No. 444, Mapas colombianos: En los nichos de la memoria

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FUNDADORES: Gonzalo Márquez Cristo y Amparo Osorio. DIRECTORA: Amparo Osorio. COMITÉ EDITORIAL: Iván Beltrán Castillo, Fabio Jurado Valencia, Carlos Fajardo. CONFABULADORES: Fernando Maldonado, Gabriel Arturo Castro, Guillermo Bustamante Zamudio, Fabio Martínez,  Javier Osuna, Sergio Gama, Mauricio Díaz. EN EL EXTERIOR: Alfredo Fressia (Brasil); Armando Rodríguez Ballesteros, Osvaldo Sauma (Costa Rica). Antonio Correa, Iván Oñate (Ecuador); Rodolfo Häsler (España); Luis Rafael Gálvez, Martha Cecilia Rivera (Estados Unidos); Jorge Torres, Jorge Nájar, Efer Arocha (Francia); Marta L. Canfield, Gabriel Impaglione (Italia); Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva (México); Renato Sandoval (Perú); Luis Bravo (Uruguay); Luis Alejandro Contreras, Benito Mieses, Adalber Salas (Venezuela);
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MAPAS COLOMBIANOS: EN LOS NICHOS DE LA MEMORIA



Por Luz Mary Giraldo*

Sobre mis mapas
trazo con un lápiz
los ojos de ustedes
las manos de ustedes
las bocas de ustedes.
                                  A. B.

Se impone el cultivo de la memoria en este sugestivo libro de poemas del italiano Alessio Brandolini (Frascati, 1958), publicado en el 2007 en su país y en su lengua, y en edición bilingüe en el 2015 con traducción de Martha L. Canfield como Mapas colombianos (Caza de Libros, colección Torreones, 170 páginas), en Colombia, el país que hizo posible su gestación. Como dice el epígrafe, estas 170 páginas se busca trazar la experiencia vital y la de los otros con los gestos, la música y la voz propia y ajena que se encuentra y descubre ante el paisaje y en resonancia con la vivencia que se vuelve mapa, ruta, viaje, recorrido por la vida y los tesoros que ésta entraña. Bitácora de paisajes de la memoria que resuenan en la interioridad. Lo vivido se trasciende en el poema como acto sagrado. De ahí que resulte un proceso de iniciación y de renacimiento. 
Así la vida se presenta encendida, semejante a las llamas del amor que fluye y acompasa e invita a salir de sí mismo casa solitaria o en ruinas, para aprender otra forma, otra razón de ser y de sentir. Y si en ocasiones acude a los orígenes particulares y los confronta con los de culturas ajenas, se reviven y cotejan intensidad de vivencias, delirios de la fantasía y evanescencias de los sueños, haciendo que pasado y presente se encuentren y dialoguen entre sí, de la misma manera que lo real y lo imaginado se comuniquen para complementarse. Es el profundo movimiento de un yo lírico enfrentado a la vez a la realidad y al misterio y en estado de fascinación y elevación.
Resuenan los cuerpos deseados y los territorios recorridos: la exuberancia de la vegetación, la realidad selvática, el clima, las atmósferas y las emociones, calles, museos, casas, personas, escenarios y escenas; como quien cumple una cita con la vida que al hacerse plena encuentra analogías de su potencialidad en los colores de junio, el más bello de los meses, como dice en uno de los poemas, evoca esa estación donde la vida comienza y se prepara para hacer su travesía. Y como signo de urgencia, la necesidad de la palabra para fijar el recorrido que interioriza paisajes de la memoria. Se trata, sí, de dibujar todo lo esencial de lo visto y lo vivido, de hacerlo paisaje íntimo y profundo, morada interior, mapa secreto, nuevo cuerpo para los mapas que también definen a ese yo poético que cincela y graba: “En la corteza / más dura del cuerpo / grabo todos los nombres / de las plantas y las flores”.  
Si bien son poemas de viaje, travesías, miradas extasiadas, el viajero aquí es alguien que al vivir con fascinación lo observado y encontrado semeja al místico ante la revelación del prodigio y el descubrimiento. Pero también es, hay que subrayarlo, la visión del poeta que como arqueólogo va en búsqueda de un tesoro escondido. Místico y arqueólogo se aúnan al viajero que sale de casa para vivir, y regresa a ella para volver a pasar por el corazón –tal como definimos el recuerdo-, al hacer que la memoria plasme en palabras lo que los nichos de ésta guardan. Se trata de estar en y con  “la mirada del tiempo”, más que con la del espacio, aunque por momentos y como instantáneas, se impongan los objetos y los ámbitos que los ocupan.
La voz del poeta  que conoce la tierra, que la ha amado y recorrido en uno de sus libros, asume en éste la travesía iniciando en ese mes “cuando la infancia te la encuentras por la calle” y cuando “empieza el viaje / en el ansia de la luz/ en la obstinada excavación / de un mapa secreto”.  Mientras avanza de lugar en lugar entre calles y selvas, vegetación y atmósferas, monumentos e individuos,  vuela sobre el océano “en una noche más larga / y más oscura que de costumbre”, hace estaciones en el sueño y en el delirio del amor con “la necesidad de un fluir/discreto de caricias”, y converge en la vigilia donde puede caminar “con los árboles en los pies / mientras de las piedras se ve salir la lluvia”. El proceso poético muestra un recorrido discontinuo que alterna lugares y momentos, circunstancias y evocaciones, emociones y sensaciones. Se trata, como bien dice el poeta colombiano Armando Romero en el prólogo, de una poesía “sembrada en la tierra, y más que árbol busca ser raíz”;  del gozo del poeta y de su poesía que se  disuelve en el paisaje.
“El exilio puede transformarse en sueño”, dice la voz de este poeta viajero que  deja “atrás/ el silencio polvoriento / de la casa abandonada” y al entrar en comunión con la tierra encuentra calma y alegría en cada situación, en cada hecho y con cada objeto. Y allí mismo convoca el amor que “levanta vuelo” mientras rápido se deshacen “todos los nudos del cuerpo” y da con el deseo intenso que abraza y sin piedad sofoca. Es la voz del  extranjero que sintiéndose arraigado en esas tierras se sabe y siente indio que sostiene la futura memoria. De ahí la presencia de algunos arquetipos en estos versos, cuando nombra el aquí y el allá de los antepasados: América y sus mitos y los vestigios de la violencia en la destrucción por el descubrimiento, la conquista y colonización, similares a los rasgos del caos de las  violencias más recientes. Y si el mar está primero, como en la palabra sagrada de la creación de los Kogi, después se hará la luz para contar nuevas historias: se está ante costumbres arcanas de la América, enroscado como los fósiles ante chamanes e indios traspasados “por católicas cruces”, o frente a  los nichos ancestrales de Roma, “de los árboles y de la tierra que sufre / de mi padre y del duro trabajo que hace”. 
Las ciudades, los lugares, los escenarios, Bogotá, Medellín, Tunja, Villa de Leyva, las calles de la Candelaria, los personajes y lugares emblemáticos se detienen ante la mirada del poeta que observa cómo “en el cielo de cristal / se persiguen los pájaros (…) afina la mirada / de las estatuas de piedra / tan altas y potentes / desde hace siglos / desde siempre clavadas en la tierra”.  Y como en Los poemas de la tierra (2004), el mundo originario se evoca con las presencias familiares: la patria, el padre, la madre, los oficios.
No hay duda de que son poemas tejidos con trozos de recuerdos que la memoria excava como arqueóloga con el cincel de la palabra: “es el color rojo-sangre / de la vida que se vuelca en las cavidades originales”. Si por un lado se lamentan los horrores y dolores del presente y del pasado, por otro se señala y  contrasta la vida que  revive en esas selvas y cordilleras, mares y ríos que exhibe la geografía colombiana. En ellos la vida se descubre y se conoce en la medida en que se la vive hasta contrastarla con la muerte representada por los artistas que homenajea (Obregón y Botero), con las imágenes de los museos que conservan retazos de la historia (Museo Nacional, del Oro, de Antioquia), con los guiños y reconocimientos a diversos autores (Giovanni Quessep, Martha Canfield, Vicky Ospina, Armando Romero, Fernando Rendón…).
En esta delicada y profunda travesía y excavación se ha salido de una casa abandonada, vacía, en ruinas, derrumbada y en sombras, donde se “reducen las manos y los pies / a endebles raíces ya resecas”, para entrar a otra donde se exacerba lo insólito en todas sus dimensiones. Y en reconocimiento del viaje donde “los vuelos son aquellos / de quien se ha vuelto hoja”, como dirían los más sugestivos mitos, la voz poética estremecida anuncia: “En los repliegues del corazón / los voy a llevar siempre”. El poeta entrega este poemario como experiencia vital, y muestra una nueva razón de ser para el exiliado, el caminante y el extranjero que hace de la palabra su propia casa. En palabras de Armando Romero: “Un camino que siempre será esa casa entreverada con otras en la página en blanco, dando cita a la memoria, a la imaginación, a los dioses y a los demonios.”

*Poeta, ensayista, crítica literaria, profesora de literatura latinoamericana y colombiana, nacida en Ibagué, Colombia en 1950. Sus textos han sido recogidos en algunas antologías del exterior y del país, así como traducidos al inglés, italiano y francés. Entre sus principales libros destacan: El tiempo se volvió poema (Cafastía, 1974), Camino de los sueños (Instituto Tolimense de Cultura, 1981), José Donoso: El laberinto de la identidad (Universidad Javeriana, 1982), La novela colombiana ante la crítica, 1975-1990. (1994), Con la vida (Universidad Javeriana, Bogotá, 1997), Poemas (Coautoría con Óscar Torres Duque, edición bilingüe. Seattle:Universidad de Washington, 1998), Fin de siglo, narrativa colombiana (CEJA, Universidad del Valle, 1995), Narrativa colombiana, búsqueda de un nuevo canon (CEJA, 2000), Ciudades escritas (2001), Hoja por hoja Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2002), Tarjeta postal Universidad Externado de Colombia /El Malpensante, 2003), Poemas (Coautoría con Martha Canfield, edic. bilingüe. Florencia: Fundazione, Más allá de Macondo - Tradición y rupturas literarias (Universidad Externado de Colombia, 2006), En otro lugar. Migración y desplazamiento en la literatura colombiana. (Universidad Javeriana, 2008) Diario vivir (Colecciones Entrecasa, 2007), Sonidos en la luz. (Hombre Nuevo, 2009), Llévame como un verso. (Universidad Javeriana, 2011), y De artes y oficios. Taller de Edición Rocca, 2015),


RETOS Y PROVOCACIONES DEL TALLER LITERARIO



Por: Gabriel Arturo Castro*

Y todas las Artes de la Vida ellos las convirtieron en las Artes de la Muerte en Albión. Despreciado el reloj de arena porque su labor sencilla era como la del labrador; y la noria, que eleva el agua a los depósitos, quemada y rota por el fuego, porque su labor era como la del pastor. Y en su lugar inventaron ruedas intrincadas, rueda dentro de rueda, para dejar perpleja a la juventud con sus derroches.
William Blake

Solo puedo hablar de literatura contrastando y nutriendo mi experiencia con la de los demás. Y mi trasegar, pasión, quizás vocación, gira alrededor del taller literario. Ha sido moda llamar taller a cualquier forma de participación grupal y se le ha confundido con el laboratorio (demostración práctica de leyes, ideas y teorías dadas de antemano); el seminario (clase teórica con fines de investigación); el coloquio (discusión que se mantiene tras una conferencia); el curso (lecciones que imparte un profesor a un grupo de alumnos con carácter homogéneo, sin importar los procesos y diferencias personales); y la tertulia (reunión de amigos de amigos que se juntan para hablar), e incluso se ha denominado taller a la resolución escolar de cuestionarios.
Pero esta modalidad pedagógica, espacio de creación teórica-práctica,  al incluir en su ejercicio diario la vivencia, el juego, los sueños y el afecto, los componentes más humanos de la literatura, el  aprendizaje se fundamentará en el descubrimiento o en su equivalente el “aprender haciendo”, apoyado a su vez por el principio de aprendizaje formulado por Froebes en 1826 y citado por Ezequiel Ander-Egg: “Aprender una cosa viéndola y haciéndola es algo mucho más formador, cultivador y vigorizante que aprender simplemente por comunicación verbal de ideas”.      
De esta manera asumimos la literatura como una experiencia constante e interior del individuo, quien explora, se orienta, reconoce, nombra, aprecia, advierte, siente y comunica  significados intelectual y emocionalmente excepcionales. Exalta la importancia de interiorizar el conocimiento. La didáctica del taller debe, entonces, proveer el espacio para las actividades diversas y su articulación para que se refuerce el contenido emocional e intelectual de cada acto singular. El aprendizaje es un flujo continuo de experiencias, cada momento o acto del tiempo es precedido de experiencias previas y se convierte en el umbral de experiencias siguientes.
La experiencia vital exige la reflexión sobre los hechos vividos, la disposición de los sentidos en máxima alerta. Solo interiorizamos y aprehendemos lo que hemos vivido a través de la experiencia directa, cuando tomamos posesión de los objetos. La experiencia es, de este modo, una acción y un acontecimiento primordial, relacionada con los afectos, las vivencias, las sensaciones y la memoria.
 Lo anterior contrasta con la presencia asfixiante, aún, de prácticas positivistas y racionalistas alrededor de la literatura, la búsqueda de la verdad a través de la razón positiva (la literatura descriptible en términos matemáticos o la literatura como ciencia y su  confianza en el poder fanático, ciego e ilimitado de la razón).  Lo que podría ser un taller se convierte en laboratorio, pues se imponen unas teorías previas que es necesario demostrar en una práctica controlada, objetiva y segura. La metodología y las normas están por encima del método. En otras ocasiones también se privilegia la práctica, el empirismo, el activismo sin reflexión  y la repetición de tesis ajenas. La teoría y la práctica quedan divididas sin remedio. Allí se hacen presentes el ordenamiento, los determinismos, las demarcaciones de  las verdades forzadas y la mansedumbre de las instituciones que prohíben, restringen, niegan, excluyen lo que se debe decir, lo que es correcto, lo que es metodológicamente apropiado y a quienes puedan servir de locutores, con sus aprobados comportamientos. Es así como algunos talleres  hacen énfasis en la gramática, entendida ésta como la “competencia” ideal del hablante. Se vuelven de esta manera cursos de redacción y su cometido es elaborar textos coherentes y “bien escritos”. La literatura queda  limitada  a su apariencia externa o superficial,  el tallerista es valorado por ser un estilista de la lengua, seguidor de moldes, modas o escuelas, y jamás da el salto cualitativo al mundo complejo y profundo del lenguaje
Por el contrario, el taller debe desplegar  primero la vivencia y luego suscitar una reflexión sobre esa práctica, que luego ayudada por ciertas voces de la tradición, iluminará nuestro proceder. Aquí la teoría es a posteriori, no a priori (acción, reflexión, acción), contrariando a Descartes (pienso, luego existo) por un existo, luego pienso.
 ¿Qué excluye la razón, el positivismo, la lingüística, la Academia? “Se desecha cualquier posibilidad de entender sentidos sociales o subjetivos. Se asume el lenguaje en una dimensión instrumental como paradigma y como partida para las axiologías del discurso”, según Luis Alfonso Ramírez. Solo se concibe el significado o el concepto, desconociendo la intención (propósito de comunicación, determinación de la voluntad o el designio del acto comunicativo) y el sentido (modo particular de entender una cosa, explicitado por el contexto o ámbito y por las circunstancias; su interpretación). Se ha confundido el logos con la razón, una verdad impuesta, independiente de la experiencia, un imperativo aislado, inmutable, fijo. El concepto cierra y delimita, repite el estándar, copia, remeda sin creatividad  ni invención, pura metodología.
Estas concepciones objetivistas “ponen al sujeto como conocedor y recipiente de saberes sin tener en cuenta su historia, sus motivaciones, incluso sus condicionamientos ideológicos”, de acuerdo con Ramírez Peña, quien subraya que los textos no son contenidos para enseñar, sino saberes para comprender.
En algunos llamados talleres literarios no hay saber, solo información textual;   nada de interpretación ni comunicación. Se ha roto la unidad entre teoría y práctica. La lengua se confunde con el lenguaje. Únicamente el estilo importa. La ética del estilo frente a la ética del lenguaje. Negación de la subjetividad y por lo tanto de la libertad.
José Lezama Lima al respecto afirmó: “Algún día cuando los estudios literarios superen su etapa de catálogo y se estudien los poemas como cuerpos vivientes, o como dimensiones alcanzadas, se precisará la cercanía de la ganancia del sueño en Sor Juana Inés de la Cruz, y de la muerte en Gorostiza”.
En otras palabras, es urgente ir más allá del concepto como algo definitivo, limitante y exacto, fruto de la fe ciega por la teoría previa, impuesta y tiránica, y sus consecuencias nefastas del ensayo científico, el tratado, la disertación académica, el deporte terminológico, la erudición malsana, la pedantería de conocimientos inusuales pero superficiales e inútiles, datos inconexos, pura nemotecnia, destreza, sumatoria estéril de informaciones, en fin, el artificio, el ingenio, lo fingido.
¿Cómo lograr en la teoría y en la práctica el cometido del taller? Sería posible mediante el ejercicio de una didáctica que constituya la apertura hacia la búsqueda de nuevas formas para acceder a los conocimientos, aprender a aprehender de la experiencia y la vivencia interior y no acumular un sinfín de conocimientos aislados y estériles. El conocimiento teórico, los conceptos y significados, son transformados en recursos inteligibles para vehiculizar la enseñanza. Allí la producción de recursos, tecnología donde se plasman saberes,  es sólo una parte de la tarea didáctica. También se involucran posturas en el plano disciplinar, selección de contenidos de las áreas, diseño de las modalidades pedagógicas, actualización curricular, las concepciones teóricas que se tengan sobre la educación, la pedagogía y la sociedad: el papel del docente y el aprendizaje; la realidad de la Escuela; la condición social de los alumnos, el ámbito cultural que nos envuelve. Es necesario   retomar la importancia del proceso, el camino espiritual que llevará a la posible consecución de un producto.
 Lo esencial es tomar la literatura como experiencia, concebida por John Dewey como “un comercio activo y alerta frente al mundo; completa interpenetración entre el yo y el mundo de los objetos y de los acontecimientos”, donde se une lo práctico, lo intelectual y lo emocional. Y es esta última instancia, el afecto, la que unifica, liga a las partes en un todo. La didáctica había privilegiado el componente intelectual y comunicativo, es decir el aprendizaje de conceptos, significados y el papel social de la literatura, su función de interacción. Se veía la obra únicamente como documento histórico, sin explorar las formas, estrategias, lenguaje y recursos estilísticos que la soportan.
Podemos decir que el taller es una experiencia desde adentro, es decir, a partir de la vivencia y de las provocaciones. Obtiene recursos de la memoria y se amplía a los territorios de la imaginación. Es un diálogo entre el mundo interior y el exterior, los cuales se verán afectados por el quehacer del individuo creador. Percepción, memoria, imaginación, emoción, son componentes necesarios de la experiencia y por lo tanto del taller. Pero hablamos de la experiencia comprometida, intensa, emocionante, gratificante, constructiva e inteligente.
De este modo llegamos al elemento central del taller: la construcción de un camino hacia el lenguaje individual, la propia voz, la apertura, cualificación y evolución de un mundo particular, ayudado por una dinámica de trabajo colectivo.      
* Escritor, docente y antropólogo colombiano, nacido en Bogotá en 1962. Maestro coordinador de talleres de arte y literatura. Magister en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira. Es autor de: Libro de Alquimia y Soledad (1992) Alquimia de la media luna (Verdehalago-UNAM, México, 1996) Tras los versos de Job (Sic Editorial, Casa de Poesía Porfirio Barba Jacob, 2009) Ceniza inconclusa, ensayos breves sobre arte y literatura (Universidad del Tolima, 2012) Pequeño mito del bosque (Cuadernos negros, Calarcá, 2012) Entre el mundo del lenguaje y la memoria. Siete ensayos literarios alrededor de la poesía de Héctor Rojas Herazo (Sic Editorial, Bucaramanga, 2013), Extravíos, comentarios bibliográficos de ida y vuelta (Klepsidra editores, Pereira, 2013), Día antes del tiempo (Universidad del Tolima, 2013), La caza invisible, antología personal (Colección Los Conjurados, Bogotá, 2014), La urdimbre, el hilo oculto (Colección Doble Fondo IX, Biblioteca Libanense de Cultura, 2014). Varios de sus trabajos poéticos y ensayísticos han aparecido en diversos medios nacionales e internacionales.


JORGE NÁJAR*




De su libro Allí donde brota la luz, publicado en nuestra colección Los Conjurados, ofrecemos a nuestros lectores los siguientes poemas:

LÍNEA QUE SE QUIEBRA

El tren negro sobre la tierra púrpura
y la nave en el azul avanzan ciegos
–y sordas señorean mis propias neuronas–,
cada quien en los sentidos más contrarios,
cada quien riendo con las sombras:
aquí las ciudades puntiagudas que nos dejan,
ahí las hélices de los helicópteros carniceros
agitando el aire rojizo de los páramos.
Nada nos detiene: al tren ni siquiera
la línea que se quiebra; al artillero
ni las lágrimas de los soldados.
A mí, ni el Mar Océano, deuda,
bogavante, ballena nuestra.
Me llevo el aire, el horizonte, el azul,
ilusión, mecha que se apaga y nos alumbra.
Atrás dejo el peso de mis sueños,
la ceniza de mis zapatos,
un par de anteojos
y tres o cuatro libros
todavía virgos.

ÁRBOL

Hay una calle en la que creces cada día.
Hay también un árbol en alguna orilla
nutrido sólo de aire –como tú–;
cubierto de inaccesibles ojos,
se alza y se hunde inmóvil en su tiempo,
animal que persevera en el vértigo,
–tu semejante–, riendo con nadie,
una mujer pintada y sonriente
lectora de porvenires. O quien sabe
sólo con las sombras
por una gracia indescifrable
y sin destino.

SOMBRA ROJIZA

En medio del trinar de los gorriones
estalla la noticia de la masacre
en la tierra que más amas.
¿Qué es una vida para ese destino?
Existimos en la estructura del aire
a la medida sólo de nuestros sueños:
el aire azul, la sabiduría como una fruta.
Pero ya no lo piensas. Atrás quedan
la sombra rojiza del granado, el aroma
del espliego, la infancia de los pozos,
el fulgor de los afilados corazones.
Y la delicia de los cuerpos en la azotea
mientras avanzas hacia tu inmolación,
cuerpo enamorado de imposibles.

* (Pucallpa-Perú, 1946). Estudió en Lima Educación y Ciencias Humanas en la Universidad Nacional «Federico Villarreal». Trabajó de profesor en su ciudad natal. Ejerció en Lima el periodismo hasta 1976, cuando viajó a Francia donde prosiguió sus estudios de antropología en el Institut de Hautes Etudes de l’Amerique Latine, París III. En 1972 publicó su primer poemario Malas maneras. Obtuvo el Primer premio de la Bienal del Poesía del Perú (1984), Premio Copé de Oro; y el Premio Juan Rulfo de Poesía (Radio France Internationale, 2001). En 2002, la Editorial de la Unesco publicó su antología Poesía contemporánea de expresión francesa y, en 2003, la U. Católica de Lima lo reeditó. Toda su obra poética ha sido reunida en Formas del delirio (Ediciones San Marcos, Lima, 1999). Gran parte de su obra narrativa y poética ha sido traducida al francés: Le dire du malappris (Correcaminos, 1988); Pérou, contes populaires (Syros-Alternatives, 1989); Le diables rient (Syros-Alternatives, 1990); Toile Écrite (La Différence, 1992); Gravures sur maté (Folle Avoine, 1999); Figure de proue (Folle Avoine, 2006). Vive en París desde 1977 donde enseña y traduce poesía.


METAPHYSICA


Odio y amo
Siento ambas cosas
Y estoy agonizando

            Catulo


CARTAS DE LOS LECTORES


CONFABULADOS: Gracias por la continuidad del periódico. En sus envíos encuentro valiosos materiales de formación para mis alumnos de literatura.   Alba Luz Martínez Marín

***
QUERIDOS CONFABULADOS: Quiero saber si ustedes venden el libro Contenido explícito que anunciaron de Juan Sebastián Gaviria.  Edgar Navia Bustamante

R/. Desafortunadamente no, porque no es un título de nuestra editorial, pero se consigue en las principales librerías del país. Lo recomendamos además porque se trata de un excelente escritor.

***

AMIGOS DE CONFABULACIÓN: Me gustó mucho el prólogo de Jorge Eliécer Ordoñez al libro de Carlos Fajardo. Para los dos mis felicitaciones. Manuel Albeiro
***

SEÑORES DE CONFABULACIÓN: Mi reconocimiento por su labor de difusión y por ser incluyentes con los poetas de provincia que no tienen ningún otro espacio. Gracias por los poemas de mi coterráneo William Jiménez. Daniel Conde

No. 443, Ínsula del viento

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FUNDADORES: Gonzalo Márquez Cristo y Amparo Osorio. DIRECTORA: Amparo Osorio. COMITÉ EDITORIAL: Iván Beltrán Castillo, Fabio Jurado Valencia, Carlos Fajardo. CONFABULADORES: Fernando Maldonado, Gabriel Arturo Castro, Guillermo Bustamante Zamudio, Fabio Martínez,  Javier Osuna, Sergio Gama, Mauricio Díaz. EN EL EXTERIOR: Alfredo Fressia (Brasil); Armando Rodríguez Ballesteros, Osvaldo Sauma (Costa Rica). Antonio Correa, Iván Oñate (Ecuador); Rodolfo Häsler (España); Luis Rafael Gálvez, Martha Cecilia Rivera (Estados Unidos); Jorge Torres, Jorge Nájar, Efer Arocha (Francia); Marta L. Canfield, Gabriel Impaglione (Italia); Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva (México); Renato Sandoval (Perú); Luis Bravo (Uruguay); Luis Alejandro Contreras, Benito Mieses, Adalber Salas (Venezuela);
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JUAN SEBASTIAN GAVIRIA






INSULA DEL VIENTO

Ha comenzado a circular este nuevo título del poeta Carlos Fajardo Fajardo, publicado por Rosa Blindada ediciones, Cali, Colombia, Diciembre 2016.
Y libro finalista en el Concurso Internacional de Poesía Paralelo Cero 2016, Quito, Ecuador; Primera Mención en el XX Premio Latinoamericano de Poesía Ciro Mendía, 2016, Colombia.



Imagen de carátula: detalle de Mar vertical de Fernando Maldonado


UN ÁRBOL AUSCULTANDO SUS RAÍCES

JORGE ELIÉCER ORDÓÑEZ MUÑOZ**

Una isla en la que todo se aclara.
Hay un solo camino, el de la llegada.
El eco, sin que nadie se lo pida, toma la palabra
y con ganas aclara los misterios del mundo.
Wislawa Szymborska (Utopía)

He visto nacer casi todos los libros del poeta Carlos Fajardo Fajardo. Aparentemente esto me daría una ventaja para dirimir estas líneas, pero en estricto sentido es más bien una limitante porque me puede raptar perspectiva, obnubilarme el misterio, de tan cerca que he permanecido en la gestación. Sin embargo, me atrevo, inducido por rehacer el camino de los poemas, ya no como el cómplice de búsquedas y hallazgos, sino como un desprevenido lector que se lanza a los signos escurridizos, con la intención de plantear algunas hipótesis de recepción e interpretación.
En primera instancia quiero llamar la atención sobre un tópico fundacional en la literatura universal. Poetas de diversas épocas y latitudes crean su entorno, un espacio a caballo entre lo geográfico referencial y lo simbólico. Ese universo, por lo general no es muy vasto. Troya e Ítaca son pequeñas ciudadelas en las que el poeta Homero canta y cuenta –esencia de la poesía- las glorias y vicisitudes de sus héroes. Aquiles, Héctor, Patroclo, Agamenón, Paris, Menelao, no solo pelean, beben vino en generosas cráteras, se enamoran de fantasmas y asumen su hado trágico, sino que además, se definen como ciudadanos de un lugar emblemático: son troyanos, atenienses o espartanos, quieren volver a su origen, auscultar sus raíces para poder hilvanar una nueva épica, llámese Odisea o Eneida. Así en los intrincados sucesos del retorno se privilegie al héroe -Ulises y Eneas- son los espacios, Ítaca y el Lacio, los motivos esenciales para que se aúpe la poesía:
   Cuentan que Ulises, harto de prodigios
   lloró de amor al divisar su Itaca
   verde y humilde. El arte es esa Itaca
   de verde eternidad, no de prodigios
                       J.L. Borges (Arte Poética)

Más avanzados en el tiempo, con la irrupción de la novela moderna, don Quijote y Sancho Panza,  tienen como punta de lanza de su utopía caballeresca, la toma paródica de la Ínsula Barataria, donde tanto conocen de la precaria condición humana y las mezquinas mieses del poder. García Márquez en Cien Años de Soledad, esa novela tan cercana a la épica por secretos vasos comunicantes, crea la epifánica aldea de Macondo, a donde todos vuelven después de infinitas diásporas. La más notable, José Arcadio Buendía, el hijo pródigo que se va con los gitanos, le da sesenta vueltas al mundo y regresa a fundir su sangre, primero con la prima, en vibrantes malabares eróticos, y al final, con la madre, en un hilillo simbólico que retorna a su ombligo, en un llamado thanático y edípico. El árbol siempre ausculta sus raíces   
 De la misma estirpe fundacional, de ese Locus Amoenus que se mira en el espejo del Locus Terríbilis, estaría Comala, en Pedro Páramo, Santa María en la saga citadina de Onetti, Santa Lucía, esa pequeñísima isla antillana en El reino del Caimito, de Derek Walcott; la Buenos Aires de principios de siglo en los cuentos de compadritos y puñales de Borges, y ante todo, en su primigenio Fervor de Buenos Aires. Y así, Yoknapatawpha Country en William Faulkner, Spoon River, de Edgar Lee Masters, donde la muerte es apenas un subterfugio para contar y cantar las andanzas humanas por esos vericuetos de la existencia. La Gran Casa de la ciudad, la ciudadela, la aldea, la isla o la provincia. Casa Grande e Senzala  y de allí a la Casa Grande en Cepeda Samudio, o La Casa de las dos palmas en Mejía Vallejo, o La Mansión de Araucaima en Mutis, hasta fluir por la misma corriente vital de la Poesía a la casa proverbial de Aurelio Arturo en su Morada al Sur, tan limítrofe con el patio de la poesía inaugural de Héctor Rojas Herazo, la misma donde algunos vivos y varios muertos deambulan a pie o en mula por La Aldea Desvelada de Horacio Benavides, o por los zaguanes habaneros de Eliseo Diego en su Calzada de Jesús del Monte:
   Las casas encendidas reinventan la infancia  (Ínsula, p. 60)
   Vuelvo a esa casa con mis ruinas
   no hay nada allí para alabarme
   solo voces sumergidas en el tiempo  (Ínsula, p. 46)    

Sí, las mismas voces que vienen y van en los piélagos de la Poesía, desde Homero hasta Cervantes, de Dante a García Márquez, de Lee Masters hasta la casa con murciélagos e hipoteca de Lêdo Ivo, de la Isla de Patmos, donde Juan  escribía en modo surrealista el apocalipsis de la especie, hasta el escondido jardín donde se atrincheró de las turbulencias humanas la discretísima Emily Dickinson. La pequeña ciudad donde nunca pasa nada, porque el verdadero viaje es intimista; el barrio que no es otra cosa que mi casa, tu casa y la casa de un vecino elegido, con su patio, su huerta y sus alambres para orear la ropa y los vestigios:
   En las cuerdas del patio
   se balancea el llanto de un niño atardecido.
   Hasta allí sólo llega le murmullo del barrio
   donde un solitario niño juega con la arena   (Ínsula, p.34)         
 
El poeta Carlos Fajardo Fajardo, heredero de esa tradición fundacional vuelve a su barrio de casas blancas, insulado en una colina con carboneros y chiminangos, murciélagos y renacuajos, grillos y culebras, pero de pronto, en ese peregrinaje se le atraviesa la casa, primero y último eslabón de su verdadero viaje: La Poesía. No es una entelequia metafísica, es el receptáculo de todo lo vivido y postergado a causa de indescifrables odiseas. De ella, al frotarla un poco con la palma de unas palabras, empiezan a salir los seres que la configuran hacia adentro y hacia afuera. En el gineceo esta la figura poderosa de la Madre, curiosamente poderosa porque es desde el silencio, desde el bajo perfil de sus oficios cotidianos y su mesura femenil que instaura su presencia, consubstancial de ausencia:
   Ella tatuaba en barro mis signos secretos
   la fragilidad de mis días
   Ella acariciaba sus  plantas como pequeños dioses
   Partera de mis palabras,
   milagro del mundo (Ínsula, p. 38)

Y de nuevo la lámpara frotada con vehemencia y profunda pasión, y van llenando el recinto, el padre, los hermanos, las cosas cotidianas en la urdimbre del hogar. Como en un juego concéntrico, la ciudad contiene al barrio, el barrio a la casa, la casa a sus seres, sus seres a sus emociones,  evocaciones y atmósferas:
    Deja en mis manos algunos signos de gratitud
    que ahora son migajas   (Padre, Ínsula, p. 36)  

     Y él camina entre las luciérnagas
     atrapadas en las manos del sol  (Hermano, Ínsula, p. 35)

Se respira una atmósfera de misterio, de música secreta y de violencia insinuada por la conflagración constante que ha vivido Colombia durante tantos años. La casa, donde la radio exultaba boleros, tangos y baladas, también dejaba la impronta del país otro, no el bucólico de veranera y torcaza, sino el de la violencia partidista primero, o la irrupción de la insurgencia en campos y ciudades, después. La casa era el tambor que amplificaba la hecatombe. A escasas cuadras de la Ínsula del Viento fue rodeado y acribillado un comandante guerrillero, con exuberantes pertrechos e hiperbólica logística aérea. Bárbara pero poética la historia de nuestros barrios, sus calles y sus casas:
   Mientras el país ardía entre pavesas
   esas canciones arrullaban el silencio
   hospederas del amor
   caricias del mundo (Ínsula, p. 19)

Como los habitantes de Spoon River o de Comala, estos muertos siguen vivos, son más que pavesas o recuerdos, la vida misma porque a su lado se tejió la existencia, puntada a puntada, tinto a tinto, en amaneceres lentos, en mediodías con siesta onírica, en noches con duermevela y fantasmas escondidos en los armarios con cristal de roca donde se copiaba la lluvia que caía rayo a rayo en el frágil escudo de las ventanas. Bien lo dice Arturo: los muertos viven en nuestras canciones (Rapsodia de Saulo).
En la Ínsula del Viento sopla una tensión permanente. Preciso decir que viento en griego también significa espíritu, de allí la bella síntesis de Juan en su evangelio: El viento sopla de donde quiere (Juan 3:8). Esa tensión cuyas orillas dialécticas son el Eros y el Thánatos, alberga en su puente de bambú, casi de aire, una naturaleza pródiga, de trópico con mar presentido e idealizado, con árboles y pájaros, con música de fondo –siempre la música-, con noticias aciagas, con presentimientos letales, con vacíos y agujeros negros donde reina el misterio, cifra imantada de la Poesía:
   De pronto entre sombras
   sale la más bella
   venciendo los anuncios de la muerte

   Se agita el verano
   los amantes lo celebran
   como demonios en celo  (Ínsula, p. 27 )

Hay profusión de imágenes, visuales, olfativas, connaturales a la atmósfera de ciudad tropical, barrio limítrofe entre la urbe que se estira en lontananza y el bosque montañoso que la separa del mar pero le trae, a cambio, efluvios cotidianos de brisa y de pájaros, historias de viajeros y tambores, heridas de guerra, peripecias de muchachos, olor a casa natal, a barrio primitivo con olor a geranios, a mango, a perfume de muchachas, tan etéreo como el cisne salvaje de Luis Rogelio Nogueras:
   Desde los matorrales espiábamos a las más bellas
   mientras el río les bañaba los pechos
   erectos como una bandera ( Ínsula, p.5)

Los temas recurrentes: el barrio con sus trashumantes y peleadores callejeros, sus muchachas que nos evocan los desnudos de Delvaux, por su esfumato e idealización frente al mundo prosaico, la infancia, más padecida que encantada, por una suerte de predisposición apocalíptica en cada  palabra, en cada gesto, depositados por los adultos; el amor como entelequia, como bengala tímida en la batahola de un mar embravecido, la muerte, todo el tiempo, como ese viento que sopla de donde quiere y cuando quiere, tocando cada cosa, cada rincón: el arpa en la colina, los renacuajos agonizando en su elemento, el estertor de la ciudad circundante, con su sirena y su metralla, en plena siesta de los ángeles, y siempre, siempre, la raigambre de un poeta argonauta que salió hace muchos años de su ínsula, y como Ulises o Eneas, se empecina en regresar a constatar el crecimiento de sus monstruos.

POEMAS DE ÍNSULA DEL VIENTO

LA TIERRA TRAÍA AROMAS DE HELECHOS
Al mediodía oíamos las maderas de los árboles,
su sonido entrando a nuestra casa.
Los hermanos se unían a ese coro que cantaba
junto a nerviosos insectos.
Las telarañas se acumulaban en las alcobas
y fuertes palabras se decían sin ninguna moderación.

En diciembre las hormigas se volvían más temibles,
los reinos del agua hablaban con las piedras del río
y la tierra traía aromas de helechos.

Cantábamos casi sin edad.
Bastaban pocas palabras,
espejismos de hembras en las orillas rumorosas.

No era todo lo que en realidad deseábamos,
pero en los cuerpos de las jóvenes veíamos la luz,
algo de alegría.

Desde los matorrales espiábamos a las más bellas
mientras el río les bañaba sus pechos,
erectos como una bandera

DE LA NOCHE COLGABAN LAS ESTRELLAS

De la noche colgaban las estrellas,

se reflejaban en la laguna donde íbamos a pescar renacuajos.
Cada captura era un trofeo.
Comparábamos el tamaño de los renacuajos
que aterrorizados chocaban en la bolsa de plástico.
Luego los lanzábamos al estanque.
Uno a uno a lo profundo iban cayendo,
rayo a rayo morían de hastío.

El viento hoy sigue azotando puertas
pero ninguna estrella se refleja en el agua.

Ahora somos nosotros
los que con temor
rayo a rayo

vamos cayendo


BARRIO DE INVIERNOS

Desde las colinas
nuestras casas avanzan hacia una estación de bruma.
La lluvia golpea las estancias secretas
y el viento se extiende como mantel de plomo.

Alguien cuida amapolas en el azotado jardín,
frágiles maderos quemados en la aurora.

En la profundidad de los recodos
escuchamos a los muertos,
oímos sus voces a la hora de la siesta.
Mientras las casas permanecen bajo los golpes del agua
la noche se roba el silbo de los pájaros,
la eternidad del día.

Luego, tendidos de espaldas bajo un cielo apacible,
pensamos en nuestros vivos con su luna imantada,
efímeros, como la hierba que crece

TIERRA QUEMADA

De repente despertamos con temor
al escuchar los truenos.
-no es lo que pensamos-
En las montañas suena el trino del pájaro
junto al sonido de fusiles.
Lo comentamos como guardando un secreto.
El vuelo del chamón
agita la tranquilidad del hogar.
Es la tierra quemada por el sol impasible,
los aullidos de los perros,
el ruido de cañones
y una madre nerviosa
oyendo boleros en el crepúsculo.

Miramos la montaña
donde  disparos inventan la patria


EN LAS CUERDAS DEL PATIO

En las cuerdas del patio
se balancea el llanto de un niño atardecido,
árboles sangrientos,
soles desterrados.

En las cuerdas del patio
yace un largo tejido de lágrimas.

Hasta allí sólo llega el murmullo del  barrio
donde un solitario niño juega con la arena
y siembra rosas blancas en su jardín adolorido.

En las cuerdas del patio
hay un canto y un misterio
robado por el pico de algún pájaro


EL CUERPO DE MI PADRE

Es noche en el recuerdo.
El cuerpo de mi padre está sentado en el sofá
ayuda hacerme mayor
a volverme hombre.

Tengo cinco años.
Él carga las palabras justas
para salvarme de los miedos.
Deja en mis manos algunos signos de gratitud
que ahora son migajas.
Acompaña con su luz la eterna oscuridad
que me florece.

Las manos de mi padre
caminan por mi cara infantil.
La corteza de su árbol
no está marchita.
Aún susurra mi nombre
bajo un limonero triste.
Riega los geranios
que cultiva su esposa.
Toca mi cabeza
donde habitan
los terrores


ESE ASUNTO QUE ME DEJA SIN AMIGOS

Voy de terror en terror.

La mano que aferro no me favorece

ni establece un presente lleno de gloria.
Cada rincón  de casa tiene el eco escondido de amores
que se van en mí.
Mis  poemas son lunas que yo devoré soñando
y dieron un puntapié a la vida perfecta.
En los ojos de esta mujer,
que toda la noche ha velado mi partida,
veo un desfile de edades colmadas de costumbres,
los cambios en mi cara,
estas manos cada vez sin asombro,
la prolongada distancia entre mi niñez y yo.
Y veo mi infancia.
Pasan pueblos distantes,
atardeceres indiferentes a mis tempranos llantos,
una madre acariciando sus plantas,
un solar,
y calles con asustados viajeros.
Y más al fondo, en perspectiva,
veo a la muerte como un asunto que me deja sin amigos,
mis labios dirigiéndose al silencio



SILVANA Y LAS DEMÁS



Por: Andrés Elías Flórez Brum*

Silvana retornó al barrio en una buena época.

Acaso, cuando ya se había firmado la paz y había cesado el fuego.
Entonces, los niños y   los jóvenes pudieron volver al parque.
La vieron llegar con su falda a cuadros rojos de colegiala elegante y con blusa
blanca de botones negros y repetidos como las huellas en un limpio camino.
–Es Silvana –dijo el más avispado de ellos y abrió los ojos como si hablara de un tesoro o de una esmeralda en el agua— y vino para quedarse.
Al caminar, Silvana sonreía como si se tocara el corazón con los labios.
Hacía apena una semana y media que los chicos y las niñas habían empezado a reunirse en el parque. De tal manera que en tan poco tiempo de encuentro habían tenido que inventarse los juegos.
Tres días atrás, la comunidad había instalado una pila con una antorcha en el centro y habían arreglado también el alumbrado público. Pero Silvana se hizo presente por la tarde cuando todas las ventanas estaban abiertas. Por eso los chicos corrieron tras ella con un cono de vainilla en la mano para darle la bienvenida.
–¡Silvana!, acércate con toda confianza, tenemos permiso para jugar, –le gritó una chica– mira que hay gente en las ventanas y puertas de nuestras casas.
–Pero… ¿a qué jugamos? –preguntó Silvana sin timidez.
–Podríamos jugar a la ronda de Mi caballito, el de la canción. O al chivito sal de mi huerta.
–O a matricular una muñeca en la escuela –dijo Silvana de manera alegre.
A la larga…, sin más preámbulos, empezaron a jugar a “La lleva” porque todos querían correr y reírse como si estuvieran en la playa.
--No basta con bautizar una muñeca para llevarla a la escuela sin saber si puede regresar por sus propios pies –dijo otra de las chicas –basta con que Silvana y todas nosotras y los muchachos  estemos jugando ahora en el parque de la plaza.

* Andrés Elías Flórez Brum
Autor  nacido en Sahagún, Córdoba, ciudad ubicada  en la Costa Caribe de Colombia. Reside en Bogotá, dedicado a la literatura. Ha publicado los libros de cuentos: Los Perseguidos, El Trompo de Arcelio, La obsesión de vivir, Viñetas de amor y de vida,  Historias Trenzadas, ¡Alfa, Casa y Aldea!.  Las novelas: Este cielo en retratos. El Visitante, La vendedora de claveles, Tres muñecas de cristal… Ha ganado premios nacionales e internacionales y ha sido incluido  en varias antologías hispanoamericanas, como premio de microrrelatos,  Por favor,  sea breve, Ediciones Páginas de Espuma,  Madrid (España)…



LO DESNUDO DEL VOLCÁN




Cada tortura es gritada y alimentada por las cenizas

*
Los deseos de la terredad resisten toda cuerda donde cuelgan los ocasos.

*
Rodeados de escaleras. No damos paso a los peldaños.

*
Te levantas de la fuga con la cicatriz embriagada

*
Poseemos la tinta inédita que abre las rupturas

-William Jiménez. Valledupar, Colombia 1988. Ha publicado en la antología Yuluka –Poetas de Valledupar- (Colección Los Conjurados, Común Presencia Editores, Bogotá, 2010), y el libro Épica de la sangre (Frailejón Editores, Medellín 2013).  





** Poeta colombiano y Editor de Rosa Blindada Ediciones.