Comité Editorial

DIRECTOR: Gonzalo Márquez Cristo. EDITORES: Amparo Osorio, Iván Beltrán Castillo. COMITÉ EDITORIALFabio Jurado Valencia, Carlos Fajardo, Maldoror. CONFABULADORES: Óscar Collazos, José Chalarca, Marcos Fabián Herrera, Sergio Trujillo Béjar, Fabio Martínez, Fernando Maldonado, Gabriel Arturo Castro, Guillermo Bustamante Zamudio. EN EL EXTERIOR: Alfredo Fressia (Brasil); Antonio Correa, Iván Oñate (Ecuador); Rodolfo Häsler (España); Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva (México); Luis Alejandro Contreras, Benito Mieses, Adalber Salas (Venezuela); Renato Sandoval (Perú); Efer Arocha, Jorge Torres, Jorge Najar (Francia); Marta L.Canfield, Gabriel Impaglione (Italia); Luis Bravo (Uruguay); Armando Rodríguez Ballesteros, Osvaldo Sauma (Costa Rica).

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E D I T O R I A L

La divergencia, el pensamiento plural, la imaginación crítica, el encuentro lúcido que instaura el entendimiento, y todos los recursos inventados por la cultura para enfrentarse a los múltiples rostros de la pobreza y a los disfraces infinitos de la muerte, hoy se encuentran exiliados, arrojados a las inmediaciones. ¿Cómo participar de un festín donde el nombre de la realidad es sacrilegio, descarnado anatema y malévola irrisión?
Ante el mutismo cómplice y la tácita aceptación de una realidad inaceptable, y en la hora en la que todo debate empieza a extinguirse, apabullado por la tiranía del desprecio, que es casi peor que la de la violencia, resulta urgente fundar zonas propicias para el derroche de la libertad.
Soñamos con la alianza fecunda de la imaginación y la crítica, con la nupcias del periodismo y el pensamiento, de la verdad y la belleza: con una Con-fabulación… Porque solamente el uso ilimitado de la creatividad servirá de brújula para fundar el camino y desplazar la oscuridad reinante.
Desde este sitio convocamos al ingenio creador de los periodistas, escritores, académicos e intelectuales para que mediante el ejercicio de la escritura, despojados de cualquier oscura intención destructora, polemicemos y opinemos, y, con un alto sentido de la ética, hagamos aportes a la construcción del horizonte extraviado.

Inéditos de Raúl Henao


Del reconocido poeta Raúl Henao, nacido en Cali y afincado en Antioquia, autor de una decena de libros, publicamos tres textos inéditos donde como siempre fulgura su aliento surrealista y el poder de su escritura cromática.


EL SECRETO

Me ha sido revelado en un palpitar del corazón o la brevedad de un parpadeo el secreto que rige el mundo  y permite cambiar  el reinado  tiránico del Rey de Hojalata en una nueva Edad Dorada, libre del temor al hambre y la guerra, la vejez o la muerte. Pero cuando quiero comunicarlo a mis contemporáneos, comprendo que la esencia del secreto es permanecer indescifrado y que aun si intento compartirlo con ellos, resulta ajeno a sus sentidos indiferentes a cuanto no les dictamina el oscuro poder del tiempo, cuyo reloj de arena pongo al revés, al llegar la noche el año que termina.

***


LA MONJA

“Pon la mesa en la que se sienta el amor”
Remy de Gourmont.

Se arruma alrededor el hojarascal de las horas pasadas cuando el año nuevo comienza a dibujarse en la neblina matutina, apoyando su nariz agripada en las vitrinas callejeras. No bien conseguimos reunir las flores en el altar de una misa de difuntos por el tiempo vivido y ya nos visita de nuevo el recuerdo molesto de la felicidad perdida en los correvediles de algún encuentro suburbano… y sólo porque se interpuso a su paso el regusto por las estampas de santos y las tarjetas de visita chapadas a la antigua. Ahora en lo desasosegado e incierto de los amores crepusculares y tardíos, es la soledad, que el hábito viste de monja, la que nos acompaña sentada a la mesa del refectorio que, al fondo del conventillo, enciende nuevamente su chimenea ojerosa a la hora de la cena.

***

EL MAR VOLUPTUOSO

El horizonte se prolonga en la distancia canicular y polvorienta
de la bahía, que a vuelo de pájaro semeja el costillar
de una res muerta.

Es el país de la tórtola y el murciélago donde el día y la noche
se confunden en las habitaciones desnudas de los hoteles
o en los charcos de lluvia que las tardes dejan a su paso en la playa.

El mar recupera luego esa gargantilla de perlas abandonada
a lo largo de la costa como un cuello nacarado de mujer
al que, poco a poco, cubre la marea de sus besos.


Raúl Henao: Poeta y ensayista colombiano, nacido en Cali, 1944. Ha vivido en EE.UU. Venezuela y México. Escribe, básicamente, en periódicos y revistas que a través del mundo moderno mantienen vigente el legado poético y libertario del movimiento surrealista.

Entre sus libros publicados figuran: La parte del león (Monte Avila Editores, Caracas, 1978) Sol negro (Medellín, 1985) El partido del diablo /Poesía & Crítica (Medellín, 1989) El virrey de los espejos y otras prosas poéticas (Medellín, 1996). La vida a la carta / Life a la carte (Antología Bilingüe- Medellín.1998). La doble estrella: El surrealismo en iberoamérica (Ensayos, editorial Endymión. Medellín, 2008). Haikus Selectos / Selected Haikus (Ediciones Montaña de Silencio. Medellín, 2010) Poemas de Amor-Rosa ( Montréal, Canadá, 2012). La verdad en el vino (Ediciones Caro y Cuervo, Bogotá. 2012). Una alberca en la luna (Medellín, 2014). Su obra poética ha sido traducida parcialmente al inglés, francés, portugués, alemán y holandés.

Eduardo Esparza - Los Visibles


Esparza o la danza de las desapariciones
Por Carlos Fajardo Fajardo

“Mi pintura cada vez se aproxima más a lo que soy, a lo que siento, a mi manera de actuar. Obedece a mi estructura mental”. Me imagino a Eduardo Esparza pronunciando estas sinceras palabras frente al estallido de sus colores y ante las bocanadas de fuego que se proyectan en toda su obra, hecha de materia viva, de esencia terrígena y levedad de ave. Me lo imagino bailando ante la gran tela, lleno de sí, pleno de mundo, diciendo con su estruendo: “mi pintura forma parte de mi actitud lúdica, mis animales, peces, gallos, aves, gatos, perros. Las formas eróticas vistas, a través de las frutas, de las semillas”, y de pronto lanzando una ráfaga de color como un trompo universal, movimiento etéreo y tangible, con profundidad y altura.
Así es la cartografía mágica, insinuante y poética de Eduardo Esparza. En ella podemos sentir las hechizantes vibraciones de su entorno, la permanente ondulación de lo real. Pintura nómada, rítmica, pulsional, que invita salir a los caminos, estar en constante conmoción y ser cómplices de esta danza cromática, devorándonos-devorándose.
Esparza teje y desteje el magnífico y trágico ir y venir de un espacio-tiempo matérico y metafísico. Sus juegos de color van hilando en la tela aquellas esferas, círculos, triángulos, aristas, puntas que nos inventan otras lógicas, otras maneras de ver, ser y actuar, desafiando la racionalidad utensiliar e instrumental, rígida y reglamentaria. De ahí sus rupturas, su poesía. Lo ha dicho el mismo artista: “todas estas formas, texturas y colores dentro de una estructura, van hilando un tejido en forma vertical y horizontal que le da un sentido a lo espiritual y terrenal. La dinámica de este tejido no es más que mi forma de jugar al trompo”.
“El tiempo es un niño que juega con los dados. El reino es de un niño” escribió Heráclito, y como tal esta obra nos lanza a ser cómplices con lo lúdico estético pero también a comprometernos con lo lúcido histórico, con la realidad sonora y trágica de esta parte del mundo. Se entiende entonces la urgencia de Esparza por crear su expresiva y contundente serie Los Visibles, como síntesis del drama de un país, de una generación desaparecida bajo el miedo y el temor, la impotencia y los fracasos.
Perteneciente a una generación nacida entre las décadas del cincuenta y del sesenta, Esparza ha hecho suya la idea de ser contestatario, contracultural y de ir a contracorriente. Una generación hija de la violencia que vivió en un país construido con torturas y cadáveres, mientras muchachos y muchachas contorsionaban sus cinturas al ritmo de los Beatles, Carlos Santana, Led Zeppelín, los Rolling Stones, y que rumbeaban con la salsa de Riche Ray, Bobby Cruz, Hector Lavoe y La Fania; que cantaban las baladas del Club del Clan con Oscar Golden, Harold, Ádamo, Leonardo Fabio, Piero, Charles Aznavour, y que con Joan Manuel Serrat y la música protesta de Joan Báez, Víctor Jara, Ana y Jaime, Soledad Bravo, Mercedes Sosa, Pablus Gallinazus, Violeta Parra, hicieron la revolución en las tablas. Músicas que fueron las primeras escuelas en sus corazones, primeros pupitres sentimentales donde posaron las alas de la imaginación.
Paralelo a esta necesaria provisión de amor, en aquellos años la historia rugía. Tiempos de compromisos políticos, de conflagraciones poderosas. La década del sesenta fue propicia para el desahogo de una generación hija de la violencia. Escándalo y aullido. La de los sesenta fue la década de la imaginación, pero también la que hizo conciencia de sus limitaciones. Década de jóvenes hambrientos por dejar un rastro, una huella en medio del fuego y las cenizas de una realidad sobresaltada: la revolución cubana, la rebelión de Martin Luther King, la época de los Kennedy, Johnson, Nixon y su inhumana guerra de Vietnam, la década de la protesta con paz y amor de los Hippies, de Cassius Clay; la figura de Mao Tsé Tung en los libros rojos; la liberación sexual y la pérdida de miedo al embarazo; la época del Festival de Woodstock, la de “ la imaginación al poder” y “prohibido prohibir” en aquel mayo luminoso francés; la de la matanza de estudiantes en Tlatelolco en México D.F., cuando tomados de los brazos cantaban y gritaban el 2 de Octubre de 1968; la década de la invasión con tanques rusos a una Praga primaveral y la de un Santo Domingo ocupada por Marines gringos; la década del Che Guevara, estrella y boina, patria o muerte, junto a Camilo Torres Restrepo utópico y mártir; los tiempos en que rugían Marquetalia, el Guayabero, Ríochiquito cuando las universidades colombianas eran colmadas de consignas, discursos y proclamas libertarias. Es también la década en la cual surgen los primeros cines clubes y donde se fundan grupos de teatros disidentes y contestatarios: el Teatro Libre, el Teatro La Candelaria, El Teatro La Mama, el Teatro Popular de Bogotá, el Teatro Experimental de Cali (El TEC).
No es extraño entonces que Los Visibles sinteticen toda esta historia que el cínico olvido ha desterrado de nuestros ojos. Descubrir lo cubierto, volver presencia lo que por décadas ha sido condenado al silencio, a la ausencia; tocar sin temor las llamas de la crueldad, del horror y el despotismo histórico. Todo drama se vuelve en esta serie apremio, compromiso. Esparza hila el manto de la tragedia, el luto de un dolor comunitario. De allí el permanente uso cromático de blancos y negros que se difuminan en ágiles figuras y que, como en un teatro de sombras, aparecen y desaparecen. Ellas luchan por definir un cuerpo, un ser indescifrable. Esas figuras son todos los rostros de un país, de un continente, moviéndose tras el velo negro que el artista rasga, penetra con intensidad terrígena. Es la danza macabra hecha gracia, ritmo, poesía. Su pintura sintetiza una paradójica sentencia: la desgracia de esta realidad terrible es la fuente de su gracia hecha imagen.
Entre el pesado y grávido luto de las figuras y las ingrávidas formas de los cuerpos fluctúa la serie Los Visibles. Un cierto asomo de baile se observa entre los resquicios. Pero es la noche de un carnaval nada dichoso. Extraños ritos profanos y sacros se unen a este imaginario necrofílico de una sociedad donde al desaparecido se le desaparece dos veces: por los verdugos del deseo y por el olvido del Estado y de sus conciudadanos. Esparza ha desafiado dichos olvidos. Nos obliga a mirar de nuevo el abismo, el deterioro, nuestra más secreta indiferencia. Invitados a participar en este baile de imágenes con sus trajes de luto, escuchamos el milenario silencio, los desterrados pasos, gritos, llantos y amores en medio de un país en ruinas […]

Enlace del video sobre la exposición “Los Visibles” realizada en el

Centro Memoria Paz Reconciliación de Bogotá: Los Visibles

La supersticiosa ética del pseudolector


Por Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz*

Leer es una artesanía ejecutada con palabras, un extraño conjuro en el que, por lo menos, dos espíritus se comunican, así nunca se hayan conocido de manera física. Un manto tejido con los finísimos hilos de las palabras, entre dos potencias convocadas: el escritor, que sonsaca de su interior mensajes cifrados, remanentes de su psiquismo creador, y los pone en circulación: savia, magma, sangre, óvulo, esperma, sístole y diástole, de algo vivo, vibrante, hondamente significativo. Del otro lado, el lector: alerta, vigía, puros ojos, como atarrayas a la caza de un botín pleno de insinuaciones y sentidos.
Por eso leer se vuelve una tarea delicada, paciente, crítica y generosa, a la vez, porque de alguna forma, hay una intromisión permitida, pactada de antemano entre dos protagonistas.
No quiero referirme a la antropofagia lectora que circula en los medios, desde las burdas frases que salpican el internet, los juicios descalificadores y prejuiciosos que se sueltan al garete. Tampoco amerita un mínimo comentario el opúsculo venenoso que destila hiel y envidia cuando se trata de descalificar obras y autores sin previo examen. A esto ayudan los lectores de solapa, esos personajes que entran en la acción de gracias emitida por Borges: (gracias) por el lenguaje que puede simular sabiduría.
En un país de excesos e intolerancias, se sueltan palabras como flechas envenenadas; también se escribe por encargo: francotiradores que asustadizos de cuanto se mueve, se atrincheran en el anonimato y recogen, como carroñeros, toda la escoria que los espíritus mediocres van abandonando en los caminos.
Lector de solapa que repite fórmulas, que reduce la literatura a un club de malas conciencias, porque es más fácil garrapatear diatribas que tomarse el trabajo de leer los textos completos y hacer glosas, revisar elementos de estilo, de ritmo, de imagen; examinar el tejido verbal, sus fibras íntimas, en suma, sopesar el lenguaje, materia prima y esencial del arte poética, su eficacia fonética, semántica y pragmática.
En la supersticiosa ética del pseudolector no existen temas, ni tratamiento de los mismos, tampoco motivos, intertextos, mensajes cifrados, insinuaciones e intuiciones, sólo vaguedades, a lo sumo, opiniones sueltas, impresionísticas y sesgadas. Seguramente descalifique a Whitman y a Borges por enumerativos, a Rubén Darío por musical y exotista, a Gonzalo Rojas, por escribir poquito y a Neruda, por escribir muchito, otra vez a Borges por erudito y ladrón de versos (Cfr. El Amenazado y El Eclesiastés, cap. 12, 3 a 5), a Huidobro por romántico al principio y hermético al final (Altazor), a Teillier, por lárico, a Arturo, por lo mismo, a Quessep por anacrónico, a Mutis por reiterativo en la desesperanza, a la Carranza por prosaica, a Eduardo, su padre, por edulcorado, a Paz, por su abanico multiforme, a Lezama por ilegible, a Lêdo Ivo y Eliseo Diego, por provincianos, a Cortázar por cosmopolita, a García Márquez por macondiano, a Rulfo por comaleño, a Onetti, por nihilista y desesperanzado, en fin…Qué fácil el intento fallido de destrozar una obra con un adjetivo irresponsable, fruto de una pseudolectura, descuidada, perezosa, mezquina, cuando no, quisquillosa.
Se sabe de un pseudocrítico español, que siempre posó de arbitrario, y se refería a libros que nunca había leído, y de otro, acaso el mismo, que decía sin sonrojarse: estoy a punto de decir que Fulano es el gran poeta de su generación. Majadero, le contestó Sutano, dígalo o cállelo, pero no amague con deleznables reticencias.
Leer es un trabajo, nos señaló Estanislao Zuleta, no un fútil pasatiempo, y para ilustrarlo utilizó la proverbial metáfora del camello, el león y el niño: trabajo, fuerza e inocencia, tríada sobre la que debe reposar un oficio tan noble como la escritura y su connatural actividad, la lectura.
Ahora bien, evocando a Julio Cortázar, en su concepción muy personal sobre la estética del receptor, encontramos: lector alondra, el que no pasa de decir, bonito, categoría superficial, válida para un florero o un gato de porcelana, lector hembra -con el perdón de las feministas- para el que se arredra, escurre el bulto y deja las obras a medio empezar. Lector macho –con el perdón de los varones- todo lo contrario, el que se arriesga, el que cabalga, lanza en ristre, por las praderas del texto, no para hacerle decir sandeces o encuestar categorías gramaticales o recurrencias léxicas. Lector cómplice, cercano al que llamaron los semiólogos el archi-lector, valga decir, el que se compromete con el universo de significados y sentidos, el que aguza ojos e intelecto para horadar la cáscara y saborear el fruto, el que no cuenta el canto, más bien canta el cuento y bucea en el mar de los signos, los símbolos y sus múltiples ramificaciones. Conocí a un extravagante pseudolector, oficiante de una extraña manía: cazaba escritor con palabras, como si fueran su propiedad privada; así, si un tigre, Borges, si un espejo, Borges, si un camello, Valencia, si una sombra, Silva, si un zopilote, Rulfo, si un conejo, Cortázar, si un tren, Arreola, si un burro, Vallejo, si un búho, De Greiff. Con esa forma tan singular y arbitraria de acercarse a los textos, conceptos como originalidad, intertextualidad, escritura de palimpsesto, influencias, tratamiento, quedaban a la deriva. (En los procesos de selección y combinación, las palabras forman sus propios universos semánticos). Sálvese quien pueda de entrar en esa cofradía, en esa forma velada de la censura, esgrimiendo una chata erudición, una mirada parcial.
¿Dónde se ubica, desocupado lector, empadronador lector, contabilista lector? ¿No sabe, no responde? Ya lo advirtió el poeta Eugenio Montale: la oralidad es un género literario desde antes de la escritura. Su envés, la lectura, merece un sitio preferente.


* Jorge Eliécer Ordóñez. Poeta y ensayista colombiano, nacido en Cali (1951). Ha publicado varios libros de poesía, entre ellos: Ciudad Menguante, Vuelta de Campana, Brújula Insomne, Farallones, La Casa Amarilla, Exiliados del Arca, Manuscrito de Sísifo (V Premio Nacional de Poesía, UIS, 2013), Cuerpos sobre campos de trigo (XV Premio Nacional de Poesía, Eduardo Cote Lamus, 2014), así como ensayos de literatura en revistas especializadas. Su libro, La Fábula Poética en Giovanni Quessep, obtuvo el Premio Jorge Isaacs, Colección de Autores Vallecaucanos, en Crítica Literaria, (1998). En la actualidad es codirector y editor de la revista virtual rosablindada.net

Alcides de Alcmena - CUENTO


Por Sergio Gama*

Don Alcides iba a Chigüe una semana al mes y se hospedaba en el hotel Alcmena, que alguna vez fue de su familia. Llegaba el domingo en la tarde y se devolvía a Bogotá el domingo siguiente en la mañana, con una resaca muy grande. Él iba y venía por el único camino que llevaba al pueblo, un camino muy empinado y sin pavimentar. Apenas llegaba, dejaba sus cosas en el Alcmena y salía a la tienda de al lado. Apenas estaba por llegar, los de la tienda alistaban una canasta de cervezas vacías en la entrada, donde Don Alcides siempre se sentaba. Apenas empezaba el domingo, las personas del Alcmena, de la tienda y sus amigos alistaban la chicha y la comida para las tardes y las noches de esa semana.
Durante los primeros años se sentaba y hablaba de lo que había en Bogotá o de lo que había conocido en sus viajes a la costa o en sus trabajos por todo el país. Luego, desde que encontró ese libro al que le faltaban la portada y el comienzo, se sentaba y cada tarde les leía un capítulo, para después hablar de lo leído e imaginar aquellas páginas que hacían falta. Las personas no se ponen de acuerdo sobre lo que hacía durante la mañana, cuando no leía ni estaba sentado en la canasta.
Algunos dicen que le gustaba caminar por los cultivos y ver las plantas; otros, que hacía reuniones clandestinas con los de su partido que vivían en el pueblo y en las veredas cercanas; y otros, que tenía una mujer e hijos de los que ni su esposa ni su familia en Bogotá tenían conocimiento.
El libro contaba historias de gigantes, de enanos, de demonios, de un señor llamado Carlo Magno y de Europa. Por una razón que nadie se logra explicar, siempre alguien hablaba de los dinosaurios, de cómo nos parecemos a los monos o de las mentiras de los curas con eso de que Dios creó al hombre en siete días y luego descansó. Muchos reían, tomaban chicha, escuchaban la lectura, comían y hablaban; los que sabían leer, leían una página. Hubo quienes aprendieron a leer con ese libro; y casi todos les pusieron a sus hijos por nombre los de personajes o lugares del libro, incluso palabras que no conocían, como ‘antiparras’.
Todos hicieron que sus niños se aprendieran de memoria alguna oración en que aparecía su nombre, aunque dijera algo tan banal como ‘…y en medio de la tarde las antiparras del chofer se llenaron de…’. Y hubo algunos que terminaron por saludarse recitando de memoria aquella frase en particular, como si esa frase fuese ellos mismos.
Cuando Don Alcides dejó de ir, porque su partido había perdido el control de la región y los del otro lo buscaban para matarlo, les dio el libro, y la gente tomó las páginas y se las repartieron. Cada uno tomó una página en que apareciera su nombre y la enmarcó en su casa, como si fuera su retrato.
Meses después, pintaron en la fachada de su casa, con su mano y letra, lo que decía la página; algunos no sabían escribir, pero conocían tan bien las palabras que, sin saber lo que decían, podían reproducirlas con una ortografía envidiable. Al final, en las fachadas se podía leer la historia, el libro completo, salvo la portada y las tres primeras páginas. Era ese libro que leía Don Alcides el que recibía a todo el que llegaba a una casa del pueblo.
Desde hace algunos años la gente dice que Don Alcides regresó a Chigüe, décadas después de su muerte. Pero sin tener cultivos para recorrer, ni partidarios para organizar ni familiares para abrazar, se la pasa leyendo las fachadas de las casas durante las últimas horas de la noche de los domingos. También dicen que finalmente encontró las páginas que hacían falta y a veces lo ven sentado afuera de la tienda o recorriendo el Alcmena, esperando a que lleguen a escucharlo y él pueda contarles lo que ellas decían.


*Sergio Gama. Filósofo de la Universidad de Los Andes. Cursó la Maestría en Literatura de la Universidad de Los Andes y la Especialización en Escritura Narrativa de la Universidad Central. Editor y Subdirector de la Fundación Fahrenheit 451. 1er Premio en el Concurso Mundial de Cuento y Poesía Pacifista 2009. Finalista del Concurso Internacional de Microtextos "Garzón Céspedes" (2008) y Mención de Honor del Concurso de Microrrelato Esperando a Godot (2008). Desde 2009 dicta talleres de creación narrativa. El anterior cuento pertenece a su libro: Enciclopedia no ilustrada de viajes y viajeros, recientemente publicado.

Cartas de los Lectores No. 340 - Agosto 15 de 2014

CASIMIRO DE BRITO. Hermoso poema erótico del portugués Casimiro de Brito. Ojalá lo volvamos a tener en Colombia. Un poeta de esa talla hace falta por estos lares. Federico Galindo Reina.
* * *
DESDE MÉXICO. Muchas gracias, como siempre, por el envío de Con-fabulación. Vale la pena comentar que la hermosa canción atribuida a Roger Waters en esta oportuna traducción es We shall overcome, que se canta desde hace mucho tiempo. Hay, por ejemplo, una emotiva versión de Joan Baez de hace unos cuarenta o más años. Saludos afectuosos. Eduardo Langagne, poeta, México.
            Respuesta: Efectivamente apreciado poeta, es una canción de gospel atribuida al Reverendo Charles Tindley que cuenta con numerosas versiones.

* * *
JAIME CABRERA. Divertido y muy picante el relato de Jaime Cabrera publicado en el anterior número de Con-Fabulación. Me gustó también la imagen de la portada de la tentadora Miss Blues. Roberto Giraldo.
* * *
MUHSIN AL-RAMLI. Desde hace cinco años sigo la excelente producción literaria de Muhsin Al-Ramli aquí en Madrid y creo que es una de las voces más brillantes y conectadas con Occidente de ese país que a todos nos duele: Irak. Buscaré en la casa del Libro su novela Adiós primos. Fernando Uscátegui, España.


Amor incandescente Casimiro de Brito


Poeta, novelista, cuentista, ensayista y viajero nacido en Algarbe, Portugal en 1938. Es autor de más de cuarenta libros. Ha dirigido varias revistas literarias, entre ellas Cadernos do Meio-Dia con António Ramos Rosa. Estuvo vinculado al movimiento Poesía 61. Sus poemas han aparecido en más de 140 antologías portuguesas y extranjeras. Ha sido director de los festivales internacionales de poesía de Lisboa, Faro y Porto Santo. Sus obras fueron grabadas para la Librería del Congreso, Washington DC. Es consejero de la Asociación Mundial de Haiku, de Tokio. La Academia Mundial de Poesía (de la Fundación Martin Luther King) lo galardonó en 2002 con el primer Premio Internacional Leopold Sédar Senghor por su carrera literaria. En 2005 fue distinguido con el Premio Europeo Mario Luzi al mejor libro publicado en Italia en 2004. Sus poemas han sido vertidos a numerosos idiomas.
Publicamos aquí uno de sus últimos poemas traducido por la catedrática colombiana Olga Rojas.


AMOR INCANDESCENTE

Mi vida se resume
en tres palabras: estaba crudo,
me cocieron y ardí. Al Rumi.


I
Un amor que sea
al mismo tiempo
un incendio
y un océano. El
tuyo o el mío? Deshechas fueron
las fronteras
entre nuestros cuerpos.

II
Ya no sé si eres espejo
del mundo o si el mundo
es de ti espejo. Entro. Destrozo.
En cada fragmento
del mundo respiras; en cada
fragmento de ti
el mundo arde.

III
Sediento
no busqué el agua.
Fue el agua
pura
la que abrió su boca

a mi lengua.

Un buen servicio, Miss Blues 104º F


Del libro Miss Blues 104º F del narrador y periodista colombiano Jaime Cabrera, residente desde hace varios años en Miami, publicamos el siguiente relato

Por Jaime Cabrera González

Había decidido reconectar el servicio de gas con la urgencia que reviste una solución inmediata. Pensó que tenía que actuar como lo hizo su pequeña hermana cuando no le permitieron en casa tener más unos pollitos. “Hay que matarlos”, dijo en voz alta. “Hay que matar los pollitos”. Ahí se acababa el problema, pensó. “Torcerle el pescuezo a todo”, dijo sin dejar de pensar en la acción de su hermana.
En la puerta sonaron un par de golpes recios. No se había preocupado por reparar el timbre. Se asomó por la ventana y vio a dos hombres vestidos de azul con blanco. Abrió y los dejó entrar.
—¿Qué cocina?  —respondió uno a su pregunta.
El otro miró hacia donde estaba el televisor y luego recorrió el techo con la mirada.
—Venimos de la empresa de cable, dijo el que había hablado.
No había pedido que le conectaran ningún cable y ya iba a reclamar cuando el hombre, el único que hablaba de los dos, le extendió una orden en donde estaba el nombre de ella.
Con el papel en la mano recordó que antes de que “Miss Blues” (así entre comillas) como había empezado a pensarla, lo abandonara había hecho varias llamadas. Quizás en ese momento todavía no había tomado la decisión de marcharse. ¿Había dudado en irse? ¿Qué la llevaría a cambiar de opinión si una semana antes le había celebrado el cumpleaños con una torta y vino y habían salido a pasear en una noche fresca y al regreso habían bailado un bolero que dice por qué, por qué no me enseñaste cómo se vive sin ti y después habían hecho el amor varias veces y al rato le había dicho, dime algo lindo?
Pensó en cancelar el servicio. ¿Para qué quería 160 canales si ni siquiera uno le interesaba? ¿Acaso la pena se le iba a quitar viendo el televiso? Realmente lo que quería era “matar los pollitos”, poner el gas, que funcionara la cocina, acabar de una vez con todo. Pero se contuvo y sin saber por qué les mostró donde estaba el televisor. Era un Zenith que estaba metido en un mueble marrón, antiguo y empolvado.
Uno de los hombres, el que no había abierto la boca, por el contrario abrió la boca de un maletín negro grande, cuadrado, y sacó varios rollos de cable y algunas herramientas que extendió por el piso. El otro, de rasgos vulgares, pidió permiso para sentarse a la mesa y llenar un formulario que estaba en una planilla de madera agarrado con un gancho metálico un poco oxidado.
No supo qué hacer mientras los dos hombres hacían lo suyo. Era como si estuviera en una casa que ya no le pertenecía. Se paró frente a la computadora. Se pasó la mano por el cabello revuelto. Dio una vuelta por la sala.
Contempló su imagen en el espejo: la barba larga en donde asomaban las primeras canas, la camisilla esqueleto, el piyama y los pies descalzos. Miró al que trabajaba y, de repente, le dijo que en el cuarto había otro televisor, uno más pequeño. El hombre dejó lo que estaba haciendo y fue hasta la puerta de la alcoba y se asomó, pero no dijo nada, siguió en silencio.
El hombre regresó a lo que estaba haciendo, mientras que él se sentó junto al que había apartado una montaña de correspondencia sin abrir, papeles, periódicos amarillentos y la pequeña guía de teléfonos de Altonia Beach, y se había puesto a llenar los documentos. Notó que tenía las manos grandes y los dedos gruesos con un anillo en forma de calavera en el dedo meñique, de esos que vende un hombre junto a la mansión de Versace. En otra oportunidad hubiera establecido un diálogo que hubiera comenzado por saber de qué país era, si no lo hubiera descubierto por el acento. Era una especie de ejercicio para su oído. Escuchaba un poco y al rato se aventuraba a decir de qué país venía la persona. Aun cuando le asignaran trabajadores que hablaban en inglés podía identificar de qué estado de la Unión provenían o si eran floridanos.
Pensó que en algún momento tocarían a la puerta y esta vez sí sería el hombre que reconectaría el servicio de gas. Después, de nada serviría el cable. Pero no tenía fuerzas para discutir y menos para explicarle a nadie que su mujer se había marchado hacía una semana después de felicitarlo por sus 40 años, que desde entonces no se había afeitado, que apenas había probado bocado y que se la había pasado todo el tiempo tirado en la cama con las manos en la nuca mirando el techo hasta que se le vino lo de “matar los pollitos”.
De repente, matar los pollitos no le pareció una idea de su hermana, sino sacada de una película inglesa que vio en la cinemateca de Espanola Way en las noches en que iba con… (esta vez también prefirió suprimir el nombre y las comillas que en ocasiones dibujaba en el aire alzando ambos brazos y moviendo los dedos índice y medio y pensar en ella con un apodo que creía le iba bien: Miss Blues); sí, eso es, con Miss Blues iba a ver el cine que no se exhibía en los teatros de la ciudad y sus alrededores, en especial, en verano, cuando la cartelera era una verdadera porquería.
“No hay más que cochinadas americanas”, decía ella.
El hombre que instalaba el cable se levantó del piso y dio una vuelta alrededor de sí mismo como si le faltara algo, buscó en todas las direcciones, metió la mano en el maletín y la sacó sin extraer nada. Algo le faltaba. Abrió la boca como si fuera a decir algo, pero no habló ni le dijo nada al compañero. Caminó hasta la puerta en silencio, la abrió y salió. La puerta quedó entornada, a la espera de su regreso. Unos estudiantes pasaron por la acera de enfrente golpeando sus reglas contra las barras metálicas de una verja. Trac, trac, trac.
El otro hombre, que para entonces había terminado de llenar la planilla, lo miró con detenimiento, con sus ojos malévolos. Él lo que menos quería a esta hora de la mañana, en esta circunstancia, era conversar con alguien y, menos, con un desconocido con cuello de toro. Quizás si hubiera sido el hombre del gas le hubiera pedido muchos más información que las instrucciones básicas para saber cómo funcionaban los fogones, pero en especial, cómo encender el horno ya que nunca se había metido en la cocina ni siquiera cuando Miss Blues preparaba alguno de sus “inventos” culinarios.
“¿Te gusta mi sazón, baby?”.
Ahora le hubiera contestado que podía metérsela por… Pero notó que el hombre no lo había dejado de mirar ni un instante. Tal vez era evidente que no era nada agradable lo que estaba pensando. Se abstuvo de completar la frase y se sintió apenado ante la mirada. Debía tener la cara encendida.
—Lo dejó la mujer —le dijo el hombre.
—Sí.
—Por eso no habla— le dijo.
—Así es.
—Fue el sábado —le dijo, y volteó hacia la puerta—. Tenían 5 años de casados y acababa de comprarle un auto nuevo de paquete. La sacó de Cuba en una lancha rápida. La trajo por Republica Dominicana. Le cobraron $10.000 dólares, quizás porque había no sé qué enredo con unos peloteros que aspiraban a fichar con equipos de las Grandes Ligas. ¿Usted sabe qué es eso?
Entonces se dio cuenta de que no se estaba refiriendo a él ni a su caso. Pero tampoco supo con claridad si la pregunta era en torno a lo que se padecía a causa del abandono o lo que había costado la traída de la mujer o sobre el tráfico de jugadores. Le pasó por la cabeza una frase de su abuela cuando se enteraba de que una pareja estaba enamorada: “Dejan de quererse por adorarse” y luego otra, cuando se enteraba de que iban a separarse: “Ya se desencantaron”.
Si en ese momento el compañero no hubiera regresado, el hombre hubiera seguido con el cuento de los desencantados, pero había vuelto; traía una herramienta en la mano, cruzó delante de ellos sin decir nada y siguió hacia la alcoba en dirección al segundo televisor.
El hombre, sin soltar la planilla, lo siguió con la mirada y calculó si podía seguir hablando. Tal vez le pareció que no se había alejado lo suficiente, que no se demoraría en lo que estaba haciendo o que el chorro de su voz llegaría hasta él y se enteraría que estaba hablando de su vida, porque no dijo más. Se limpió la garganta y pasó a contarle sobre una stripper africana llamada Malethea que, en lo que llamó un “gogó”, machacaba latas de soda que se colocaba entre las nalgas. Dijo, grupas. (Él se pregunté si ese sitio también sería propiedad de un tipo experto en inversiones y diversiones tan popular por estos días, ese que la prensa llama gurú…)
“¿Le provoca agua o café?”, hubiera preguntado ella para cambiar la conversación.
El compañero demoró poco en el cuarto. Salió, metió la herramienta en el maletín, lo cerró de golpe y se quedó parado en medio de la sala. El otro entendió que el trabajo estaba terminado, se colocó la planilla debajo de un brazo, agarró el control remoto, encendió el televisor y se puso a explicar las diferentes funciones del aparato pasando canales y más canales.
En una de las estaciones vieron por algunos minutos que repetían la persecución que por aire y tierra había hecho la policía a un Corvette de color rojo que corría más que el auto 24 de Jeff Gordon en Daytona 500 (también recordaron la imagen de tres años atrás: O. J. Simpson en un Ford Bronco blanco, con una pistola en la cabeza, los autos de la policía y los helicópteros de la televisión). Siguió pasando canales. Ahí estuvieron un adelanto de la Europa de Rick Steves y una entrevista de Charlie Rose y Qué pasa, USA y el australiano Steve Irwin que correteaba caimanes (¿O eran cocodrilos?) y, si hubiera sido más tarde, por seguro James Lipton detrás de una montaña de tarjetas interrogando a un actor. Se detuvo en el canal 3 en donde un locutor mostraba el recorrido de un huracán que se había formado en el Caribe y su posible trayectoria.
“Un mínimo técnico”, recordó que dijo ella la vez pasada cuando les habían explicado lo mismo sobre el uso del control Y al instante se había echado a reír con esa risa apagada que tanto le gustaba a él y quizás a su gemelo malvado. Váyase a saber qué otras cosas tenía ella que al otro le encantaban por igual. ¿Qué pensaría de sus cabellos unas veces rojizos (que se teñía con alheña egipcia) y otras veces negro; de los ojos color calipso, chartreuse o viridiano (dependiendo de los lentes de contacto que se pusiera); de cómo arrastraba las palabras; que llevara prendida una libélula en una foto en que está de espaldas a la cámara, mirando el mar? ¿Todo aquello lo habría enamorado lo mismo que a él?
Vio al hombre del maletín vacilar, como quien no sabe qué responder, antes de ponerse en movimiento hacia la puerta y luego caminar con cierta resignación. El otro extendió la planilla para que firmara la hoja de color amarillo en donde aprobaba la instalación y se demoró un poco en entregar la copia rosada para dar tiempo a que su compañero se alejara. Daba la impresión de que se atragantaba con el chisme; no podía dejar por fuera, a pesar del poco interés que percibía, qué era lo que su compañero no le perdonaba a la ingrata. Pero antes del remate dijo que ahora se había acordado que hacía un año él había sido el mismo que había instalado el servicio de cable aquí, recién mudados y Miss Blues había pedido el servicio (¿Miss Blues?, ¿dijo Miss Blues? De pronto no supo en realidad si el hombre la había llamado así o era que no importaba como la llamaran a él le sonaría así).
“¿La del caballito del diablo en el cabello era su mujer, verdad?, dijo y no esperó respuesta. Y agregó: “Usted es el… músico”. Pero enseguida corrigió al mirar hacia donde estaba la pantalla de la computadora apagada: “¿Usted es el traductor, verdad?, y esta vez también lo dijo sin esperar que le confirmaran nada. Ni que yo le aclarara nada. Y agregó: “Sí, ahora me acuerdo mejor, usted es al que le gusta esa música de negros…No, no me mire así, no crea que soy racista… Quise decir afroamericanos”.
A él le hubiera gustado decirle que por qué no se callaba, darle un empellón y sacarlo de una vez de esta historia. Del cuento de su adolorido compañero, ese que ya se había subido a la camioneta de la compañía y sacaba el codo por la ventanilla del lado opuesto al conductor. Pero nada más se le pasó por la cabeza porque el hombre agarró la puerta de la casa evitando que la fuera a cerrar y se volteó para hablarle directamente a la cara sin que escuchara que le estaba dando las gracias por un buen servicio, dicho sin ningún convencimiento eso sí, otra cosa hubiera sido tratándose del gas, de cómo Sylvia Plath mató sus pollitos…

—La esposa —dijo el charlatán, se sonrió y movió la cabeza como si afirmara algo—, la esposa de ese…  se le fue con una mujer.

Adiós primos de Muhsin Al-Ramli


La novela Adiós, primos del autor irakí Muhsin Al-Ramli, es una obra de remembranzas y de crítica a la dictadura Saddam Hussein a través de las historias de una familia de campesinos pobres. Aborda los entresijos de la familia y del nacionalismo, el amor, el odio, el deseo de venganza, la sobrevivencia, el sueño de vivir en paz y con dignidad; lo trágico y lo cómico de la existencia. Publicada inicialmente en árabe, en El Cairo en 2000 y en Bahréin en 2013; y traducida al inglés (con el título Scattered Crumbs) ganó en 2002 el premio Arabic Translation Award de la Universidad de Arkansas. Forma parte de los programas de enseñanza en varias universidades internacionales como la Cadi Ayyad de Marruecos, Michigan, Harvard, Babel y en la Universidad de Londres.
“Muhsin Al-Ramli, uno de los más importantes novelistas, poeta y dramaturgo de Irak, se da a conocer en el terreno de la novela en nuestro panorama patrio, y lo hace por la puerta grande.” Manuel Francisco Reina, ABC.

Por la resistencia espiritual - Alfredo Vanín


Alfredo Vanín

A continuación el fragmento de la antología realizada por Guerra Tovar alusivo a la poesía de Alfredo Vanín, acompañado de dos poemas del autor oriundo de Guapi, Cauca.

Alfredo vanín, 1950. Poeta, narrador y etnólogo. Ha publicado los libros de poemas Alegando que vivo, 1967; Cimarrón de la lluvia, 1990; Islario, 1998; Desarbolados, 2004; Jornadas del tahúr, 2005; y la antología Obra poética, 2010.


Por Hernando Guerra Tovar

Desde la idea vallejiana del lenguaje, la poética de Alfredo Vanín  se esmera en construir un mundo propio, en el que caben los valores de la raza en tiempo y espacio míticos, sincretismo afortunado que enciende una luz al centro mismo de la lírica, para redimirla del asedio falaz de la memoria. Su condición de poeta y de etnólogo le exige este aserto y le conmina al sueño que se revela en toda la obra.
Su voz confiere un animus unitario en la diversidad que puebla la región del pacífico, rica, desolada  y misteriosa. Es el canto ancestral de un pueblo que se alza en toda la belleza para restaurar su origen en esta modernidad de espejismo y vanagloria. Para gritarle con el silencio del poema al país otro el cimarrón que merece en la ribera, en la crónica de la sangre, en la espesura del follaje, en el erotismo callado del signo como caricia, en la instancia del agua que no cesa.
Así, la estatura de Vanín es un hecho poético como su decir en los “ríos de la fábula”, de los guardafaros,  de “los troncos salpicados” de versos en esa geografía olvidada por el hombre, pero enaltecida en el fuego instigador del poeta.

ZARZAMORA

Quise incitar el largo convite
de tu risa
negar el río sojuzgado
y entrar en las ardientes materias
de la gracia
me apresuré buscando fuego
incienso que atesoran los camaleones
centellas de unicornio no doblegadas a la hora
del león rampante
y traviesos veleros
robados a viejos pescadores del golfo
para acrecentar los festines de la madreperla.
Y he aquí que arpías y boleros
pregonaron la fama:
las mercenarias galerías cobijaban ahora
tus deleites
el viento destilaba un espeso alquitrán
y en tu deriva hembra
se marchitaban los dragones
dignos por lo demás de ciertos ecos.
Entonces sepulté mis navíos
aplacé para otras lunas la navegación del
hechizado
y entoné cánticos de alabanza
a las discordias del fauno que se queda ciego.


LA BÚSQUEDA


Dejarás atrás muy atrás para ser ignorados
el pánico de los renovados desastres
los espejismos que duplican la muerte
hasta que lleguen con sus garras de invierno
los ríos de la fábula
y sientas que cruzan por tu piel los faunos
que se creían derrotados
porque no muere el viejo cimarrón
de la lluvia.

Cartas de los Lectores No. 339 - Agosto 11 de 2014

EL LIBRO DE LA TIERRA. Recibo con mucha felicidad el prefacio de la Antología Mayor del Libro de la Tierra, gracias por el aporte editorial y la preocupación por nuestra condición humana. Antes de adquirirlo y de sumergirme en sus páginas tengo la gran expectativa de encontrarme con el divino "Lucrecio", el de rara naturaleza, semidiós y gran inspirador de la cosmogonía poética del azar. Oscar Talero Acosta, escritor colombiano

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ANTOLOGÍA MAYOR. Felicito a la Fundación Común Presencia por el libro sobre la Tierra, completo itinerario por las más grandes literaturas. Estupendas traducciones y una manada de genios. Muy bien. Debido a mi trabajo como psicóloga me encantó la carta de Freud a Einstein, también el capítulo final donde se compilan los grandes textos apocalípticos son muy buenos. Libro necesario para todos los seres con responsabilidad ecológica. Nora Suárez

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CAMPAÑA BDS. Acabo de leer Confabulación y me encuentro con la grata sorpresa de la nota sobre la campaña de boicot al Estado de Israel. Tenemos una sección de esta campaña que se llama BDS-Colombia. Somos un grupo pequeño pero hemos venido trabajando desde hace dos años. Invito a los lectores de Con-Fabulación a conocer la página de la Campaña y a ayudarnos con la difusión de los eventos que realizamos en favor de Palestina. Quien esté interesado puede buscar en Google: boicotisraelencolombia.
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NELSON ROMERO. Qué poemas tan interesantes de Nelson Romero. Es demasiado lúcido (desamparo luminoso) y ya no lo proteje el silencio de una desnudez. Me recordó un enunciado de Giovanni Quesep: "Sólo tenemos la certeza de los girasoles quemados por la luna..." Que la sombra lo siga protegiendo y escape a la "humillación del elogio." Juan Carlos Arboleda, cantautor colombiano

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EROSIÓN. Rosenelll Baud. ¡Maravilloso trabajo realizado por Sergio Trujillo Béjar!  Equilibrado, mesurado y elegante. Perfectamente compatible con el espíritu refinado y sensible de la Maestra Baud Bersier. Es muy grato ver este reconocimiento al trabajo de una artista a carta cabal como ella. Las imágenes, los recorridos y la música encajan a la perfección con los textos. Creo que así es como se debe manejar la aproximación al pensamiento de un artista. FelicitacionesFernando Maldonado, Pintor.

Boicot contra Israel - BDS


Publicamos un fragmento de la carta del genio de Pink Floyd, el músico Roger Waters, donde habla de los atropellos contra el pueblo indefenso de Palestina y de la necesidad de que todos los seres sensibles del mundo se unan a la campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS).
Esta red mundial propende por la realización en todos los países del orbe de boicots populares al consumo de los productos israelíes.
Músicos como Bono y cineastas como Jean Luc Godard, han adherido a este proyecto en favor del pueblo de Palestina.
Durante las últimas semanas gracias a la gestión de BDS se han efectuado diversas marchas en las ciudades más importantes, se ha bloqueado a la multinacional de jugos Priniv logrando la cancelación de sus exportaciones a Suecia y al resto de Europa; se ha emprendido un boicot a la tienda de juguetes Imaginarium, para que retire de sus tiendas los objetos de procedencia israelí y se han realizado numerosos bloqueos académicos, prohibiendo a profesores israelíes apoyados por su estado participar en eventos en varios países europeos.
Los confabulados que deseen vincularse a las acciones de este movimiento global que lucha por la justicia y la liberación Palestina pueden hacerlo ingresando al siguiente enlace: BDS


Hay que derribar el muro israelí

Por Roger Waters

Traducción de Roberto G. Krimer

En 1980, una canción que escribí, “Another brick in the Wall part 2” (Otro ladrillo en el muro parte 2) fue prohibida por el gobierno Sudafricano, ya que estaba siendo utilizada por la población negra de Sudáfrica para defender sus derecho a una educación igualitaria. El Apartheid impuso un bloqueo cultural sobre algunas canciones, entre ellas la mía.
Veinticinco años más tarde, en el 2005, jóvenes palestinos que participaban en un festival en los Territorios Ocupados por Israel, usaron la canción para protestar contra el muro del Apartheid de Israel. Cantaron "We don´t need no ocupation! (No necesitamos ocupación!) We don´t need no racist wall (No necesitamos ningún muro racista!)" En ese momento, yo no sabía lo que estaban cantando.
Un año después, en 2006, fuí contratado para llevar a cabo un concierto en Tel Aviv.
Una organización palestina, partidaria del movimiento que lleva adelante un boicot académico y cultural contra Israel me pidió que reconsiderara mi decisión. Yo ya había hablado en contra del Muro, pero no estaba seguro de si un boicot cultural es el camino correcto a seguir. Luego esta organización me pidió que visitara los territorios ocupados palestinos, para ver el muro con mis propios ojos en lugar de imaginármelo en mi mente. Estuve de acuerdo.
Bajo la protección de la ONU visité Jerusalén y Belén. Nada podría haberme preparado para lo que vi ese día. El Muro es una construcción horrible de contemplar. Es vigilado por jóvenes soldados israelíes, que me trataban como un observador casual de otro mundo, con agresión desdeñosa. Si es así para mí, un extranjero, un visitante, imaginen lo que debe ser para los palestinos, para las clases bajas. Supe entonces que mi conciencia no me permitiría alejarme de ese muro, del destino de los palestinos que conocí, las personas cuyas vidas son a diario pisoteadas en un montón de formas por la ocupación de Israel. En solidaridad, y un tanto impotente, escribí ese día en el muro: "We don´t need no thought control (No necesitamos que controlen nuestros pensamientos)".
Dándome cuenta en ese momento que mi presencia en un escenario de Tel Aviv podría legitimar la opresión que estaba presenciando, cancelé mi concierto en el estadio de fútbol en Tel Aviv y lo trasladé a Neve Shalom, una comunidad agrícola dedicada al cultivo de los garbanzos y también, a la admirable cooperación entre personas de diferentes religiones, donde musulmanes, cristianos y judíos viven y trabajan juntos y en armonía.
Contra todas las expectativas, el concierto se convirtió en el mayor evento de música en la corta historia de Israel. 60.000 aficionados enfrentaron los atascos de tránsito para asistir. Era extraordinariamente emocionante para mí y mi grupo, y al final del concierto me movilizó a incitar a los jóvenes allí reunidos a que demanden de su gobierno a intentar hacer la paz con sus vecinos y respetar los derechos civiles de los palestinos que viven en Israel.
Lamentablemente en los años transcurridos, el gobierno israelí no ha hecho ningún intento de aplicar una legislación que garantice los derechos civiles a los árabes israelíes en igualdad a los derechos de los Judíos de Israel.
El Muro fue construido de manera ilegal anexionándose más y más terreno de Cisjordania.
Yo aprendí en Belén en el 2006 algo de lo que significa vivir bajo la ocupación, prisionero tras un muro. Esto significa que un agricultor palestino debe mirar olivos centenarios, arrancados de raíz. Esto significa que un estudiante palestino no puede llegar a la escuela debido a que el puesto de control está cerrado. Esto significa que una mujer puede dar a luz en un coche, porque el soldado no la deja pasar para llegar al hospital que está a diez minutos de distancia. Esto significa que un artista palestino no puede viajar al extranjero para exponer su trabajo, o para mostrar una película en un festival de cine internacional.
Para el pueblo de Gaza encerrado en una prisión virtual detrás de la pared del bloqueo ilegal de Israel, esto conlleva otra serie de injusticias. Esto significa que los niños van a dormir con hambre, muchos de ellos sufren de desnutrición crónica. Esto significa que los padres y madres no pueden trabajar en una economía vapuleada, de esta forma no tienen medios para mantener a sus familias. Esto significa que los estudiantes universitarios con becas para estudiar en el extranjero deben ver como la oportunidad de sus vidas se escabulle porque no se les permite viajar.
En mi opinión, el control abominable y draconiano que Israel ejerce sobre los palestinos sitiados en Gaza y los palestinos en la ocupada Cisjordania (incluyendo Jerusalén Este), junto con su negación de los derechos de los refugiados a regresar a sus hogares en Israel, exige que las personas de mentalidad justa en todo el mundo apoyen a los palestinos en su resistencia civil no violenta.
Cuando los gobiernos se niegan a actuar, la gente debe hacerlo por todos los medios pacíficos a su disposición. Para algunos eso significa unirse a la marcha por la libertad de Gaza, para otros significa unirse a la flotilla humanitaria que trató de llevar ayuda humanitaria a Gaza.
Para mí, esto me lleva a declarar mi intención de presentarse en la solidaridad, no sólo con el pueblo de Palestina, sino también con los muchos de miles de israelíes que están en desacuerdo con sus gobiernos, las políticas racistas y coloniales que este lleva a cabo, al unirme a la campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) contra Israel hasta que cumpla los tres derechos humanos básicos exigidos en el derecho internacional.
1. Poner fin a su ocupación y colonización de todas las tierras árabes [ocupados desde 1967] y el desmantelamiento del Muro
2. Reconocimiento los derechos fundamentales de los ciudadanos árabe-palestinos de Israel en plena igualdad con los de los judíos israelíes.
3. Respetar, proteger y promover los derechos de los refugiados palestinos a regresar a sus hogares y propiedades tal como se estipula en la resolución 194 de las Naciones Unidas.
Mi convicción nace de la idea de que todas las personas merecen los derechos humanos básicos. Mi posición no es antisemita. Esto no es un ataque contra el pueblo de Israel. Este es, sin embargo, un motivo para que mis colegas en la industria de la música, y también los artistas de otras disciplinas, se unan a este boicot cultural.
Los artistas estaban en lo correcto al negarse a actuar en la ciudad sudafricana de Sun, hasta que cayó el apartheid y los blancos y los negros pasaron a tener los mismos derechos. Y estamos en lo correcto al negarnos a actuar en Israel hasta que llegue el día - y seguramente vendrá -, en el que el Muro de la ocupación caiga y los palestinos vivan junto a los israelíes en paz, libertad, justicia y con la dignidad que todos merecen.


CANCIÓN POR PALESTINA (VENCEREMOS)

Por Roger Waters


Venceremos, venceremos,
venceremos un día.
En lo profundo de mi corazón, yo tengo fe,
venceremos un día.

Caminaremos de la mano, Caminaremos de la mano
caminaremos de la mano un día.
En lo profundo de mi corazón, yo tengo fe,
venceremos un día.

El mundo entero, el mundo entero,
el mundo entero, un día
En lo profundo de mi corazón, yo tengo fe,
venceremos un día.

No estamos asustados, no estamos asustados,
No estamos asustados, hoy.
En lo profundo de mi corazón, yo tengo fe,
venceremos un día