No. 457, Mundos conocidos

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FUNDADORES: Gonzalo Márquez Cristo y Amparo Osorio. DIRECTORA: Amparo Osorio. COMITÉ EDITORIAL: Iván Beltrán Castillo, Fabio Jurado Valencia, Carlos Fajardo. CONFABULADORES: Fernando Maldonado, Gabriel Arturo Castro, Guillermo Bustamante Zamudio, Fabio Martínez,  Javier Osuna, Sergio Gama, Mauricio Díaz. EN EL EXTERIOR: Alfredo Fressia (Brasil); Armando Rodríguez Ballesteros, Osvaldo Sauma (Costa Rica). Antonio Correa, Iván Oñate (Ecuador); Rodolfo Häsler (España); Luis Rafael Gálvez, Martha Cecilia Rivera (Estados Unidos); Jorge Torres, Jorge Nájar, Efer Arocha (Francia); Marta L. Canfield, Gabriel Impaglione (Italia); Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva (México); Renato Sandoval (Perú); Luis Bravo (Uruguay); Luis Alejandro Contreras, Benito Mieses, Adalber Salas (Venezuela);
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MUNDOS CONOCIDOS


Ha comenzado a circular bellamente diseñado por Diego Amaral Ceballos, este exquisito libro que compendia la vida y gran parte de la Obra de Jim Amaral uno de los más importantes artistas latinoamericanos contemporáneos. En su significativo prólogo, Edward J. Sullivan nos anuncia: “Gracias a estas experiencias tempranas, Amaral se insertó dentro del amplio mundo del arte de un modo único, desarrollando una voz artística singular que habló un lenguaje estético pluralista y siempre cautivador”.




FUNDACION FAHRENHEIT 451



El 20 de junio comenzará el taller de guion cinematográfico con el director César Augusto Acevedo, ganador de la Cámara de Oro en el Festival de Cannes por su película “La tierra y la sombra”. Están abiertas las inscripciones.

Este taller busca explorar la creación de guiones cinematográficos y abordar herramientas y técnicas fundamentales a partir de la experiencia y el trabajo de este cineasta reconocido internacionalmente. Será una gran oportunidad para todos aquellos interesados en aprender de cine y en hacer cine y distintos productos audiovisuales.

EL CUENTO QUE NO VENDRÁ



Armando Romero*

         A Jotamario, quien junto con Alfredo
                                                                       Sánchez, publicó en “Esquirla” de
                                                                       Cali, mi primer cuento. ¿Sería de
                                                                       verdad un cuento?
                                                                          
         Hace unos buenos años, en la Caracas todavía bullanguera de petróleo feliz y salsa fácil, viajé con un grupo de amigos hasta las estribaciones de Galipán, que es como se denomina la ladera norte del hermoso Monte Ávila. Galipán, con su geografía azotada directamente por la sal y los reflejos del mar, es  uno de esos sitios que todavía se salvan del deterioro de la zona central de Venezuela. Flores y plantas, pájaros y serpientes, hay para escoger en esta montaña que frente al mar es un espejo de contrastes.
            Luego de caminar, explorar, mis amigos  y yo nos sentamos a comer, beber y hablar de algo en el patio frontal de una casa de campo que pertenecía a uno del grupo. A cielo descubierto veíamos irse la tarde. Uno de mis amigos, gran conversador, había empezado, en esta luz descendiente, una historia que recordaba de su niñez en Inglaterra. Por en medio de sus palabras vimos desaparecer el sol cuello cortado en el mar a nuestros pies, y en seguida implantarse esa noche que sólo es noche en el trópico.
            Desafortunadamente he olvidado las intrincaciones de la historia de mi amigo, pero si recuerdo que era un relato que iba entre las infancias de los cuentos de William Saroyan y las lejanías de los de Ruyard Kipling. Sucedió, entonces, como les cuento, que en medio de su historia apareció lo que de oscuro ustedes bien conocen como noche oscura, sin luna. Nadie se movió de su sitio, tal vez estáticos todos por ese viaje de lo claro a lo oscuro como por las entrañas de un artista barroco. Mi amigo, imperturbable, siguió hablando, contando, y de pronto, sin que mediara nada, sólo la completa oscuridad que nadie osaba destruir con un fósforo o una lámpara, sus palabras empezaron a desligarse, poco a poco, del tema que las acompañaba, del cuerpo que las emitía, los cuales estaban adheridos a ellas antes en la luz pero ya no en la sombra, desprendidas.
            Sus palabras, ya ahora sólo palabras, comenzaron a volar por encima de nuestras cabezas como aves en un sueño de Goya, desprovistas de significado, solo sonido y cuerpo, llenas de una vida otra que las dejaba libres sobre la página negra de la noche. Y allí estaba el cuento, contándose a sí mismo desde el principio al fin, configurándose en las miles de posibilidades combinatorias como algo que nos pertenecía desde siempre, que nunca nos había sido contado pero cuyo desarrollo y final no nos era desconocido: el cuento, que sabemos, viene de la noche, de lo oscuro.
            Mi experiencia como narrador a rienda suelta me ha llevado al sitio desde donde se hace posible encontrar esas palabras flotantes, hacerlas táctiles con la prolongación de mis sentidos, y dejarlas que poco a poco se ordenen en la historia que desde su propio azar quiere ser contada. Sé que el surrealismo a mis espaldas me presiona para que no construya con ellas un cuadro coherente, que las deje así, flotando como un sueño que es fragmento de los fragmentos de la sucesión de lo real. Pero no. Esa búsqueda surreal no atiende enteramente a lo que quiere encontrar el escritor que en oficio y tarea hay dentro de mí.
            Es cierto que allí está esa materia que se agita y se ondula en el espacio de la imaginación, su presencia es real, pero hay que combinarla, tejerla, dibujarla para que represente, ordenarla en la dimensión de lo narrable con tema, desarrollo y conclusión; en fin, contar el cuento que viene arrastrando nuestra memoria, pero que sin lugar a dudas se cuenta a partir de la libertad de las palabras.
            Literatura de “atmósfera” en tensión, literatura de “realidad” en intensidad, como quería Cortázar, es aquí una definición de límites que en el acto de escribir pierde sentido, porque las fuerzas centrípetas o centrífugas que llevan temporalmente al cuento intercambian direcciones y controlan el movimiento a su antojo. Pero los límites no desaparecen sino que permiten establecer fronteras en diferentes sitios al asignado por una preceptiva de orden.
            Este método, si así puede llamárselo, no pretende cartel de originalidad ya que responde no a una visión global, total, sino a una necesidad particular, individual. Mal llamado estaría el ver las cosas que organiza nuestro propio intelecto como regidoras del intelecto de los otros. Todos los cuentos son posibilidades que se conjugan dentro del cuento, sin que por ello nos veamos forzados a definir el género. Abierto, atiende a las alas como a los pies, a los ojos como al corazón: cuerpo de palabras que nos transportan como un tatuaje mágico a un suceder que incluso puede estar más allá del sucediendo, porque, qué es el cuerpo sino un sueño, una abstracción en nuestra memoria, y qué es el sueño sino la presencia física de un cuerpo en nuestra imaginación. Dando vueltas como en la ronda de los niños, los opuestos se abren para distanciarse debidamente o tocarse imprevisiblemente.
            Hace algún tiempo un buen amigo me decía frente a la realidad firmada de una de mis frecuentes acumulaciones de palabras en tinta, que sería interesante si en algún momento yo abandonara este regodeo sensual con las palabras y les diera la posibilidad de contar un cuento como Dios manda. Sin entrar a poner en duda la voluntad divina, hice lo posible por explicarle que en cada uno de mis cuentos, e insistía en llamarlos así sin caer en la maraña de la palabra “texto”, yo había incluido como proposición consciente una anécdota, un hecho, y que a mi parecer ese tema, inmerso en el transcurrir de las palabras era tan importante como las palabras mismas que lo contenían, sólo que esas palabras, en lugar de estar determinadas por un orden de narración establecido, como querían Edgar Allan Poe y su discípulo Horacio Quiroga, ahora venían a conjugarse para contar el cuento. Es decir, que el narrador de mis historias no era un ficticio personaje sino ese ser vivo, para mí, que eran las palabras.
            Mi amigo, muy inteligente y astuto como es, repuso que lo que yo ahora le daba como explicación era un cuento más cuento que el que se leía en mis líneas impresas. Difícil contestarle porque yo también estaba sorprendido de mi respuesta, la cual se había ordenado sólo a partir de la pregunta de él y no previamente a la factura de mis cuentos; y así se lo dije añadiendo que la mejor explicación de un cuento es siempre otro cuento. Pero él, arremangándose la camisa y olvidándose de las cervezas que consumíamos, me dijo que su problema era que él podía ver el segundo cuento, el que explicaba el primer cuento, pero que para nada sacaba realidad de lo concreto que yo representaba como cuento; es más, él pensaba que yo debía irme a casa y escribir lo que en definitiva hiciera cuento de todo ese esfuerzo verbal. Traté de argüir que desde mi ángulo él podría construir un cuento que a partir de mi cuento se hiciera cuento, pero sólo conseguí su risa amable, como cuando al jugar ajedrez el contendor nos da ese jaque preludio de la estocada final, y si le miramos el rostro vemos la felicidad en fila india alineándose en sus ojos.
            Imposibilitado, pues, de echarle el cuento a mi amigo, me fui a casa y lo discutí con mi esposa, quien me escuchó paciente. Pero al final de mis argucias y argumentos me dijo, claramente, “tú debes estar soñando si crees que alguien se va a comer ese cuento”, y en verdad tuve la sensación de que estaba soñando todo el embrollo y que me despertaba sólo para vivir en otro cuento, como el de la rosa de Coleridge o el tigre de Arreola, o que metía la mano en un platón de agua en Tunja y sacaba de él una parte de una prenda de vestir que en ese momento estaba en Santo Domingo, como nos narra Rodríguez Freyle.
            Mi esposa, tal vez compadecida al ver la desolación en la que había caído al no conseguir que nadie se antojara de mi cuento, me dijo que por qué yo no explicaba al menos algunos de mis cuentos, “a ver si por fin alguien los entiende”.
            “Explicar mis cuentos, ¡nunca!”, casi le grité con rabia, y añadí, “un cuento no se explica, imposible”. Entonces ella, imperturbable dijo, yéndose a la sala, “yo creo que los cuentos que tú escribes necesitan que alguien se los cuente a la gente, ya nadie se preocupa por leer cosas difíciles”.
            Abatido, y luego de una buena taza de café, sin tener ya muchos pasadizos para seguirme escapando dentro del laberinto, le dije, “Okey. Siéntate aquí, vas a oír cómo explico uno de mis cuentos”. Y entonces le hablé de la siguiente manera, como ustedes van ahora a oír:
            --Déjame decirte, primero, como escribí el cuento que se titula, “Versión completa y verídica de la historia de la cacería del Gigante por Croar, Croir, Crour”.
            --Ah, pero ese cuento es más bien fácil, se puede entender. Hasta ya salió en varias antologías. Me refiero a los otros, los que revuelven toda la sintaxis y se meten en tantos vericuetos.
            --No importa. Ya hablaremos de esos –dije contento de que por lo menos, con cierta habilidad, había ganado un punto de entrada al hablarle de ese cuento, bastante legible, por lo demás.
            --Tú sabes que yo escribí ese cuento –continué--, un día que estaba sentado en mi escritorio frente a la ventana de un segundo piso en la calle Parkview de Pittsburgh.
            --Esa es la calle donde yo nací, tú bien lo sabes –dijo ella. 
            --Ahora lo sé, cierto, pero en ese entonces no lo sabía. Yo estaba allí, tal vez, para poder conocerte luego de los años. Así es como lo requiere el azar fortuito de Breton. Bien, estoy sentado en esa ventana cuando veo un grupo de tres, muchachos y muchachas, muy jóvenes, que pasan en bicicleta. Llenos de vida, de optimismo, de esperanza de la buena, si quieres.
            --Yo andaba siempre en bicicleta por mi calle –me interrumpió ella.
            --Es obvio que podrías ser uno de ellos –dije-, pero no importa. Estos muchachos hablaban, se reían, y daban vueltas por la calle de arriba abajo. Yo los veía pero no podía oírlos porque mis ventanas estaban herméticamente selladas. Entonces se me vino a la cabeza la palabra “croar”. Pero no pensaba en ranas o sapos sino que lo que me asaltaba era sólo el sonido, eso que tal vez me faltaba de la realidad afuera. Y entonces la palabra “croar” que es muy traviesa, nomás déjala un rato en la boca y ya verás lo que te pasa, trajo enseguida como compañeras, a las palabras “croir”, “crour”, y de pronto la habitación estuvo llena de ruidos; es decir que los muchachos de la calle en bicicleta se metieron por las paredes y empezaron a tratar de capturar al gigante solitario que, como dice el cuento, “viene apagando los fuegos de todo el planeta y chupando con sus dientes golosos las plumas de aves y almohadas, que corta las plantas y seca los cactus”.
            --Entonces, el gigante solitario podrías ser tú –dijo ella sabiendo que me estaba poniendo una zancadilla “lacanosa”, llena de espejos y miradas.
            --¡No! Por supuesto que no –le dije aterrorizado--, yo no estoy en ese juego, sólo lo miro en el sucederse.
            --Pero si tú eres el que narra, al menos… --insistió ella.
            --No. El gigante es otro personaje dentro del gran juego –le contesté.
            --No me digas. Así cualquiera puede escribir un cuento, no es sino ponerse a bailar con las palabras en una habitación cerrada y olvidarse de todos los preceptos de Poe, que ahora están tan de moda. Vivitos y coleando, como dice tu gente por allá.
            A pesar de que yo sentía una gran frustración por la insistencia de ella y mi poca capacidad de hacerla cómplice de mis elucubraciones exponiendo mi incipiente teoría del cuento, empecé a pensar, con terror, que de pronto tenía razón y que todo se reducía a contar una historia interesante con la fórmula de unidad de efecto, brevedad, intensidad, efecto único o epifanía y verdad irrefutable como objetivo, lo cual viene claro en los preceptos de Poe. Y al diablo con todo el zafarrancho poético; la belleza para la poesía y la verdad para la prosa, decía el maestro de El principio poético. Sin embargo, decidí arriesgarme un poco más y le dije:
            --Bueno, vamos a hablar de otro de mis cuentos, ¿qué tal el que se llama “Testis unus, testis”?
            --Oh, no –dijo ella, asustada--. Ese ni porque lo expliques y lo recuentes.
            --Es simplemente la historia de un personaje que está pintado en un cuadro, el cual está colgado en la Casa del Florero, en la Plaza Nariño, en Bogotá, entonces este personaje, desde el cuadro, mira cómo pasa la revuelta independentista en 1810, pero para hacerlo se sale del cuadro pero lo único que nos puede relatar es su relación con la arquitectura que lo rodea.
            --Dios nos libre y nos favorezca –dijo ella--. ¿Por qué no se te ocurre algo más sencillo, más directo, algo como lo que escriben Raymond Carver o Robert Stone, y te dejas de complicaciones y de paso vendes un montón?
            Ahora se me estaba mejorando el día. La había puesto a la defensiva, “no demora en citar a Truman Capote”, pensé. Por eso le respondí, con picardía:
            --Leer a Carver es como tener un gallinero con gallinas sin plumas para verlas correr peladitas por el patio.
            Ella se rió. La imagen de seguro que le trajo recuerdos porque dijo:
            --Tú tienes un cuento en que unos hombres pelan gallinazos con agua caliente. No es un cuento sino más bien un poema en prosa, ¿verdad?
            --Yo creo que la prosa le debe mucho a la poesía, que la idea de belleza sólo para la poesía de Poe no es válida, así como la de verdad sólo para la prosa. Flaubert es efectivo en Madame Bovary porque su prosa es bella, y Baudelaire es el gran poeta porque su poesía es una verdad irrefutable.
            --Tú siempre quieres poner las cosas patas arriba, y ahora la tienes con el pobre Poe, lo tuyo pareciera ser una filosofía de la descomposición.
            --Cierto –le dije--. Mi problema con Poe es que abre muy pocas puertas, cierra el género. Yo prefiero jugar con la historia escondida y no con el dato escondido, la sorpresa es el lenguaje.
            --Pero ese es el cuento que viene para los escritores del siglo XXI, el que precipitó Edgar Allan Poe el siglo pasado –dijo ella.
            --Si –le respondí-. Ahora todo el mundo sabe a dónde va cuando empieza un cuento, todos son exactos, no hay palabras inútiles y el escritor se lleva a los personajes de la mano hasta el final, sin emociones, sin pensar en nadie. Así es como lo quería el charrúa Quiroga. Empezaremos el próximo siglo contando historias como empezamos el siglo pasado. No hay que correr riesgos, lo que vale es la historia, transparente, limpiecita, ya sea llena del habla popular o del habla de los intelectuales. Cree en tus maestros realistas como en Dios mismo, decía Quiroga, ¿recuerdas?
            --Pero no te deprimas –dijo ella--, todo es cuestión de mercado. Uno de estos días le da a la gente por el gusto de volverse a complicar la vida con los saltapatrás de Proust o los saltapalante de Joyce;  pero lo que es por ahora lo que ellos quieren es que alguien les cuente su propia vida, o al menos la del vecino. Ese es el cuento que viene para ellos. No importa que sea con el habla popular del obrero o el campesino o con las entendederas del intelectual.
            --El mundo ahora está llena de esperanzas –le dije, “cortazariando” un poco.
            Pero ella no se dio por aludida y dijo, como recomendación:
            --Sería bueno que no le sigas hablando mucho a la gente de esos cuentos difíciles. Tú estás escribiendo algunas cosas que se entienden, últimamente, también.
            --Si, te lo prometo. No voy a decirle a nadie ni una sola palabra del cuento que sabemos, el que no vendrá.

*Poeta, narrador, ensayista, y traductor colombiano residenciado en Estados Unidos donde actualmente ejerce como profesor universitario en Cincinnati


METAPHYSICA


Por lo tanto nunca más pasearemos hasta las altas horas de la noche
 aunque el corazón siga enamorado, y aunque siga brillando la luna.


(Versión de Ray Bradbury, sobre el poema
“No volveremos a vagar” de Lord Bayron)



***

No. 456, Honoris causa al maestro Francisco Zumaqué Gómez

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NOTICIAS DE LA OTRA ORILLA. HONORIS CAUSA AL MAESTRO FRANCISCO ZUMAQUÉ GÓMEZ

Descripción: zumaquè (2)

Descripción: Miguel Iriarte

El maestro nacido en Cereté, Francisco Zumaqué Gómez, es sin duda una de las inteligencias musicales más prodigiosas que ha producido el Caribe colombiano

El pasado miércoles 3 de mayo la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla otorgó el grado de Honoris Causa al gran músico colombiano nacido en Cereté, maestro Francisco Zumaqué Gómez, sin duda una de las inteligencias musicales más prodigiosas que ha producido no sólo el Caribe colombiano sino nuestro país en el concierto de la música latinoamericana.
Debo confesar que uno de los más altos honores que tengo en mi vida es el de ser amigo de este músico que admiro sin reservas desde muchos años antes de soñar conocerlo personalmente. Desde aquellos días en los que me sentaba a ver con mi padre aquel célebre programa de la Orquesta Filarmónica de Bogotá que transmitía la televisión nacional.
Era la segunda mitad de la década del 70 y aquel programa tenía como tema de identificación una música que a mí me encantaba porque encontraba completamente nueva y distinta para mis oídos todavía en formación. Era una música que identificaba un programa educativo de música clásica, pero ella misma no era, a mi parecer, una música que se identificara con la música que habitualmente el programa difundía. ¿Qué música era aquella? No lo sabía. Pero en cada emisión de los domingos en la mañana el fragmento que abría y despedía el programa dejaba en mis oídos una resonancia que latía en mis adentros durante casi todo el día.
Un día no pude contenerme y, rompiendo el pacto de silencio que mantenía con mi padre para no hablar durante la audición del programa, me atreví a preguntarle si él sabía cuál era el tema que escuchábamos al comienzo y al final del programa. Y mi padre respondió enseguida impaciente que me fijara en los créditos finales del programa que allí podría encontrar la respuesta. Sin embargo me dijo que era un tema titulado Onoma y su autor era un músico colombiano que se llamaba Francisco Zumaqué. Aquella marimba maravillosa que honraba toda nuestra música del pacífico en una sola pieza está allí para la historia.
Y desde entonces muchas y diversas han sido las experiencias musicales que he podido disfrutar de este indiscutido genio de nuestra música colombiana. De él son y han sido algunas de las más arriesgadas joyas de la música colombiana en el lenguaje contemporáneo; pero también altamente meritorias sus aproximaciones personales al jazz antes de que se conocieran algunos de los hitos representativos de lo que hoy podemos llamar con toda tranquilidad un panorama del jazz colombiano. Cómo no.
Y claro, también muchas de las cosas por las que desgraciadamente muchos colombianos lo conocen sin que ni siquiera se imaginen la hondura musical que hay debajo de esos icebergs tan visibles en nuestra música popular de los cuales su Sí, sí Colombia, Sí sí Caribe es el más celebrado y también apenas una muestra. Pero ojalá nuestros medios de comunicación convencionales y alternativos pusieran en circulación tantas páginas clásicas, contemporáneas, jazzísticas y populares de este músico del Caribe colombiano cuyos repertorios altamente cualificados han ocupado los atriles de muy importantes orquestas sinfónicas, ensambles de cámara y de solistas de las más comprobadas solvencias y prestigios.
Todavía recuerdo lo que sucedió alguna vez a mediados de los años 80 en el teatro Amira de la Rosa de Barranquilla (hoy cerrado sin esperanzas), cuando un dúo de piano y contrabajo, colombiana ella en el de teclas y ruso él en el de cuerdas, interpretaron para cerrar un concierto propiciado por el Banco de la República, una cumbia de Zumaqué que en el más complejo lenguaje conceptual contemporáneo nos maravillaba sin embargo en el reconocible lenguaje de su ritmo que la pianista lograba hilar con destreza y brillantez de la madeja espesa de una turbulencia de la mano izquierda; y en la sonoridad de una gaita zenú cabeza e’ cera que el contrabajista se inventaba tocando con el arco en el pequeño tramo de instrumento que queda entre el puente y el cordal. Nunca hubiera imaginado que aquello fuera posible. Pero ahí estaban la gaita y la cumbia gracias a la imaginación creativa y el conocimiento de un autor que, como Zumaqué, ha sido un consagrado cultor y defensor de nuestras más importantes raíces sonoras.
Y así lo dijo en su discurso de recepción de su Honoris Causa cuando centró sus palabras sobre tres aspectos clave de su pensamiento y su sentir como colombiano y como músico: su inconformidad por la indolencia del país, de su gobierno y sus estamentos, por la poca conciencia del valor de la cultura en la construcción de una sociedad para la paz, concentrados en crear individuos preocupados por ganar contratos para construir la “infraestructura física del país”, pero no en la construcción espiritual, o la “infraestructura del alma”; en segundo lugar, su reclamo enfático por lo que denominó “la gran tragedia de los medios masivos de comunicación, entregados de lleno en su prisión monopólica a defender solamente intereses particulares por encima de toda otra consideración, olvidando y despreciando toda aquello que represente construcción de conciencia, cultivo de la sensibilidad y desarrollo de la inteligencia”; y por último, la crítica a quienes “fascinados con otras culturas y otras músicas, miran con desdén nuestras creaciones desperdiciando la gran oportunidad de percibir lo nuestro en contexto con la lectura de propuestas foráneas, sabiendo que lo universal está al final de nuestra propia vereda tropical”.
Honores al maestro a quien, como todos los colombianos, debemos aún largas horas para apreciar las muchas y muy desconocidas páginas musicales de su genio.
Sí, sí Colombia, Sí sí Caribe es la muestra más celebrada de su música popular

*Poeta, catedrático de semiótica y comunicación y director – editor de la Revista de Investigación, Arte y Cultura Víacuarenta.

EL SIGLO DE LAS MENTIRAS


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CARLOS FAJARDO FAJARDO*

En noviembre de 1946 Albert Camus publicó en Combat su artículo “El siglo del miedo”, donde aseguró que “nuestro siglo XX es el siglo del miedo […] y aunque el miedo no pueda ser considerado ciencia, no cabe duda de que, sin embargo, es una técnica”1. Camus sabía que la instrumentalización racional del miedo era la mejor estrategia perversa que los poderes hegemónicos tenían para someter y sostenerse en sus estrados.

Toda una técnica. El miedo y el terror, como impedimento para crear un clima de diálogo y reflexión, se mutan hoy en día por mentiras, creadas y concebidas también como estrategia cínica de los regímenes políticos y la cultura de última hora. La fábrica de argucias se constituye en una poderosa máquina para perseguir, desaparecer, deportar, excluir a los extranjeros; invadir países, bombardear pueblos, torturar, imponer gobiernos, fabricar presuntos ataques con armas químicas y atentados terroristas, crear chivos expiatorios mundiales, justificar los asesinatos. La mentira inventa inexistentes enemigos, proyecta sospechosas verdades que se asumen como certeras y justas. Sabemos que estas argucias históricamente han sido utilizadas, pero hoy por hoy se han impuesto como fin supremo, magnificando su sistemática ignominia. He aquí la democratización mediática de la falacia, su masificación agresiva, repartida entre la mayoría consumidora.

En el siglo de las mentiras, igual que en el siglo del miedo que vislumbró Camus hace más de setenta años, “el mundo nos parece guiado por fuerzas ciegas y sordas que no oirán los gritos de advertencia ni los consejos ni las súplicas”2. Eso convierte en inútiles nuestros gestos de protesta, nuestra intensa necesidad de cambio, pues al desaparecernos como sujetos concretos, parece que habláramos en la campana del vacío frente a un Leviatán abstracto, poderoso y peligroso. Leviatán capitalista global que, sin embargo, se materializa como autoritario real a través de sus acciones de terror, imposición, vigilancia y control, creando la atmósfera propicia para desprestigiar nuestras voces. En estos dominios, el ciudadano queda forzado a aceptar las supuestas verdades, incluso si van en detrimento propio. La globalización de un demiurgo imperial abstracto, autárquico y déspota, inalcanzable e inmodificable cual castillo kafkiano, queda por tanto asegurada.

¿Sucumbir ante semejante realidad? La época nos obliga entonces a desmontar las patrañas, las calumnias históricas. No obstante se nos vuelve casi imposible determinar y definir la magnificencia de los poderosos. Entonces nos embarga el sentimiento del ¿para qué?; la sensación de un rotundo fracaso. Bajo la catarata mediática engañosa ¿cómo protegernos de sus perversos simulacros? Tal vez nuestra apuesta sea la de ubicarnos críticamente a la intemperie de lo que se inventa en este siglo de artificios y embustes. Sí, a la intemperie, aunque también en el centro del Leviatán, desgarrando el velo y mostrando las verdades de las cínicas mentiras, montadas como irrevocables verdades. Ardua y difícil labor.

Preocupante situación en un mundo que está en el filo de los poderosos, los cuales proyectan el odio hacia ‘los desviados del camino’, aquellos que buscan el suyo propio. De modo que se edifican sofismas para justificar la destrucción del otro, su aniquilamiento, sea como idea, patria, nación, pueblo. Se crean rencores que retroalimentan los discursos anti-emigración, la xenofobia, la homofobia, el racismo, las ideologías neofascistas, el hostigamiento y persecución a los críticos de las multinacionales neoliberales, el desprecio a los que nadan a contracorriente.

De dichos espejismos escenificados, sin fundamento real, vive el poder; son garantía de éxito, lucro y victoria. Su perversidad está en conservarlos, cuidarlos y reutilizarlos tantas veces se necesiten, no importando las consecuencias éticas, culturales y políticas. Así, el cinismo es símbolo de triunfo en nuestro tiempo y, junto a él, la astucia, la trampa y el crimen.

La era de las mentiras también es caldo de cultivo para que se multiplique una cultura política basada en lo que hemos llamado Emocracia global3, aquella donde prosperan fuertes sensacionalismos demagógicos, pasiones y emociones populistas, desafíante de cualquier actitud sensata y racional, cualquier respeto a la diferencia. La emocracia permea casi toda la cultura, y es alimentada y defendida no sólo por los medios tradicionales, sino por la proliferación de las redes sociales digitales, desde las cuales se estructuran y envían falsos mensajes que construyen ambientes de desinformación o malformación de los acontecimientos, lo que influye en las decisiones de los ciudadanos. De resultas, la mayoría de los procesos electorales de los últimos años han sido sacudidos por esta masificación digital de montajes ideológicos que tergiversan la realidad a través de la técnica del rumor, del chisme, la calumnia, consiguiendo resultados en las urnas realmente sorprendentes4.

Estrategias de control social y político que están acorde con las propuestas del filósofo y politólogo estadounidense, consultor de la CIA, Gene Sharp, cuya metodología de la "no violencia estratégica" y “desobediencia civil” (inspiradas paradójicamente en los humanistas Henry D. Thoreau y Gandhi) está siendo aplicada para desestabilizar gobiernos democráticos, opositores al imperio. En su libro De la dictadura a la democracia (2013) Sharp sintetiza las técnicas de los llamados “golpes blandos” en cinco puntuales pasos. En el primero de ellos se lee: “buscar la promoción de acciones para generar un clima de malestar social en el país, desarrollando matrices de opinión sobre problemas reales o potenciales, mediante los medios de comunicación”; en tanto el segundo propone “hacer denuncias, fundadas o no –ejemplo: falta de libertad de prensa, desconocimiento de los derechos humanos, etcétera–, que comienzan a “erosionar la base de apoyo del gobierno, apuntando a crear un descontento social creciente”5.

Los medios de comunicación hegemónicos y las redes digitales, siguiendo este guión funesto, muchas veces multiplican el miedo, inventan adversarios, alimentan odios a través de engaños, convierten a la muerte en un proceso estadístico. Junto al poder financiero y el mercado global, atizan el fuego del desprecio, los insultos, la ira. El siglo de las falsas noticias nos vuelve cada vez más siniestros, insolidarios y sordos; más banales y obedientes. He aquí su monstruoso objetivo.
* Poeta y escritor colombiano.

1 Camus, Albert (202). Crónicas (1944-1953). Madrid: Alianza Editorial.
2 Ibídem, págs. 85-86
3 Véase Carlos Fajardo Fajardo (2012, mayo) La emocracia global. Le Monde Diplomatique. Edición Colombia, p. 31 http://www.eldiplo.info/portal/index.php/component/k2/item/126-la-emocracia-global
4 Por ejemplo, el triunfo del Brexit en Gran Bretaña, de Mauricio Macri en Argentina, del no a la paz en el plebiscito en Colombia, el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos…
5 En las "primaveras árabes", en Libia, Siria y Oriente Medio; en los golpes parlamentarios de Honduras, Paraguay, Brasil y en las recientes protestas de la oposición venezolana, se han utilizado sistemáticamente estas técnicas de desestabilización. Los otros tres pasos son: “Tercer paso: promoción de la “lucha activa callejera”, que bajo reivindicaciones políticas y sociales debe confrontar de forma directa con el gobierno. Cuarto paso:movilizaciones con la combinación de diversas formas de lucha − tomas de instituciones emblemáticas, con el objeto de coparlas y convertirlas en plataforma publicitaria− creando un clima de ingobernabilidad. Quinto paso: si es necesario, fractura institucional, sobre la base de las acciones callejeras, tomas de instituciones y pronunciamientos militares, hasta obligar a la renuncia del presidente” (véase: López Ricardo Vicente Mirando el mundo II: Del golpe militar al golpe blando:
y Gene Sharp (2013). De la Dictadura a la Democracia. Un Sistema Conceptual para la Liberación: http://www.aeinstein.org/wp-content/uploads/2013/09/DelaDict.pdf )


EL OCASO DE UN CASTILLO DE HIELO

Descripción: omar ardila


"Más allá no hay otra cosa
que frío, muerte y soledad"
(Fragmento del filme Fresas Salvajes)

De la prolífica producción cinematográfica de Ingmar Bergman escogimos para recordar en esta ocasión el consagrado trabajo Fresas Salvajes (1957), cuyo guión lo escribió él mismo director en un periodo de hospitalización que le brindó la posibilidad de asistir a unas conferencias sobre temas novedosos referentes a molestias psicosomáticas.

El filme comienza con un plano general en interiores que nos muestra al profesor Isak Borg (Victor Sjöström) de espaldas, sentado frente a su escritorio, mientras el plano va cerrándose para concentrarse en el personaje. La voz del mismo profesor empieza la narración. En adelante, volveremos reiteradamente a escuchar la historia, las reflexiones y las búsquedas, en las  palabras de Isak. De entrada, nos habla sobre las difíciles relaciones sociales que ha tenido y sobre su decisión de vivir el exilio en su propia casa. Seguidamente, nos cuenta sobre su trayectoria, sus logros, su familia. Un corte nos da a conocer los créditos y luego regresamos a la narración con el relato del primer sueño, en el que su mirada extraviada busca algo, a alguien; en un ambiente vacío, sintiendo la persecución de la muerte y el triunfo de la ausencia.

La cámara sigue al personaje y nos regala bellísimos primeros planos, delicados paneos, finos encuadres y versátiles angulaciones. Completan la ambientación, de manera sugerente, algunos sonidos persistentes: el tic tac de un reloj sin manecillas, el repique de unas campanas de otro mundo y el traqueteo de un carruaje que ha quedado atascado. Es claro que el sueño resulta siendo revelador de las carencias y temores que asaltan a Borg, por eso, al despertar, decide cambiar la vía para llegar a su homenaje. Las palabras de su ama de llaves y de su nuera le afianzan la convicción de sus retraimientos, pues detrás de su dulce fachada y de sus "buenos modales", se esconde un ser duro como una piedra.

En un segundo sueño, Borg recorre el "atajo de las fresas salvajes" persiguiendo a su amada Sara (Bibi Andersson), quien lo abandonó para casarse con Sigfrido, el hermano de aquél. La turbulenta relación que tuviera Bergman con su hermano mayor, es traducida en el filme como un robo de afecto del hermano de Isak. Entonces, resulta evidente que Bergman se retrate en la figura de Isak Borg. Éste mismo nombre tiene una intencional conformación lingüística, como el mismo Bergman nos lo aclara en su libro Imágenes (1): “Isak Borg = I.B. = Is ("hielo") Borg ("castillo") (...) Modelé una figura que exteriormente se parecía a mi padre pero que era enteramente yo".

Posteriormente, viene uno de los momentos más esclarecedores del mundo afectivo de Isak: tras una amena cena en la que se embriagan de poesía, el profesor va a visitar a su madre, quien lo recibe con notoria frialdad y avasallantes reclamos. Allí sucede un encadenamiento simbólico a manera de presagio, pues el reloj que le enseña la madre de Isak a éste, también está sin manecillas, como en el primer sueño. Dicho evento lo sorprende y la expresión desentendida de su madre, le reafirman sus relaciones vacías de afecto... "Me retrataba a mí mismo en la figura de mi padre y buscaba explicaciones a las amargas peleas con mi madre" (Bergman, en Imágenes).

En el tercer sueño, Isak siente la proximidad de la muerte, que es proclamada por su amada al frustrar la relación afectiva. Asímismo, fracasa en la presentación de un examen académico. Todo su saber se ha olvidado y es acusado por los cargos irresueltos que crea su memoria. Todos se han ido... Todo se ha ido... La operación del desarraigo resultó perfecta y el castigo asumido es la soledad. Sus sueños le han servido para descubrir que ha estado muerto, aunque siga vivo... Muerto como una piedra... Frío como el hielo, peor que la muerte.

Después del largo viaje, al fin llega a la ceremonia. De nuevo como narrador, nos cuenta el porqué de sus divagaciones y la necesidad de escribirlas. A través de la historia fluyen los mismos temas reiteradamente: las carencias, la frialdad, el vacío, la falta de redención, la vejez, la puesta en duda del camino recorrido. Y como en tantos momentos de la senectud, ¡recordar escenas de la niñez es lo único que le calma la tristeza!

Al final, en un cuarto sueño, Borg alcanza el triunfo y salda sus anhelos... Tal vez, esto sea un reflejo de la consumación que se logra con la partida final: tomado de la mano de su amada Sara, recorre el bosque y ve a sus padres quienes lo saludan desde la otra orilla del río. La mirada que lo acompaña es escrutadora, exaltada a través de un primer plano que se encadena con el rostro (ahora visto con expresión relajada y enteramente despierto). Un inesperado sonido de fondo que recorre la escala musical en las cuerdas de un arpa, acompaña el cierre tranquilo del filme.

Y para cerrar, me parece importante exaltar la magnífica actuación de Victor Sjöström y la manera humilde como Bergman reconoce su presencia: "Desde el principio la presencia del artista Sjöström empequeñeció todo lo demás (...) Lo que no había comprendido hasta ahora es que Victor Sjöström me había arrebatado mi texto y lo había convertido en algo de su propiedad, había aportado sus experiencias: su propio sufrimiento, misantropía, marginación, brutalidad, tristeza, miedo, aspereza, aburrimiento. Había ocupado mi alma en la forma de mi padre e hizo de todo su propiedad ¡no me quedó ni una miga! Lo hizo con la autoridad y la pasión de la gran personalidad. Yo no tenía nada que añadir, ni un comentario racional o irracional. ¡Fresas Salvajes ya no era mi película, era la película de Victor Sjöström!” (Bergman, en Imágenes).
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(1). Imágenes, publicado en la colección Fábula de Tusquets Editores (febrero 2001), es un trabajo que fue pensado inicialmente como libro de entrevistas con preguntas de Lasse Bergström y respuestas de Ingmar Bergman, a partir de las conversaciones sostenidas entre el 28 de septiembre de 1988 y el 1 de febrero de 1990. Posteriormente, esas entrevistas fueron retomadas por el propio Bergman para componer un nuevo texto al que se le suprimieron las preguntas con miras a darle una mayor continuidad y aproximarlo más a un escrito autobiográfico.

CUATRO POEMAS DE LA CAÍDA INTERIOR


Descripción: LA CAIDA INTERIORok

MAPA INTERIOR

            A Alfredo Fressia

Como el viajero
que no llega nunca
a ninguna estación
porque la lluvia siempre
lo detiene
sigue tu viaje.

Ya no te quedan
sino la voz de los ausentes
y un puñado
de cenizas amadas
que contienen lo mejor de tu vida.
Como el viajero
debes saber
lo inútil del regreso.

Ya no insistas.

¿A qué volver a Ítaca
si Homero va en tu sangre?

LA AMAPOLA VENCIDA

                A Marco Antonio Campos

De tanto hurgar todos los rostros
de la ausencia
de invocar mis fantasmas
de recordar las voces
que van perdiéndose
como una bermeja campana incontenible
de concitar
todas las manos que he besado
y todos los pañuelos
que en algún andén del mundo
me dijeron adiós.

Hay tanto cansancio en mis párpados
que ya no sé si afuera
es alta noche
o está llegando la desvelada aurora
a regalarme
un resquicio de sueño
o de locura.

FLOR HÚMEDA
               
                Reza de noche para que no despiertes,
                de repente, famoso.
                                               Ana Ajmátova

El verano todavía está lejos
y en las aceras como en las arterias
pervive intacta
la flor de la llovizna.

Háblame de los desposeídos y
de los invisibles.

Quiero cifrar mi fe en el eco
de tu melancolía.

BITÁCORA

Un sol de exilio alumbra estas pisadas.
Vengo de un país de llovizna permanente
y estoy triste
a pesar de las hojas
del verano que nunca será mío.

Evoco risas,
bellas palabras
que alzaron catedrales de ternura
canciones que mecieron mis ojos
bajo los puentes del amor
algunas cartas.

y una paloma siempre ensangrentada
del otro lado del río.


METAPHYSICA


Vivimos en los socavones de la ciudad
Como caracoles tras su caparazón.

¡Descúbrenos, rechazo!

Adonis

(De: Canciones de Mihyar El de Damasco)


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