Comité Editorial

DIRECTOR: Gonzalo Márquez Cristo. EDITORES: Amparo Osorio, Iván Beltrán Castillo. COMITÉ EDITORIALFabio Jurado Valencia, Carlos Fajardo, Maldoror. CONFABULADORES: Óscar Collazos, José Chalarca, Marcos Fabián Herrera, Sergio Trujillo Béjar, Fabio Martínez, Fernando Maldonado, Gabriel Arturo Castro, Guillermo Bustamante Zamudio. EN EL EXTERIOR: Alfredo Fressia (Brasil); Antonio Correa, Iván Oñate (Ecuador); Rodolfo Häsler (España); Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva (México); Luis Alejandro Contreras, Benito Mieses, Adalber Salas (Venezuela); Renato Sandoval (Perú); Efer Arocha, Jorge Torres, Jorge Najar (Francia); Marta L.Canfield, Gabriel Impaglione (Italia); Luis Bravo (Uruguay); Armando Rodríguez Ballesteros, Osvaldo Sauma (Costa Rica).

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E D I T O R I A L

La divergencia, el pensamiento plural, la imaginación crítica, el encuentro lúcido que instaura el entendimiento, y todos los recursos inventados por la cultura para enfrentarse a los múltiples rostros de la pobreza y a los disfraces infinitos de la muerte, hoy se encuentran exiliados, arrojados a las inmediaciones. ¿Cómo participar de un festín donde el nombre de la realidad es sacrilegio, descarnado anatema y malévola irrisión?
Ante el mutismo cómplice y la tácita aceptación de una realidad inaceptable, y en la hora en la que todo debate empieza a extinguirse, apabullado por la tiranía del desprecio, que es casi peor que la de la violencia, resulta urgente fundar zonas propicias para el derroche de la libertad.
Soñamos con la alianza fecunda de la imaginación y la crítica, con la nupcias del periodismo y el pensamiento, de la verdad y la belleza: con una Con-fabulación… Porque solamente el uso ilimitado de la creatividad servirá de brújula para fundar el camino y desplazar la oscuridad reinante.
Desde este sitio convocamos al ingenio creador de los periodistas, escritores, académicos e intelectuales para que mediante el ejercicio de la escritura, despojados de cualquier oscura intención destructora, polemicemos y opinemos, y, con un alto sentido de la ética, hagamos aportes a la construcción del horizonte extraviado.

Políptico de la Violencia de Ángel Loochkartt


Con-Fabulación publica aquí el primero de los cuatro óleos que componen esta obra maestra del artista Ángel Loochkartt (Barranquilla, 1933) sobre el atroz drama del desplazamiento en Colombia, titulada: “Políptico de la violencia - homenaje a La morada fugitiva”.
Con los rostros casi borrados –despojados de su identidad–, los siniestros victimarios esgrimen sus fusiles en una danza macabra, extraordinaria composición pictórica que testimonia la herida de un país que intenta ahora reinventar su extraviada memoria, porque no es conveniente olvidar que en este territorio según cifras conocidas internacionalmente, han sido desplazados 4.5 millones de personas durante los últimos treinta años; insistimos “desplazados”, no “migrantes”, como los denomina patéticamente uno de los más siniestros políticos de la ultraderecha colombiana.
Con-Fabulación agradece al artista por ceder esta perturbadora pintura realizada durante 2014, que amplía –para los numerosos seguidores de este gigante del expresionismo latinoamericano– el imaginario que iniciáramos hace un par de años cuando rescatamos sus dibujos relativos al tema de la violencia, pintados a comienzos de la década del setenta.



“Cuando el arte está hecho por sonámbulos la verdadera obra es el primer rayo del amanecer” (Loochkartt).

Rimbaud promete que será bueno (y vidente)


Por Carlos Skliar*

Al hombre que juzga severamente la soledad no le ayuda y su pensamiento no pasa de ser una estúpida doctrina, una ficción moral de la identidad. Leemos en Imre Kertész una frase esencial, una frase reescrita a partir de la escritura de Rimbaud: “Yo: una ficción de la que a lo sumo somos coautores”.
La frase de Rimbaud tiene su historia, como la tiene cada voz que se repite sin cesar y perfora la rigidez del tiempo. Entonces: un día de mayo de 1871 Rimbaud escribe una carta desde Charleville a George Izambard, su antiguo profesor, una carta hiriente para confirmar que el discípulo se apartaría sin remedio del maestro, que le soltaría su mano, que ya no deseaba escucharle ni seguirle, ni mucho menos obedecerlo.
El tono de la carta no es apenas quejoso, herrumbroso, hay algo más, hay una voz sola, sola y en rebelión que transforma la herida en ironía, la huella en lodazal, la herencia en abandono, el pasaje de una palabra-alarido a una palabra-blasfemia.
Rimbaud siente que está en el buen camino, pero en un camino completamente distinto al de su maestro: en vez de formar fila en la buena sociedad, en vez de deberse a la sociedad, el joven poeta comienza a desarraigarse de todo sendero, de toda hilera, de toda compasión.
Por entonces Rimbaud se sostiene en el cinismo, inventando estupideces a cambio de unas pocas copas de vino, y su voz áspera, su voz embebida, no le deja margen para otra cosa más que la acidez de la verdad: acusa a su maestro de entronarse, de acodarse en el pesebre universitario –donde se sentirá satisfecho por no hacer nada de nada- y vomita su furia sobre la poesía subjetiva, la poesía sosa, la poesía del yo entendida como el rey de todos los reinos, como absoluta déspota y monarca de la palabra.
Allí mismo, en ese mes, en ese año, en ese sitio en el que escribe, mientras se confiesa en una permanente huelga, se están muriendo centenares de trabajadores. Y Rimbaud escribe.
Escribe que para ser poeta deberá uno esforzarse por convertirse en vidente; escribe que su única intención es llegar a lo desconocido aunque nadie lo comprenda y aunque él no pueda jamás explicarlo; escribe que para tocar lo desconocido es necesario el desarreglo de los sentidos.
Sí, la soledad como el desarreglo de los sentidos.
Ya no se trata de mirar: hay que romper la fisonomía del espacio; no es cuestión de escuchar: hay que disputarle el sentido al sonido; ni siquiera es cuestión de tocar, de acariciar o rozar: hay que pulverizarse las manos.  
Sólo y a solas en el desarreglo, Rimbaud escribe aquellas frases que aún nos piensan y pensamos, que aún nos hacen zozobrar y nos quitan el poco suelo; unas de esas frases que agujerean el tiempo de la vida, del mundo, de la lectura y de la escritura, y que se resisten al paso del tiempo.
Una: que es mentira cuando decimos yo pienso, y que en cambio deberíamos decir: alguien me piensa.
Dos: que el yo es otro diferente, nunca igual a su pensamiento, nunca igual a sí mismo, imposible como yo.
La soledad: un yo perdido entre las ruinas y los cielos de su posible e imposible diferencia. La soledad: alguien, algo nos piensa.
Como en la escritura de Roberto Juarroz -esa poesía vertical, que cae sin más hacia el final, donde ya no hay palabras sino un abismo incontrolable de silencio que parece disecar la piel hasta convertirla en una pregunta invertida hacia uno mismo-; una escritura de la existencia cuestionada, interrogada, sola: la soledad que piensa que nadie en el universo piensa en uno: “Nadie en el universo piensa en mí”.
Sólo uno se piensa. Y si ahora ese uno muriese nadie en el mundo lo pensaría. Porque pensarse a uno mismo no basta, no es suficiente. Tal vez si se pensara en otro hombre, en cualquiera, quizá, uno y otro, o ambos, el que piensa y el que es pensado, podrían salvarse.
¿Salvarse de qué, de quién?
Salvarse no ya de la soledad, sino de no ser nunca pensados.  


Carlos Skliar (Buenos Aires, 1960). Investigador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales y del  Consejo Nacional de Investigaciones de Argentina, ha escrito libros de ensayos, poemas y micro-relatos. Entre sus últimas obras se encuentran: “Voz apenas” (Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2011), “No tienen prisa las palabras” (Barcelona, Candaya, 2012) y “Hablar con desconocidos” (Barcelona, Candaya, 2014). 

Poema de Fabio Jurado Valencia



SEIS DE ENERO

            A Katherin

Es seis de enero,
No puedo jugar.
El cielo está azul.
Es imposible configurar
las cosas.
No se puede asir la imagen
para moverla
porque nada hay,
solo el azul del cielo.

Para mover
y fundar las formas
los árboles se espigan,
quieren elevarse.
Un viento
desde el fondo de la tierra
empuja, empuja…

Es lo único
que la imaginación produce
aquí, ahora
con el sol abierto de enero:
los árboles elevándose.

Son los árboles
los que se reflejan
en el cielo
y dan forma a las nubes,
entonces los árboles
se mueven, se elevan
y configuran las cosas,
porque las miro
e integro sus partes.

Pero es solo la ilusión.
No hay nubes.
Solo el cielo azul, muy azul.


Es enero seis en Bogotá en 2015.

La intervención del espejo


Por Alejandro Ovalles Bonilla

Alejandro Ovalles Bonilla (San José del Guaviare, Colombia, 1980) es Licenciado en Letras Modernas por la Universidad Tecnológica de Santiago (República Dominicana) y Magíster en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo (Bogotá). Es autor de los libros Abrapalabra (Educar, 2010), Innovación lectora (Pearson, 2011) y El sueño de Alicia (Colección Los Conjurados, 2011). Actualmente es profesor de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana.

No tiene mucho sentido contar la historia de Max. La suya es una historia acababa. Él está muerto. Sin importar cómo rescate la memoria de los acontecimientos recién pasados ni cómo los presente, al menos todos los acontecimientos relacionados con su muerte, será imposible suavizar el fatalismo de una historia con un destino concluido. Podría haber dejado la muerte para el final, o haber avanzado hasta los días felices antes de la muerte, pero no hubiera sido honesto con él.
No quiero que esta historia se lea como un relato de ficción, de hecho no lo es, es más bien un testimonio. Es terrible la palabra testimonio, en este país suena a víctimas y a reparaciones. Estuve a su lado desde que empezó a presenciar las imágenes, lo acompañé en su desesperación inicial y en la plenitud que sobrevino a la angustia. Así las cosas no puedo jugar con la presentación de los hechos, sembrar datos aislados, ocultar información; aquí no puedo suponer que desconocía la muerte de un sujeto inventado por mí mismo para hacer más amable el relato, o para sorprender al lector con la noticia de su muerte en el momento más feliz de su vida.
Pienso que este arranque de honestidad podría desembocar en una historia cínica que niega toda posibilidad de ser feliz. Max era joven y su muerte fue lenta, desgarradora y convulsa. Definitivamente podría evitar avanzar hasta su muerte y falsear el final, permitir el acceso que él estaba seguro de alcanzar; podría, de algún modo, recobrarlo para la vida, no para ésta sino para aquélla que intentaba alcanzar cuando murió.
El hecho de haber podido cruzar al otro lado del espejo, sin necesidad de cargar con su cuerpo, es coherente con todo lo que me decía, pero yo no comprendo la existencia sin el cuerpo. Él sí. Me decía que el cuerpo era precisamente lo que más nos exponía como objetos existentes, lo que más nos alejaba de ser, en sí, para uno mismo al margen del cuerpo. «¿Y el cuerpo propio no es uno mismo?», le preguntaba con toda mi ingenuidad de electricista, así él llamaba mi oficio.
Max solía reír mucho en nuestras conversaciones. Toda su filosofía de la liberación y su formación teológica de jesuita era aterrizada en términos de mi saber electromecánico. Si algo comprendo de metafísica y sobre existencialismo (únicos temas que llegaron a interesarme medianamente), se lo debo a él. Que a mí me interesaran pocos asuntos de los que él sabía, a él lo tenía sin cuidado, de todos modos me lanzaba sus discursos elevados sobre «cuanto no vemos pero es», como él decía. Confieso que algunas veces me conmovía su convicción, la certeza que tenía sobre ciertas cosas, pero sobre todo su capacidad para explicárselas a un ingeniero de mentalidad estrecha como la mía, a un electricista.
En cambio a él sí le interesaban mis asuntos, sobre todo aquellas habilidades de utilidad aplicable, de pragmatismo evidente. «Se le salió el jesuita», le decía siempre que quería saber cómo hacer algo. En su ética personal cabía la posibilidad de robar señal de televisión por cable. Estaba cansado de no poder ver los partidos de la Liga que se transmitían por televisión cerrada. En los años jóvenes de aspirante a teólogo en Madrid aprendió a querer al Real. Ahora, graduado y después de renunciar al ordenamiento sacerdotal, dedicado al ejercicio laico de la promoción de la sabiduría (no del saber), que para él era más importante que el de la fe, porque a ella era imposible llegar sin sabiduría, se había instalado en un apartamento pequeño que disimulaba bien el lujo del mobiliario.
No perdía oportunidad para reprocharle socarronamente su gusto por la buena vida, la comodidad, la mesa espléndida…, además de cierta vanidad contenida. Pero la renuncia al sacerdocio no tenía nada que ver con su incapacidad para vivir parcamente en un seminario o en un claustro universitario, tenía que ver con contradicciones categóricas e insalvables entre su pensamiento libre y la fe católica. A pesar de todas las imposiciones ortodoxas que históricamente la Compañía de Jesús había demolido, había dogmas que no estaban en discusión, y que ni siquiera esta congregación (tildada de libertina infinidad de veces) estaba en capacidad de cuestionar aunque tuviera todos los argumentos necesarios para hacerlo.
Lo que la mayoría de seminaristas decide en un año, ser o no ser sacerdote, a Max le tomó tres. Fueron tres años intensos, catastróficos espiritualmente, en los que varios amigos de la Compañía tuvieron que intervenir para conseguir este tiempo de espera. Lo peor del asunto fue la decisión final: no se ordenaría como sacerdote. En todas las conversaciones anuales con sus mentores, siempre lo vieron más de su lado que del lado del mundo. Cuando murió, hacía apenas tres meses que se había vencido el tercer año. Llevaba tres años y tres meses de haber regresado de Madrid. Todo este tiempo estuvo trabajando para la universidad de la Compañía. La herencia de su madre, que se mantuvo tres años en vilo (no se sabía si le pertenecía a él o a los jesuitas), le alcanzó justo para comprar y amoblar el apartamento.
Iba a cumplir veintiséis años. Murió el primero de abril. Cumplía el once. Conocí a Max en enero. Yo era el ingeniero a cargo, entre otras cosas, de la sincronización de los ascensores del edificio en el que compró su apartamento. La amistad, breve e intensa, fue decisiva en la vida de cada uno. Por una especie de comunión de espíritus pudimos abreviar todo el protocolo de las amistades nuevas, y desde el primer día nuestra comunicación fue esencial, sin accidentes, sin rodeos.
Nos conocimos en el lobby del edificio, ahí estaba la tarjeta madre de los ascensores. Él había bajado a preguntar por qué el citófono no funcionaba y por qué no le llegaba agua caliente. Sólo había vigilantes en el lobby y nadie de mantenimiento estaba disponible para ayudarle. La administradora acababa de irse. Le expliqué el sistema de caldera central que bombeaba el agua caliente a las tres torres. Luego fuimos a revisar el panel principal de telefonía, que integraba el de comunicación interna del edificio. El cabezal del cable que conectaba el citófono de su apartamento estaba mal fijado. Corregí el desajuste y le dije que ya estaba, que para lo del agua caliente sí tenía que esperar a los de mantenimiento o a la administradora para reportarle el daño.
Me pidió que lo acompañara al apartamento para verificar que el problema estuviera resuelto. El apartamento era bellísimo, muy iluminado, apenas con los muebles y objetos necesarios, todo en su lugar. No se sentía como un apartamento pequeño. Le dije que me gustaba, me distraje un momento. Pensaba que había entrado a varios apartamentos del edificio, pero no me había fijado en ninguno. El diseño del edificio era de un amigo mío y lo había visitado (al edificio) desde hacía tres años cuando comenzó a construirse. Había asesorado, como contratista de la constructora de mi amigo, todo el diseño de redes. Casualmente ahora la empresa para la que yo trabajaba me asignaba la calibración de los ascensores de este sitio. Noté mi distracción y sacudí la cabeza: «¿Dónde están las llaves de registro del agua?», le pregunté. «En el pasillo», sonrió Max, consciente de que acababa de aterrizar. Revisamos las llaves, la del agua caliente estaba cerrada. Regresamos al apartamento, efectivamente ya había agua caliente.
Desde entonces nos vimos todos los días. Para Max seguramente sería doloroso saber que nuestra amistad estuvo marcada, al principio y al final, por acontecimientos banales, cotidianos, rutinarios y completamente alejados de sus intereses más queridos. Las imágenes empezaron a aparecer después de otro asunto corriente, por los días en que me preguntó sobre la posibilidad de robar señal de la televisión por cable para poder ver todos los partidos del Real Madrid. Me dijo que debía haber algún «truco» para alterar los decodificadores que le había dejado la empresa de televisión contratada. Le dije que no, que un decodificador sólo era un receptor-transmisor de señal, pero que en él no venía programada ninguna restricción. Eso sólo se podía hacer desde la central de comunicaciones de la empresa. Bastaba llamar y solicitar el paquete de partidos de transmisión cerrada.
Llamamos esa misma tarde, el asesor de la empresa explicó que para poder hacer el cambio de plan (sin ningún costo) había que contratar un servicio adicional, que podía ser más megas para la conexión de internet, o los canales en alta definición; además había que cambiar los decodificadores. Pero que si tomaba la decisión, mañana sábado en la mañana el cambio quedaba realizado. A pesar de que el costo de la suscripción, contratando cualquiera de los dos servicios ofrecidos, se elevaba considerablemente, Max dijo que sí. Tomó los dos servicios, que nunca los ofrecieron juntos (era uno u otro), pero que salían por el mismo precio que habiendo tomado sólo una alternativa.
El sábado cuando llegué, casi a las diez de la mañana, ya estaba todo listo: habían cambiado los decodificadores, ampliado la conexión a 10 MB, habilitado los canales que transmitían los partidos para televisión cerrada y también los de alta definición. Todo lo habían hecho la misma tarde del viernes unos hombres vestidos de gris, sin ningún tipo de identificación, pero cuya eficiencia atenuaba todas las circunstancias extrañas en que aparecieron: además de no portar carnets visibles, ni logotipos en los overoles, no habían sido anunciados. Timbraron, saludaron inexpresivamente, como autómatas, según me contó Max, le extendieron unos papeles en los que debía autorizar con su firma los cambios que se harían, e hicieron todo rápido y bien. Quizá si me hubiera quedado esa noche hubiéramos sido más precavidos, nos hubiéramos dado cuenta de la suplantación y evitado la instalación de los dispositivos inalámbricos en los espejos del apartamento.
Max murió diez días después, acosado por las imágenes de los espejos. Como todo estaba en orden, no llamamos a la empresa para confirmar la veracidad, más bien la legalidad, de la visita. Después de su muerte empecé a descubrir cosas, además de aquellos dispositivos que sólo entonces descubrí. Fue difícil establecer comunicación con la empresa. En principio se negaron a verificar cualquier información porque yo no era el titular del contrato. Cuando por fin el gerente de servicio de la zona comprendió que había una muerte relacionada con el asunto, accedió a revisar la solicitud de ampliación de canales. Sí existía el registro de una llamada del titular del contrato, pero para solicitar la terminación del mismo. En las notas de la llamada había quedado registrado que el asesor le había ofrecido a Max varios servicios adicionales gratuitos para que no cancelara la suscripción, pero que su decisión fue suspender el contrato. No averigüé más, tampoco le dije al gerente que eso era absurdo porque el servicio aún continuaba activo.
Era cierto, aquella tarde Max no me llamó para consultarme nada, sabiendo que no se trataba de un asunto transparente. Sólo hasta la mañana siguiente me contó todo. Había vuelto a llamar para suspender el contrato (podía hacerlo dentro de los primeros tres meses), y había hecho una nueva llamada para contratar otro operador, el de los hombres de overoles grises. En el estudio, en el tramo más alto de la biblioteca, encontré la copia del documento que había firmado cuando llegaron. La dirección de internet asociada en el documento sólo cargaba este mensaje: Error 411: happiness not found. ¿Se trataba de una broma negra? En los teléfonos de la empresa respondía una voz grabada con el mismo mensaje: Error 411: happiness not found; y en la dirección donde debía estar el edificio sólo había una puerta de madera vieja empotrada en un muro blanco con un graffiti enorme mal garabateado: Error 411: happiness not found.
Cuando llegué la mañana del sábado Max todavía estaba dormido. Hacía pocos días me había dado una copia de las llaves del apartamento. Entré y le preparé el desayuno mientras despertaba. Estaba cansado, no había dormido bien, se veía nervioso, como asaltado por las imágenes de presencias invisibles. Ahora puedo describir su estado de este modo porque conozco todo lo que ha pasado, pero entonces sólo me pareció un poco desequilibrado, en un estado distante de su serenidad de siempre. El desayuno le puso los pies en la tierra y me contó todo lo que había sucedido la noche pasada.
Después de que los hombres se fueron, sintió sobre él todo el cansancio de la semana. La presencia de aquéllos, además, había dejado el apartamento cargado de una energía que enrarecía su atmósfera diáfana. Max tenía una sensibilidad infalible para descubrir el aura de los extraños, por eso abrió las ventanas, encendió velas, puso música, cocinó, releyó los Seis cantos para una sola muerte de Mieses Burgos, para conjurar de algún modo la presencia oscura que habían dejado los hombres al marcharse. Al final de todo se bañó y, al salir del baño, vio las imágenes por primera vez.
Había salido desnudo a la habitación. Ya había cerrado todas las cortinas y dispuesto todo el apartamento para irse a dormir. Se vistió el pijama frente al espejo de cuerpo, situado en el margen izquierdo de la cabecera de la cama. Estaba distraído, como ausente, y por eso no había visto que el espejo no funcionaba como siempre, devolviéndole su imagen, sino que la imagen empezaba a moverse y a parpadear como la de un televisor sin señal. Al principio reconoció las franjas verticales, negras y grises, de su pijama. Pero no era eso lo que le mostraba el espejo ya intervenido en ese instante. Las franjas horizontales del espejo, ahora más estables, empezaron a dejarle ver, con intermitencia, un bosque lleno de niebla en pleno día. No supo cuánto tiempo estuvo frente al espejo. Cuando recuperó su propia imagen en el reflejo, tuvo la sensación de que todo el apartamento había estado inundado de bruma. Sintió frío y se fue a dormir. Todo esto tenía que ser efecto del cansancio.
Me dijo que, aunque ahora se sintiera angustiado, la noche anterior nada le había producido angustia, sino más bien cierto confort que había terminado de despejar el apartamento de todas las vibraciones oscuras que habían dejado aquellos hombres. Las imágenes del bosque a plena luz siguieron apareciendo todos los días, alternándose con otras, en diferentes horas del día. Yo mismo nunca pude verlas, pero estoy seguro de que Max sí las veía, de otro modo su fisiología no hubiera desmejorado con ese vértigo de pájaro muerto. Era como si cada día le fuera robando el cuerpo y la serenidad a pedazos. Max, que aunque delgado siempre se veía fuerte y vital, se convirtió en diez días en un manojo escuálido y demacrado hecho de sobresaltos.
Las demás imágenes siempre vinieron después de la del bosque de niebla. Inconexas en el sentido de que no aparecían las demás como continuidad del paisaje, o como resultado de una toma continua, sino separadas por la intermitencia del espejo sin señal. La segunda imagen siempre era la de un mar lejano enmarcado por una ventana entreabierta. La tercera era la de una mujer con un vestido antiguo de novia, que dormía sobre una cama enorme en una habitación llena de luz. La cuarta imagen era la de la misma mujer, parada frente a Max en el reflejo, acomodándose el vestido y el cabello; luego la mujer iba hacia el fondo de la habitación y tomaba un sombrero y un paraguas, para desaparecer por una puerta que Max no alcanzaba a ver. La última imagen era la de una playa con mal tiempo: llovía y había nubes bajas. Aunque Max no la veía, sabía que la mujer caminaba sobre la arena, entre las nubes, con el sombrero puesto y el paraguas abierto.
Las imágenes siempre se repitieron en el mismo orden, con el mismo ritmo casi detenido, con la extensión necesaria para llevárselo. Max nunca interrumpió la secuencia completa de las imágenes que el espejo le devolvía en blanco y negro, como si fueran su propio reflejo. Las imágenes siempre le dejaron la sensación de que alcanzaban a invadir su apartamento. En los últimos días casi que cambió la percepción de su espacio. Desde la ventana de la sala ya no veía las otras torres de edificios: veía el mar, un bosque, una mujer y una cabaña.

Éste debe ser el momento donde debo falsear el relato y pretender que Max no ha muerto.

Cartas de los Lectores No. 359 - Enero 27 de 2015

HERNANDO URRUTIA. Excelente el cuento de Urrutia publicado la semana pasada sobre el espejo, imagen que ha obsesionado a tantos escritores como Carroll y Borges. Luis Francisco Ospina

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OTRAS VOCES. Agradezco a Con-Fabulación por mostrarnos nuevos escritores, me refiero específicamente a la española María José Mures. Su palabra vívida y erótica me llevó a territorios sensibles. Lucas Moreno

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ITINERARIOS DE LA SANGRE. El ensayo sobre la novela de la poeta Amparo Osorio me aproximó a esa obra que refiere acontecimientos de nuestro país, hermosamente contados, como los hechos nefastos del palacio de Justicia. Bien por la reseña y bien por esa novela tan hermosa. Felipe Torrado


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Monólogo frente al espejo - Cuento



Por Hernando Urrutia Vásquez*

El espejo no tiene memoria, inútil preguntarle de su viaje a través del tiempo, no la tiene. Su tónica permanente es el presente, lo inmediato, no acumula en su cuerpo.
De su razón histórica no da razón, imposible tratar de consultarle algo; no lo descifra, no se compromete a nada que tenga que ver con relacionar. Pudieron haber matado a un ser querido nuestro en frente de él, pero con el dolor se declara inconmovible, su mente está totalmente en blanco.
Su ética es mantenerse impasible ante la desaparición de un rostro o la transformación en algo cadavérico delante de él.
Sin impresionarse cumple el papel de repetirlo sin dejarle notar a su dueño algo de conmoción.
Esa hermosura de otros tiempos, resultaría un engaño traerla a cuento porque él vive el presente y no tiene apego al pasado, ni a nada de lo que ha sido testigo, a pesar de que se mantenga atravesando el tiempo, como en el caso de un amigo al que se le escaparon las carnes en unos pocos meses y ninguno de los espejos que lo rodeaban mostraron la más mínima consideración por su estado. Parecía más bien que se alegraran de reproducir nítidamente sus deformidades y eran todos; no se podía decir que alguno de ellos se conmiserara y le diera algún engaño piadoso.
Se puede decir entonces, que algo de complicidad con la vida y la muerte tienen los espejos, según la que vaya ganando en nuestras existencias. Parece que no sintiera ni siquiera ante la rotura de otro espejo, sólo lo registra sin sentir la más mínima compasión, es más, parece que se complaciera en reflejar a su colega destrozado.
Pero su arma es el silencio, se cuida de callar muy bien lo que le hemos dado de imagen, no avisa el peligro aun teniéndolo reflejado en su cuerpo. Nadie conoce su lenguaje, es más imagen que verbo. No se preocupa por prevenirnos, simplemente podemos caer al pie suyo y no se inmuta, en espera de que alguien aparezca para aliarse con él.
No se le puede confiar una imagen o dejarle a guardar un secreto, lo bota. Después no lo devuelve, no almacena, no sabe dónde deja las cosas, por estar pendiente de alguien que venga y que le es imposible no reflejar y en una alta infidelidad, es anfitrión de muchas vidas... pero de momento.
Se alimenta de figuras. A veces conversa con las otras cosas que tenemos o se distrae contando baldosas en el baño.
Nadie sabe qué pensará de tantas personas que pasan por su vida. O en caso contrario, qué tanto afán de libertad tendrá o de avidez, siempre reflejando las mismas cosas: desde las aburridoras sacadas de lengua, las lágrimas dolorosas de la gente que desfila en negros cortejos, hasta el perrito cansón que es tan estúpido que ni se reconoce y él tampoco se preocupa por entablar una amistad, pues de pronto se orina y se resbala la imagen hasta desaparecer.
En todo caso tampoco se le saca palabra alguna de sus propios conceptos. Pero a pesar de esa crudeza, hay que elogiar su franqueza y fidelidad: él no refleja lo que no queremos ver, incluso respeta nuestro cinismo, nuestra vanidad o nuestro egoísmo. Nos alerta a condición de que nosotros queramos alertarnos...
Pero cuando empecé a hablar iba a advertirte algo. No le cuentes a nadie que hemos hecho el amor.



Hernando Urrutia Vásquez, nació en Bogotá el 18 de octubre de 1946. Dirige el programa Vientos Estéreo que se emite gracias al proyecto de radio comunitaria “Emisoras para la Capital”.  Ha sido editor de periódicos locales en las alcaldías de San Cristóbal, Usme y Ciudad Bolívar. Actualmente participa en un proyecto de capacitación y emisión radial con líderes de la localidad Rafael Uribe Uribe. Participó en el taller de poesía de la Casa Silva en 1989 y en el seminario de literatura rusa en la Universidad Externado de Colombia. Es autor de los libros Cosmotelurias y Textos cáusticos (Colección Los Conjurados), al cual pertenece el anterior relato.

María José Mures


Nace el 4 de Abril de 1970 en Fernán Núñez, Córdoba, España. Es diplomada en Educación Especial por la Universidad de Córdoba y habilitada en Educación Infantil por la UNED. Es Máster en logopedia “Rehabilitación de los trastornos del lenguaje y el habla” por la Universitat Politécnica de Catalunya. Sus libros editados son: Antes del Amor, Fernán Núñez, 2001; Zahorí, Valencia, 2004; Cambalache, Madrid, 2005. En la actualidad trabaja como maestra de Pedagogía Terapéutica en Ciudad Real.  


LOS LADOS DEL ECUADOR

Espera la piedra abierta
con el queroquero en cielo azul.

Un paisaje dentro de otro
¿fractal o matrioska?
La casa que calienta
es la de tus labios
o tu mano investigando
a los lados del ecuador
buscando latitudes.

HILO DE VIDA

Con un hilo que me dio
hice mi tela de araña,
me dio vida,
a punto del precipicio.


CÓMO DECIR

Cómo decirte que sin ti...
el mundo...
los mapas...
los mapas del mundo,
los océanos...
la noche...
los océanos de la noche,
mi cuerpo...
la ausencia...
mi cuerpo en tu ausencia,
tu sexo...


mi boca...

No podemos marcharnos. Sobre Itinerarios de la Sangre


Por Mauricio Palomo Riaño*

Los rasgos poderosamente poéticos atraviesan la prosa vehemente de Amparo Osorio. Destellos constantes de poesía resquebrajan el cielo cotidiano de la prosa. Itinerarios de la sangre (2014), es un viaje de los sentidos a través de conceptos maravillosos del lenguaje. En el aspecto formal es constante el uso de figuras retóricas que se posan pulcramente en el papel, página tras página, salpicando una narración cuya aura atiborrada de palabras bien cuidadas emerge una y otra vez en un ejercicio escritural en el que se aprecian largas jornadas de depuración. Asimismo, y continuando con la forma, el desborde de imágenes y esa capacidad que posee la autora para incrustarlas en el lector, dejan apreciar que no son meras descripciones las que la novela trabaja, ¡no!, es una puesta en escena en la que se ven envueltos todos los sentidos para que bebamos del cántaro que ofrece Amparo para calmar esa sed, esa sed de poesía que, como decía García Márquez: “ha sido la única que ha podido dar testimonio del paso del hombre por el mundo”.
Aventurándonos en este entramado narrativo vamos hallando pasajes en los que se nos tienden puentes intertextuales que nos trasladan a universos literarios de autores emblemáticos en las letras universales, una suerte de rescate de los otros, aquellos que por ignorancia o por cruel olvido estamos dejando de leer, y que hacen de la novela de Amparo también, una muestra de humildad y de generosidad valiente en la que no se asoma ni por un instante el egoísmo ni la ambición de protagonismo que, de repente se encarna en muchos autores de la escena literaria colombiana actual, escena en la que parece predominar con sayo implacable el yo y un mal habido egocentrismo que busca el reconocimiento y la fama, antes que la catarsis y la vocación.
La novela trabaja la nostalgia, una nostalgia deliciosa que no se pierde línea tras línea. Es un logro de características complejas crear este ambiente y mantenerlo en toda la narración. La melancolía se pasea por los renglones y se incrusta en la psique del lector que termina influenciado fuertemente por estos estados. Existe adicionalmente un valor agregado, un aporte quizá desde mi subjetividad a este arte errante denominado literatura, para muchos, indefinible. En boca de Violeta, uno de los personajes entrañables de esta trama, lo sabemos: “La imaginación, esas voces que quizá portan los matices de la realidad En ella habitan historias ciertas pero también retazos incoherentes de ficciones. A lo mejor eso es la literatura”. Se significa, pues, de manera transparente, la definición por tantos teóricos estudiada y no dicha puramente, porque pasa con ellos lo que Cees Nooteboom manifiesta que pasa con el filósofo: “Son poetas frustrados, que se entienden más con los sistemas que con las palabras”.
Itinerarios de la sangre, pues, es una invitación al regreso. A través de su acontecimiento histórico, en apariencia central en la trama, se entretejen todos los tiempos, el ayer, el ahora y el mañana de un puñado de personajes que crecieron juntos y que se alumbraron con similares códigos, sueños parecidos, encantamientos del alma, y el cómo esas vidas se bifurcaron, esos caminos se dividieron, por determinadas circunstancias de las que irá siendo testigo el lector, llegando finalmente al encuentro como algo genuino, limpio, ese regreso del que como habla la misma autora, siempre está, siempre llega. Es una novela en la que se expresa ese amor irremediable hacia la literatura. La Toma del Palacio de Justicia, en 1985, aunque desnuda la cicatriz (una de esas tantas que a Colombia ya se le perdieron en la piel), aquí no es más que la excusa para demostrar que somos tránsito, sueños, que somos amor, pero también dolor (si es que son distintos), que somos un inventario de desaparecidos, luz y sombra, lenguaje, y que, aunque siempre queramos partir, huir de aquello que nos maltrata, que nos agobia, siempre, siempre vivimos regresando.

Itinerarios de la sangre (2014). Amparo Osorio

Colección Los Conjurados, Común Presencia Editores, Bogotá.

Salvia, poemario de Juan Guillermo Sánchez


“Juan Guillermo Sánchez (Bogotá, 1980), nos muestra un mundo que pocas veces se registra. Sin duda,no es el mundo superficial del caminante distraído, sino un mundo abierto a la mirada de alguien
que busca al poblador originario, alguien sensible al lenguaje de los pueblos nativos ya sean de Irlanda, Canadá, o las distintas regiones de América. El habla creada en Salvia le permite al lector escuchar diversas voces, cada una con su propia identidad, en medio de un ambiente físico donde reina lo inefable. Se trata de una obra madura y compleja que viene a enriquecer la poesía de nuestro continente.” Erik Martínez Richards. Poeta chileno-canadiense. London-Ontario, mayo de 2014.

I.

del río aprendo
y de la hoja
de su danza
hacia el este y su
                                               caída
de sus pliegues
y giros en el
                                               aire
de su vuelta
a la vida en la

                                                           corriente

Cartas de los Lectores No. 358 - Enero 19 de 2015

MARIA BRONNIKOVA. Una suerte de confabulación entre el enigma y el misterio en el ser y en la poesía de María Bronnikova. Un rumor telúrico, ancestral, aún en su silencio. Daniel Día

* * *
YO NO SOY CHARLIE HEBDO y me avergüenza que haya intelectuales y académicos que lo afirmen. Que lo diga el común de la gente es comprensible y reflejo de un círculo vicioso iniciado por los medios de comunicación, que es nuestro deber cambiar. Pero que lo expresen quienes tienen mayor acceso a la información y posibilidad de reflexión crítica, es indignante. Repudio el asesinato de las personas que murieron en el atentado en París, como repudio todos los asesinatos, incluidos los de los hermanos Kouachi, acorralados y manipulados por unos y otros,  pero esto no me lleva a identificarme con los ideales racistas, xenófobos y fascistas defendidos por Charlie Hebdo. Son extremistas y peligrosos tanto los hermanos Kouachi como el semanario, sólo que los unos lo llevaron al límite; pero yo me pregunto, ¿cuántos crímenes no se han cometido siguiendo ideales de odio como los promulgados por medios de comunicación irresponsables, como Charlie Hebdo?  Porque, seamos claros, aquí no se trata de libertades –por más que nos atraiga esta bonita palabra-, se trata de respeto. Sandra Soler
* * *
DESAFORTUNADAS las palabras del Papa Francisco respecto a la masacre infame hecha en París por fundamentalistas islámicos de la peor ralea: según él, "se-debe-poner-límites-a-la-libertad-de-expresión" y no insultar los símbolos o personas "Sagradas" de todas las confesiones religiosas, es decir, en terminología fundamentalista católica, se debe tener "temor-de-Dios" y abstenerse de "opinar", "crear", "exponer", "enunciar" o "criticar" y menos "basflemar" a las deidades instituidas por las religiones oficiales, incluyendo por su puesto, la católica. Para ponerlo en un contexto propio de la novela de Humberto Eco El nombre de la rosa (en donde un monje afortunado contrariando a la Poética de Aristóteles, encuentra en la Comedia y en la Risa dentro de una laberíntica biblioteca, la perfecta liberación del mal) se debe proscribir el humor, la risa, la catarsis de la carcajada, y abandonarnos al miedo del castigo eterno. De tomarse uno tan en serio es que se cometen las masacres y una que otra inquisición y/o cruzada. Y regocijándonos en el Humor de los recientes masacrados por el miedo y la seriedad, proclamamos a todos los Fundamentalistas: ¿acaso no es la risa la gran liberadora, privilegio único de los humanos y también del demonio? no tomes en serio a la seriedad y vive el exceso en exceso. Posdata: la "Blasfemia" es una "Horación al Revez": para insultar a alguien necesitas creer en él, por lo tanto, es un acto supremo de fe. Juan Carlos Arboleda, cantautor colombiano


Tres poemas de Maria Bronnikova


Maria Bronnikova ha realizado su poesía rítmica por todo el mundo durante la última década, participando en numerosos festivales internacionales. Su palabra se ubicaba originalmente en Rusia, debido a sus raíces siberianas. Sin embargo, después de sus estudios y múltiples viajes por el mundo, su primer libro de ensayos de filosofía y poesía llamado: Ser reducida a una actividad fue publicado en inglés en 2010. La mayor parte de su obra cuestiona nuestra capacidad para hacer frente a las ideas socialmente establecidas, y plantea cómo se vincula el deseo de ser libre, inherente al ser humano, a nuestro encuentro con la naturaleza.

***
Cuando tu búho aterriza al otro lado del vidrio
Al otro lado del sueño que tienes
Cuando tu caminar te lleva a amar hacer tortugas
Un árbol crece más allá de tu deseo de conocer a los otros
Cuando un capullo ha sido roto con una suave precisión
Tus alas iluminan la oscuridad para que las palabras que caen sean leídas
Entonces se ha roto un hechizo
Luego la rueda ha rodado
Entonces, te has convertido
En la criatura que has nacido
En la criatura que has estado
Cargando



TORTURA DIARIA DE ESPERANZA

Saltando en tus muebles. Arrancar pedacitos. Tartas vasos y pegatinas hablan a otros objetos de manera informal.
Puedes hacértelos amigos sin duda. Sin duda. Va a ser peor sin esto.
Esta tortura es convertirte en humano. Nunca fanáticamente pero en la conducción de la memoria.
Empezar un resumen no accidentalmente. Candente. De una manera cansada.
Poniendo un punto en la cabeza del regalo. Hay un milagro en todo esto que se ha vivido.
Todas esas dulces precauciones no eran para menos.
Percepciones. Hambrunas.
Suspiros solitarios. Una puerta queriéndote mucho. Ahora te enseña cómo moverte.
Suspirando claramente. Hay una forma. Desde allí, llamas. Recibe y se fuerte.
Sé la vulnerabilidad pedida en esta canción. Ahora trae la habilidad.
Los ojos siguen y llevan la totalidad. Aquí los encontrarás.
Ellos allí viven además para darle un día al alma.



ELLA ABRE SUS OJOS

Los ojos están vivos. Un águila en vuelo. Tocan. Mueven. Una tabla aproximada. Un pedazo de pan comido. Ella está recordando algunas líneas, algunas líneas para ser dichas en voz alta. En casa, afuera, en salas de extraños, en los brazos de él, al anochecer, en su mente, perpleja.
La poesía es crisis. No tiene estructura. La poesía es crisis. No tiene estructura.  Hay mucho del otro. La poesía es más sabia. Aprendes en la práctica. La poesía es más sabia. Aprendes en la práctica. Hay mucho del otro.
¿Has notado cómo esa desintegración es ahora una penuria?
Hay mucho de ese otro. Guijarros inoxidables se desprenden de la razón. La poesía es una forma de vida. La poesía tiene sus estaciones. Hay mucho de ese otro. En los labios con los que usted lee. Pensamientos como lagos que sangran. Ahora perdona lo imperdonable.

La poesía es el mensaje y el receptor. Los días son palabras que has dado. Escribir como el que percibe. Hay mucho. Apoderándose. Tomando fuerza. Al concebir al dador.