sobre sin carta, y se puso a beber como loco. Nunca dijo nada. Yo me emborraché y me quedé dormido. Cuando me desperté eran como las nueve de la mañana del día siguiente, y por la oscuridad y los golpes de ola contra el arrecife se sabía que anoche había llovido y el mar estaba alevoso. Con dolor de cabeza y matado del cuerpo, me puse a hacer por ahí unas cuentas que no representaban mucho sacrificio. Cuando quise tomarme el primer trago busqué mi botella de whisky: era la única que me quedaba y, según recordaba, estaba por la mitad; pero no la encontré. Le di vuelta a la casa, y cuando me convencí que había desaparecido me fumé un mariguano y me acosté a dormir, porque no había más remedio.
Al otro día por la mañana vino un negro a buscarme: quería que yo viera a don Max antes de su entierro. ¿Su entierro?, pregunté. Sí, es que don Max se ahogó antenoche cuando salió de su casa; se echó al mar y no pudimos salvarlo. Estuvo perdido todo el día de ayer pero acaba de volver para el entierro. Tiene algo en la mano y nosotros queremos que usted se lo quite. El hombre me miraba con rabia, y yo comencé a sospechar que el dedo de San Juan empezaba a agacharse y  mi estancia en ese paraíso terminaba.
Al llegar a la playa encontré que don Max estaba más Menox que nunca. Rodeado de flores perfumadas y comida, vestido de blanco, lo habían colocado en una plataforma de palos secos untados de petróleo que iban a subir sobre unos zancos enterrados unos metros dentro del mar, a una altura tal que cuando subiera la marea y su cuerpo estuviera quemado, sus cenizas se iban a ir con las olas. En la mano, entre sus dedos amarillos, apretaba mi botella de whisky vacía. Yo se la quité mientras las mujeres cantaban una cosa que a mí me sonó amenazante, aunque yo no entendía su dialecto.
Trece noches iba a durar su velorio. La séptima noche, mientras todos lloraban, bebían aguardiente y cantaban una cosa parecida al jazz, yo aproveché un descuido y me escapé pa’salvar el pellejo. Al alba del día catorce yo iba a morir, me lo contó años después un antropólogo que sabe sus costumbres, y mi cuerpo iba a ser quemado con aguardiente, en honor a don Menox.

Todavía andan buscándome, dijo Zapata, señalando una noche muy negra, más allá del final de nuestra fiesta, que podía ser la última.  

Cartas de los Lectores No. 322 - Abril 7 de 2014

MARTHA CECILIA RIVERA. Notable el fragmento de la novela Fantasmas para noches largas de Martha Cecilia Rivera. Al leer el texto en Con-Fabulación, me sorprendió su poder narrativo, su buen ritmo y su capacidad descriptiva llena de color y de intimismo, cualidades casi inexistentes en la nueva novela colombiana entregada a la usura comercial. ¿Dónde puedo conseguirla? Vicente Silva

Respuesta: Ya está distribuida en las principales librerías de Colombia. La tendremos con los demás libros de Los Conjurados en el Pabellón 3, Stand 133, de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, que comienza el 28 de abril.

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FABIO MARTÍNEZ. Felicito al escritor Martínez por su intensa actividad cultural. Leo sus columnas, he leído también alguna de sus novelas (Balboa) y me interesa su última publicación El desmemoriado. Saludos, Alejandro Manrique.

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OTROS OJOS DE CAMILA CHARRY. Un abrazo para la poeta a quien sigo en Con-Fabulación. Creo como dice Adalber Salas que ella emprende en Otros ojos: “observarse con una mirada ajena, extrañada, que le permita entender su calidad de ser humano desde lo animal –no por oposición, sino hallando un común acuerdo, una especie de tierra común”. Felicitaciones. Francisco Dueñas
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¿Y DÓNDE ESTÁ EL AVIÓN? Ya no debemos preguntar por el piloto como en la serie de películas de los años ochenta, sino dónde está el avión. No deja de asombrar que se pierda un jumbo como si fuese un alfiler y que ni las emisiones de la caja negra sean escuchadas en esta era que presume de su alta tecnología. ¿Será que entró a la cuarta dimensión? Amanda Fernández

Fantasmas para noches largas de Martha Cecilia Rivera


Publicamos a continuación un fragmento de la deleitosa novela Fantasmas para noches largas de la escritora colombiana Martha Cecilia Rivera, recientemente publicada por la Colección Los Conjurados. El libro fue ilustrado por Ángel Loochkartt.

Las capas de luz se deshicieron poco a poco, sucesivas. Quizás agotadas tras finalizar un día de asuntos inciertos, una después de la otra se desprendieron despacio. No obstante, cada una desapareció de una sola vez como una paradoja intencional que se diseñó para engañar al ojo humano. Primero se descolgó el brillo. Ya nada se reflejó en nada y los objetos se vieron mustios. Después, todo se quedó igual durante un momento. De pronto se desdibujó el contraste entre los colores. Quizás cada uno se aferró a esa película invisible que los hace nítidos pero acabaron por perder la batalla de cada tarde y ahora lucieron como versiones deterioradas de sí mismos. Más adelante se esfumaron los contornos. Nada tuvo más un borde preciso, ni hubo líneas definidas demarcando dónde cada cosa comienza o termina, de la misma forma como ocurre con las circunstancias de la vida.
Ajena al deber de perder identidad entre las sombras que ya venían, una carta refulgió en su color blanco. Delgada, de una sola página, se sacudió por el temblor de unos dedos y perdió su textura lisa. Perturbado, el padre Alfredo Sagrario la leyó de nuevo. Incrédulo. En esta ocasión imprimió a cada palabra una entonación que quiso ser casual pero resultó dramática. El sonido de su propia voz no apaciguó su angustia. Vacilante, la releyó en silencio por tercera vez, o cuarta, y la abandonó sobre la mesa. Se sintió confundido. Emitió un suspiro casi a voluntad. Casi con significado. Se levantó y se desplazó a lo largo de su celda con pasos pausados. Sus piernas temblaron. Ahora se sentó en el borde de su cama. Mesó sus cabellos, respiró profundo y se levantó de nuevo. Miró en derredor sin saber qué buscar y sin razonamientos. El contenido de la carta pareció crear un eco sin palabras en medio de su cerebro. Una vez y otra, y otra y otra, en su mente reverberó una única frase con la potencia de un altavoz y causó todas las veces el mismo impacto. “La respuesta de un sacerdote”. Se sintió enfermo. Su celda pequeña de cura sin jerarquía y pobre, pareció incapaz de albergar su conmoción interna. De nuevo se sentó en su cama. Se incorporó enseguida. Se acomodó en su silla. Se levantó. Sin pausas, en forma automática. Sin sosiego. Una sensación de ahogo lo obligó a acercarse a la ventana. Casi sin aliento, la abrió por completo.
El paisaje limpio y fresco de un jardín modesto al otro lado lo calmó un poco. Amarillos y violetas, pensamientos florecientes en macetas de color de tierra lo llevaron hasta ese lugar agrícola en donde sus propias flores de seguro exhibirían ahora mismo mosaicos multicolores. Las echó de menos. Añoró el olor a campo húmedo y el sonido del silencio virgen que solo se escucha en la inmensidad inmóvil del paisaje agrario. Sintió la falta de su gente ausente. Más que todo, extrañó su antigua vida sin complicaciones, hecha del café de alverjas en las madrugadas, el ordeño a las cinco en punto y los bailes de ocasión en plena calle. No hubo en ese entonces angustias de otros para ser cargadas en su propia espalda. No se tropezó a cada día con personas condenadas a carecer de calma. Sin embargo se sintió orgulloso de su nueva existencia urbana y agradeció la gran oportunidad de su vida, vivir en un lugar cosmopolita y tener experiencias nuevas todos los días.
Observó de nuevo el jardín con sus pensamientos y supo que quería quedarse en la gran ciudad por siempre. A pesar del pueblo que ya no volvió a ver. A pesar de las nostalgias de algunos días. A pesar de la gente de la vida urbana con todo y sus cartas extrañas. “¡La carta!” La melancolía se esfumó, y también sus reflexiones, para darle paso a su realidad urgente. Sintió su sacerdocio, durante un segundo, como un peso enorme. Se hizo sacerdote para infundir en las personas su propia confianza en un amor mayor que el de la especie humana y quiso hacer de su ministerio un mensaje de orden en el universo que ahora desafiaba una carta de alguien de nombre Rebeca Hidalgo. Breve y directa. Provocadora. Lo único que acudió a su cerebro cuando la leyó la primera vez fue un pensamiento hereje: “Necesita consultar a un brujo”. Lo rechazó con energía, casi con las manos, pero la idea persistió, insistente. Intimidante. Inaceptable. “Se requiere de un brujo”.
Tembloroso, leyó la misiva varias veces más sin lograr discurrir nada distinto. Supo que un sacerdote no podría recomendar un brujo en ninguna circunstancia ni en ningún momento. Su ansiedad aumentó rápidamente. Se arrodilló en su reclinatorio y rogó por inspiración divina. Meditó. Rogó de nuevo. Regresó a su escritorio y estudió otra vez la carta con su ortografía impecable y sus letras bonitas. Volvió a sentirse perplejo. Ninguna respuesta digna de su ministerio se formó aún entre las células de su cerebro. Buscó en vano en su memoria alguna historia semejante. Rostros de muchas personas llenas de preocupaciones, junto a sus historias y sus desenlaces, poblaron su mente pero no ofrecieron pistas. Tampoco encontró recuerdos de haber discutido el asunto durante su tiempo, todavía reciente, en el seminario. Nunca preguntó al respecto. No pensó, sencillamente, en ese tema. Sin saber qué hacer, preguntó para sí mismo qué clase de gente podría ser Rebeca Hidalgo.


Martha Cecilia Rivera. Narradora y poeta. Nació en Bogotá, Colombia, en 1959. Estudió Psicología en la Universidad Nacional y obtuvo un grado de maestría en la Pontificia Universidad Javeriana, ambas en su ciudad natal. Actualmente vive en Chicago, U.S.A, donde escribe acerca de literatura para varios periódicos y revistas. Su producción literaria ha sido publicada en múltiples antologías en Estados Unidos, Colombia y España. Sus poemas han sido seleccionados para presentaciones en algunos de los más importantes eventos literarios en su ciudad de residencia (Palabra Pura, Poesía en Abril, Guild Literary Complex) y han ganado varios reconocimientos internacionales (La fuerza de la palabra, Argentina, 2013). Entre su narrativa se encuentran la novela Fantasmas para noches largas y el volumen de relatos Ópera de un hombre que buscaba, actualmente en proceso de publicación. 

El desmemoriado de Fabio Martínez


Por Marcos Fabián Herrera

A Ray Bradbury debemos que acuarelas de fantasía nos hayan hecho reflexionar sobre la deshumanización de la ciencia y el desvanecimiento de las fronteras éticas. El desenfreno en la experimentación científica y la hegemonía de la técnica, nos ha recordado vaticinios gestados en la fecundidad literaria: Un mundo panóptico controlado por un ojo ciclópeo que escudriña a los humanos sin empacho; urbes narcotizadas y sometidas al culto frívolo que imponen humanoides; y cuadrillas de hombres empecinados en incinerar todo vestigio libresco en la tierra, son apenas algunos de los atisbos que la literatura ha osado en dibujar sobre los inciertos días del futuro.
Pero también los ensayistas han diseccionado el tema. Quizás una de las nostalgias más enquistadas en la reflexión contemporánea de los pensadores de la cultura sea la del acervo letrado que se diluye en medio del barullo de esta época sin asidero; la supremacía del fragmento, la fugacidad del dato y la eclosión de alfabetos torpes y formatos multidimensionales, dejan perplejos a los cofrades de Gutenberg.
El Desmemoriado de Fabio Martínez, ficción de sangre Braudburiana, ha tenido como umbral un señuelo propio de la lúdica literaria: Una caja de pandora que se abre la noche del 19 de diciembre del 2012 cuando Pitty introduce en el programa Novel las palabras “memoria”, “manzana” y “pitty”. Así, obtiene la novela que la agobiante vida de empleado de la multinacional memoria Babel le ha impedido escribir, y surgen las 174 páginas de este artilugio apocalíptico y crudo, premonitorio y futurista.
Pitty Caballero Santos es un profesor de la universidad nacional, que por sus habituales jornadas licenciosas, no llega a tiempo al lugar en el que se entregan las tabletas electrónicas que permiten el ingreso a la nueva sociedad virtual. Sometidos a las privaciones que genera el carecer de este artefacto, él y su esposa, Manzana Siachoque, deberán sortear  dificultades por ser seres confinados al ostracismo y desterrados de la legalidad digital.
Si el pensamiento se extingue y la información se ensancha en las múltiples formas que posibilita los atavíos de la virtualidad, tendrá pertinencia preguntar, ante la desazón del profesor Pitty que pierde su bagaje cultivado con la pertinacia propia del intelectual decimonónico:
“Para qué leer un libro si todo está sintetizado en Wikipedia; para qué pergeñar un buen verso si ya todo está escrito en la memoria de Babel y circula en la red; para qué dibujar un plano, una figura o un paisaje si existen miles de programas que hacen esto mejor tú; para qué traducir un libro si ya tienes miles de softwares que te lo traducen y lo hacen mejor que tú; para qué crear una composición musical si la puedes bajar por internet; para qué pensar si existen miles de programas virtuales que piensan por ti, ahorrándote el camello intelectual de pensar. El pensar es un camello, que para poder atravesar el desierto de la ignorancia, tiene para ello dos gibas en su cuerpo llenas de agua.”
Pero aún hay más: en esta novela de Fabio Martínez, escrita en clave humor, rasgo característico de su narrativa, la urbe poblada clones y escindida de la llanura prosaica, comarca marginal destinada a los pobres desprovistos de la sofisticación imperante, es el escenario en el que el amor deja de ser el sentimiento de mayor hondura humana para reemplazar el jadeo amatorio por el azogue de la pantalla del laptop. Si la máquina se ve empoderada de tal manera que hasta el contacto corporal se vuelve anacrónico, los Alfas, etnia virtual que propugna la extinción de los humanos y el triunfo de la inteligencia virtual, simbolizan los seres deshumanizados que ya se advierten en nuestros días. Por su parte los Betas, son hombres que pregonan el retorno a lo natural y sencillo, “para así derrotar aquel mundo quimérico y ficcional, que un día se habían inventado para fortalecer, supuestamente, las comunicaciones interhumanas”.
Tendrá que sucumbir el omnímodo sistema virtual, retornar la primigenia penumbra en la que un abrazo y un verso se permitan erizar de nuevo la piel, para que Bogotá, urbe controlada por el presidente desde su tótem de Monserrate, redescubra la gracia de lo elemental. Es por todo ello que debemos leer esta novela, para reafirmar que de la literatura siempre sale el efluvio que anuncia los malestares del hombre, y que los raudos tiempos que corren nos convierten en marionetas de una orquestada comedia virtual.

Si las buenas novelas han de llevar a los lectores a los entresijos del caos para develar los espejismos, y los libros son el último refugio de quienes desdeñan la estolidez, El Desmemoriado de Fabio Martínez puede ser la primera pócima para beber antes de caer el embotamiento mental que enajenó a Pitty y lo condenó al automatismo de los zombis.