Comité Editorial

DIRECTOR: Gonzalo Márquez Cristo. EDITORES: Amparo Osorio, Iván Beltrán Castillo. COMITÉ EDITORIALFabio Jurado Valencia, Carlos Fajardo, Maldoror. CONFABULADORES: Óscar Collazos, José Chalarca, Marcos Fabián Herrera, Sergio Trujillo Béjar, Fabio Martínez, Fernando Maldonado, Gabriel Arturo Castro, Guillermo Bustamante Zamudio. EN EL EXTERIOR: Alfredo Fressia (Brasil); Antonio Correa, Iván Oñate (Ecuador); Rodolfo Häsler (España); Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva (México); Luis Alejandro Contreras, Benito Mieses, Adalber Salas (Venezuela); Renato Sandoval (Perú); Efer Arocha, Jorge Torres, Jorge Najar (Francia); Marta L.Canfield, Gabriel Impaglione (Italia); Luis Bravo (Uruguay); Armando Rodríguez Ballesteros, Osvaldo Sauma (Costa Rica).

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E D I T O R I A L

La divergencia, el pensamiento plural, la imaginación crítica, el encuentro lúcido que instaura el entendimiento, y todos los recursos inventados por la cultura para enfrentarse a los múltiples rostros de la pobreza y a los disfraces infinitos de la muerte, hoy se encuentran exiliados, arrojados a las inmediaciones. ¿Cómo participar de un festín donde el nombre de la realidad es sacrilegio, descarnado anatema y malévola irrisión?
Ante el mutismo cómplice y la tácita aceptación de una realidad inaceptable, y en la hora en la que todo debate empieza a extinguirse, apabullado por la tiranía del desprecio, que es casi peor que la de la violencia, resulta urgente fundar zonas propicias para el derroche de la libertad.
Soñamos con la alianza fecunda de la imaginación y la crítica, con la nupcias del periodismo y el pensamiento, de la verdad y la belleza: con una Con-fabulación… Porque solamente el uso ilimitado de la creatividad servirá de brújula para fundar el camino y desplazar la oscuridad reinante.
Desde este sitio convocamos al ingenio creador de los periodistas, escritores, académicos e intelectuales para que mediante el ejercicio de la escritura, despojados de cualquier oscura intención destructora, polemicemos y opinemos, y, con un alto sentido de la ética, hagamos aportes a la construcción del horizonte extraviado.

La Quinoterapia



Como homenaje al genio argentino Joaquín Salvador Lavado (1932), Premio Príncipe de Asturias 2014, publicamos dos de sus piezas maestras pertenecientes al libro Quinoterapia, extraordinaria obra que compila varias de sus caricaturas dedicadas a los médicos y al universo temible de las enfermedades, publicado por Ediciones de la Flor (Buenos Aires), eficaz remedio gráfico para casi todos los males. 



Estanislao Zuleta: sus conferencias

A 25 años de su muerte

Estanislao Zuleta

Por Fabio Jurado Valencia

En la década de 1970 Cali es el epicentro de los movimientos culturales. Pero no hay movimiento cultural sin movimiento político. Todo movimiento político deviene de corrientes de pensamiento filosófico. Entonces cultura, política y pensamiento filosófico constituyen un solo cuerpo, son interdependientes; podría plantearse también que el movimiento político y el pensamiento filosófico se encarnan en la cultura o la hacen posible. En la cultura ubicamos las fuerzas del arte pictórico, de la música, la literatura, el teatro y la tradición popular. En la política, para nuestro caso, la militancia de izquierda y sus grandes debates. En el pensamiento filosófico tiene un lugar preponderante la epistemología y el psicoanálisis.
En estos oleajes se movió el discurso oral de Estanislao Zuleta. Es el conferencista emblemático, el catedrático sin títulos que llena auditorios, el conversador que convoca al corrillo, el intelectual que es sujeto de consulta para mediar en los desacuerdos. Ciertas fuerzas apuntaladas en los efectos del festival de las artes de Cali propiciaron la interlocución con otros que habían regresado de las universidades francesas. La Universidad del Valle, en la sede de San Fernando, y la Universidad Santiago de Cali, cuando no era estrictamente privada, son los escenarios para escuchar y discutir con Zuleta. Cali fue el nicho donde Zuleta, oriundo de Medellín, encajó con sus posiciones filosóficas innovadoras, pues no cabía en otro lugar, en un momento en el que todos preguntábamos, porque todos escuchábamos, y escuchábamos porque leíamos y leíamos no para cumplirle a la academia sino para discutir en las células de la militancia y para alimentar los alegatos en los cafés y las cantinas. Había horizontes intelectuales sin importar si eso serviría para algo práctico. Y siempre la figura de Zuleta estaba allí como una recurrencia argumentativa para interpretar una película, una novela, un poema, una pieza de teatro, un tango o un bolero.
Con las disertaciones orales de Zuleta constatamos cómo la escritura está en el lector aunque no escriba. El buen lector escribe sus representaciones mentales cuando habla; es el caso de Zuleta. Su obra proviene de la labor de los amanuenses; ya sea con las grabaciones de las conferencias o las grabaciones de las conversaciones o de sus disertaciones pedagógicas, quienes toman esos registros para la transcripción solo hacen eso: transcriben y hacen explícitos los signos de puntuación y los conectores en la segmentación que presupone la escritura cuando se hace pública; un halo de universalidad respiraba a través de su voz, era pues una voz escrita en la voz oral.
Por lo que sabemos, Zuleta no tenía la paciencia para corregir las transcripciones quizás porque su fogosidad intelectual trastornaría lo ya dicho; son compulsiones de un hombre acosado por las ideas y que hace del lenguaje oral una fiesta, como lo dice respecto a la lectura de la Historia del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, en esa conferencia magistral, la más iluminadora para los maestros: “Sobre la lectura”. Toma las palabras de Marx y nos hace sentir la necesidad de leer El Capital y la Crítica del programa de Gotha; evoca las ideas de Nietszche, las del Zaratustra, y nos hace ver que algo nos falta para asumir la investidura del lector crítico; vuelve sobre Freud y nos ayuda a comprender la complejidad de la condición humana, a la vez que nos orienta sobre cómo el psicoanálisis no solo contribuye en los análisis del arte sino que nos ayuda a vivir y a comprender al Otro, cuando lo estudiamos.
“Sobre la lectura” es una conferencia de 1974, dictada en Medellín, que repite en 1978 en Bogotá. Cita allí a Mijail Bajtin, particularmente su estudio sobre Dostoievsky, cuando apenas este teórico/filósofo ruso comenzaba a ser traducido a las lenguas romances. Se presume que Zuleta leyó las primeras traducciones francesas y en consecuencia pudo acceder a los planteamientos de Bajtin en ese ir y venir de los libros que caracterizó a la década de 1970 en Cali, enlazada con Argentina, México y España; será el primer colombiano en introducir las ideas de Bajtin para cohesionar su propio pensamiento, provocar desde los principios de la heterodoxia en la comunicación, la democracia, el carnaval y resaltar el carácter polifónico de las obras literarias en las que el autor permite la autonomía ideológica de sus criaturas de ficción, como observará Zuleta en la obra de Thomas Mann.
En el campo de la crítica literaria, entendida como una vía para la formación de lectores –fue la pretensión de Zuleta, más que aportar a la historia de las literaturas- el estudio sobre la vida y la obra de Thomas Mann (25 conferencias) ilustra el trabajo hermenéutico sobre textos altamente simbólicos, como La montaña mágica, y tácitamente diserta para aquellos destinatarios de distintas profesiones que buscan en la literatura respuestas a sus dilemas. El caso, por ejemplo, de los médicos y de las enfermeras, es una presencia en sus reflexiones: lo que ocurre en el sanatorio en La montaña mágica, con las patologías de unos y otros; la enfermedad es descanso, refugio y fuga, dirá respecto al protagonista de la novela de Mann. Zuleta dedica gran parte de estas conferencias a mostrar una especie de psicopatología en las enfermeras y los médicos y en las relaciones con sus pacientes, separados por las percepciones sobre la vida, la enfermedad y la muerte. Pero también hay un lugar para los ingenieros –el protagonista es un joven ingeniero naval-, los músicos –en lo profundo de la novela se perciben los tonos de Wagner- y los abogados –siempre asociados con la propiedad-. De allí el interés de los profesionales de distintos ámbitos en las conferencias de Estanislao Zuleta, en las décadas de 1970 y 1980.
Unos meses antes de su muerte en Cali, acaecida el 17 de febrero de 1990, con Gabriel Alzate visitamos a Zuleta; conversamos sobre la situación política del país; era notable la melancolía y la nostalgia; Cali ya no era la ciudad de los 70; los interlocutores fuertes se habían dispersado: unos hacia el extranjero, otros hacia los partidos tradicionales, otros hacia el narcotráfico, otros hacia los movimientos guerrilleros y otros enloquecieron o se aislaron. Hoy podemos decir que Zuleta murió de una aguda melancolía por la situación de la ciudad y el país.


*Ensayista y catedrático colombiano

Un recuerdo santero de Celina González

En honor a Celina González, la famosa cantante cubana, recientemente fallecida a sus 86 años, publicamos el siguiente texto del poeta y ensayista colombiano Jorge Eliécer Ordóñez.



Por Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

Para Guillermo Bustamante y Alejandro Ulloa, en santería

Por los días de la gran timidez, quiero decir esos años eternos del acné, gallos en la voz que se acomoda a su nuevo estatuto de hombre y veleidades hormonales que más de una pena nos infligió en sociedad, apareció, como de la nada, Ángela Palomares, una trigueña del Cauca, con lunar en el rostro y piernas monumentales. Verla era sufrir un poco, había que hacerle esguinces de calle, inventar escaleras para mirarla en las noches, iluminada por un tenue farol. Los días, como si nada, igual, los meses. Parecía que las palabras se habían fugado como pájaros ariscos. Verla era palidecer, tragar saliva y no saber qué decirle a sus ojos profundos, a su cabello, muy negro y ondulado, en los crepúsculos de una ciudad de catedrales blancas y poetas atrapados en cada alcázar. Ángela Palomares flotaba en una atmósfera de misterio inalcanzable.
Cuando finalizaba el año 67, las doce campanadas tocaron el advenimiento del nuevo; sonaron tres golpes fuertes en mi casa, diagonal a la suya. Dios me ampare: era Ella, poderosa como un oleaje en el rostro. Dijo con una voz robada del Paraíso: vengo a desearte el feliz año y a que bailemos esta canción. Traía un acetato de 78 revoluciones. Trémulo, alelado, disparado hacia la vieja radiola coloqué el incunable. Tres vinos previos me envalentonaron un poco, así que tomé a mi princesa por el talle y bailamos Santa Bárbara Bendita. Creo que Changó vino en mi ayuda, y con él toda su santería, porque cumplí, de manera más que honrosa, ese lance furtivo que me obsequió la vieja noche del milagro. Finalizada la efímera e infinita rumba me estampó un beso, entre labio y mejilla y dijo lo que suele decirse para la ocasión. Fugaz, como un ave exiliada, atravesó el corredor hacia su casa, llena de misterios. Sobra decir que en los próximos 365 días se repetiría mi soledad, mi absoluta cobardía para conquistarla, pues tenía un absurdo contrargumento: no sabía qué decirle, así que prefería verla, de manera subrepticia. Ella, entretanto, repitió su hazaña los tres nuevos años siguientes, fecha que se volvió emblemática para mí, resignado a escribirle mis primeros cuadernos de versos, en una suerte de sublimación secreta de ese amor primerizo, salvaje, cobarde y fugitivo. Ángela Palomares me hizo amar a Celina (y por contera, a Reutilio), a quienes cada vez que escucho, les agradezco la humedad que ponen en mis ojos y el temblor que arrecia en algún rincón de lo inefable.
Celina se apaga, dice la escueta nota de algún periódico de provincia; a su lado, una fotografía de la cantante, ya octogenaria, con el gesto y los ojos perdidos en el sinfín de una pared. La observo como quien estruja un fósil y una energía singular me recorre la médula. Yo bailé su música, a principios de los 60, niño aún, antes de Ángela Palomares, asomado a esas santerías que no entendía pero que viajaban desde el zaguán hasta el patio, desde la cocina a los corredores con novios y veraneras. El culpable fue Pedro González, un negro del Cauca, a la sazón, compañero sentimental de una prima de mi padre. El hombre llegaba con sus acetatos (long plays, decíamos)  de música cubana y puertorriqueña, a los bautismos y matrimonios, grados y cumpleaños, de los barrios populares de la ciudad; otras veces, eran las parrandas familiares, el título del equipo amado, o las pascuas de semana santa o navidad. Cualquier cosa era un motivo para “castigar baldosa”, así que por esa pasión melómana llegaron a mi oído las congas de Matamoros, las bombas y las plenas de Cortijo, las guarachas y boleros de la Sonora Matancera, los sones y danzones de Aragón, el trío La Rosa y los Guaracheros de Oriente. En los intervalos un “celinazo” venía bien, era una fusión entre mística y pagana, porque Santa Bárbara y Changó se fundían en los acordes del tres cubano, con fondo de percusión. Qué voz más cristalina, qué cadencia sensual, qué ritmo entre tambores.
Con Celina González dimos los primeros pasos en las baldosas combinadas, ensayamos las incipientes declaraciones de amor, cuando   le susurrábamos a la pareja: oye pedacito de mi vida  yo te lo suplico mi amor, no hagas desdichado a mi corazón.
Después de las rumbas familiares, que duraban una eternidad, por allá en los días azules de diciembre, con olor a juguete y ropa nueva, esas músicas, cocidas en el barrio, igual que el sancocho de río, nos empezaron a perseguir en otros sitios: desde el teatro popular, antes de la película, hasta los kioscos, donde se tiraba paso de sol a sol, pretexto para que la Flaca y el Carnicero, se lucieran como antílopes en floración. Luego, en el bus urbano, con estribillo de locutor estentóreo, hasta las discotecas y luego, viejotecas, a donde llegábamos, los menos catanos, a ver danzar a los virtuosos, con guayabera y zapato combinado.
 Si Celia Cruz fue la reina-rumba de las noches, Celina sintetizó nuestra piel campesina, o guajira, como dicen los antillanos, porque nos removió el santoral católico en sincretismo con las deidades africanas. Sus tonadas son sencillas, jamás simples, llenas de color y de paisaje; expresan el amor y el trabajo, a veces la seducción, como en esa pieza memorable, creo, la primera en la que una mujer busca seducir a un hombre: Cita en el Platanal; a veces, una contra para la brujería: me tenían amarrá con p, me tenían pero me solté, cuando no, una plegaria a la Virgen del Carmen o a la Caridad del Cobre.   
Canta -así en presente- la señora Celina, con su esposo Reutilio, a puro son de vida, a ritmo de cosas cotidianas, con sus vestidos floreados y ese chorro de voz que sigue cayendo en nuestro patio para hacer florecer nuestros imaginarios. Qué bueno, qué bueno, canta Celina, dice una de sus tonadas, qué bueno, que siga cantando en medio del desierto, digo yo, atado a estos amables recuerdos.
Celina González siguió la rumba y el rumbo de una tradición centenaria: “La Habana fue como lo ha sido siempre todo puerto marítimo muy frecuentado, famoso por sus diversiones y libertinajes, a los que se daban en sus luengas estadas la gente marinera y advenediza de las flotas junto con los esclavos bullangueros y las mujeres de rumbo, en los bodegones de las negras mondongueras, en los garitos o tablajes puestos por generales y almirantes para la tahurería….cantos, bailoteos y músicas fueron y vinieron de Andalucía, de América y de África, y la Habana fue el centro donde se fundían todas con mayor calor y más polícromas irisaciones”  (Citado por Alejo Carpentier: La Música en Cuba, p. 59, quinta reimpresión, 2004, F.C.E.).

Sincretismo, encuentro de culturas, diálogo sostenido, allende los mares, para que nuestros rituales de iniciación tuviesen esa impronta que huele a caña, a solar, a tambor pregonero, a voz insular, resonando en la memoria.

Cartas de los Lectores No. 363 - Feb. 23 de 2015

LOS AMARAL. Maravillosa exposición la de Olga y Jim Amaral que se exhibe en la Galería La Cometa de Bogotá. Recordé mucho los artículos de Con-Fabulación mientras veía esa muestra, pues allí el arte logra una manifestación sublime. Las Siete Sombras de Amaral en verdad son estremecedoras. Los tapices de la maestra Olga insuperables. Muy buena curaduría. Gracias confabulados. Elena Silva Manrique, estudiante de Artes, Universidad Nacional
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JORGE CADAVID. Pequeña historia de la fotografía, el último libro del profesor Cadavid, a juzgar por los poemas publicados por Con-Fabulación, será un texto vital para quienes amamos ese arte que al parecer se encuentra agonizando. Amalia Zárate.
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COLOR SOMBRA Y TIEMPOS DEL NUNCA. Muy buena la exposición de los artistas Amaral en La Cometa. Los felicito por su gran arte. Fredy Alvarez
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JORGE BUSTAMANTE GARCÍA. Necesarios confabulados, muy bueno el texto “Sexo y Literatura” de nuestro compatriota Bustamante García quien vive en México hace varios años y a quien sigo en sus publicaciones en este querido país. Pedro Ríos, México D.F.
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PEQUEÑA HISTORIA DE LA FOTOGRAFÍA. Excelentes los poemas de Cadavid, precisos e inteligentes. ¿Cómo puedo conseguir la obra y a qué editorial pertenece? Luis Alberto Urrutia.

            Respuesta: El libro fue publicado por Común Presencia Editores, puede comunicarse al Tel: 249 5782, de Bogotá

“Color Sombra” y “Tiempos del Nunca”

A partir del 19 de febrero la Galería La Cometa (Cra. 10 # 94 A - 25) de Bogotá, exhibirá una muestra retrospectiva de la prestigiosa artista Olga de Amaral cuya obra ha sido codiciada durante las últimas tres décadas por los museos más importantes del mundo y en forma complementaria lo último de la creación escultórica de Jim Amaral, la cósmica serie “Tiempos del Nunca acompañada de sus “Siete sombras”, magistral y estremecedora pieza múltiple, que habita literalmente el Là-bas, el allá lejos, tanto por su temática poseída de significados metafísicos y arcanos como por su poética factura escultórica. Sin duda será el acontecimiento artístico más importante en Colombia.



Olga de Amaral 
Imágenes en movimiento

Por Amparo Osorio

Sumergirse en la obra de Olga de Amaral es asir un universo en el que cada una de las formas que se despliegan en sus obras de arte nos ofrece diversos mundos en movimiento, secretamente determinados por el misterioso halo de la poesía.
Sus creaciones, que la destacan y comprometen como la más reconocida artista colombiana de todos los tiempos, son el incesante encuentro de los símbolos primigenios del hombre que hilo a hilo van significando el trasegar de sus pasos sobre la Tierra, para constituirse en un cósmico poema que nos habla desde una antiquísima memoria, recordándonos que la vida es también un largo tejido en cuyo enigmático devenir nos enfrentamos siempre al antes y al ahora de nuestras más secretas obsesiones.
Tal vez por ello para esta artista, cuyo trabajo es admirado en los más importantes museos y galerías del mundo, la morfología de sus obras constituye un regalarnos lo que quizá muchas veces hemos olvidado: la plenitud de lo que somos, la percepción de lo que fuimos, la representación de la búsqueda de todas nuestras pluralidades.
Animada por esos signos en rotación que constituyen toda pieza creativa, Olga de Amaral emprendió hace ya varias décadas su trascendental obra, hija de un tiempo y una historia que se tejen desde sus manos, como una paradigmática y permanente exaltación de la luz, porque es precisamente esta –en sus propias palabras– la que constituye el epicentro de todas sus obras.
Vemos entonces cómo, entre las múltiples vislumbres sugeridas, la explosión de pequeños haces sobresalen en cada una de sus creaciones, y van danzando como  cascadas de energía solar que nos atrapan y en cierta forma nos ubican en una contemplación incomparable de magia y serenidad, como respuesta quizá redentora a estos tiempos sombríos en los que el arte también ha sufrido sus devastadoras degradaciones.
No es fortuito entonces hablar de la infinita significación del color que emana de sus tapices, que adoptando diversas modulaciones ofrecen desde la fuerza de la luz, la insospechada vislumbre de sus fantásticas y muchas veces monumentales propuestas, en las que el noble oro y la exquisita plata ejercen protagónicamente un sacro magnetismo en la arquitectura de su obra.
La compleja teoría del arte nos ofrece en ocasiones algunas claves para llegar a comprenderla. Tal vez por ello, y desde una prefijada conciencia, la artista parece que quisiera decirnos por medio de tales signos de ascensión y profundidad,  que estos no solo son una cósmica indagación hacia el futuro, sino que viajan en sentido complementario, rindiendo un homenaje profundo a nuestras ancestrales raíces amerindias y a esas viejas culturas universales cuya reflexión filosófica se manifestaba a través de diversas proposiciones simbólicas, bajo la enorme amplitud del concepto de la imagen.
Mucho de poesía –yo diría que casi todo–emerge entonces de estas imágenes en movimiento, cuya titulación (Brumas, Nudos, Memorias, Afelio, Perihelio, Alquimia, Umbral, Notas, Tabla, Lienzo, Umbra, Guijarros…) es otro referente para que logremos la aprehensión de ese recóndito sentido, de ese querer decir en el lenguaje de los símbolos todo aquello que sobrepasan las palabras.
Plenos de asombro y regocijo, asistimos entonces a esta puesta en escena de sus últimos trabajos, a la contemplación de estas formas que se despliegan sobre sus lienzos, al diálogo con estos avatares de ensoñación que hilo tras hilo van cobrando forma propia hasta convertirse en una estética de espíritus independientes.
Sobra enumerar las múltiples exposiciones que integran el palmarés de la artista, inventariar los premios internacionales acumulados a lo largo de su carrera, citar las diversas bienales donde su obra ha sido profusamente destacada o los reconocimientos cosechados durante estos años de trabajo, el más reciente recibido en la Gala Multicultural del Metropolitan Museum of Art, de Nueva York –donde fue homenajeada junto a otros célebres artistas como Robert de Niro y Cai Guo-Qiang. 
Aquí la puerta se abre entonces para que asistamos de nuevo a la asombrosa contemplación que nos procuran sus tapices, a la fusión de sus aguafuertes en papel japonés y lino, a sus instalaciones, a sus figuras tridimensionales, sus dibujos y sus geometrías pigmentadas, para que nos detengamos desde las sendas de la  ensoñación, en los insospechados caminos que nos procuran sus Brumas poéticas. Y finalmente, para que bajo la égida metafórica de la casa, su casa interior, recorramos las más sensitivas fibras del corazón de esta imprescindible artista, donde la imaginación ejerce uno de sus más altos e incomparables vuelos.





Jim Amaral 

Jim Amaral, “El Visionario” (fragmentos)

Por Gonzalo Márquez Cristo

Quien se aproxima a su universo artístico advierte en primera instancia a una horda de viajeros cósmicos que ha decidido eternizarse en sus bronces, pero apartándose del imaginario alienígena, confronta a una legión de torturados y perseguidos, y a las víctimas de la incomunicación y del silencio.
***
Sus creaciones podrían emanar del porvenir sideral pero más exactamente son la prueba de un tiempo fuente —perdido en la bruma de nuestro pasado—, perseguido a merced de los artilugios de la ensoñación: ejercicio que nos lega el prodigioso regreso a la infancia de la imagen, y claro, a la alborada de los ritos.
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El artista propende sin esperanza por el retorno del diálogo cósmico, sus imágenes están provistas de un mutismo insondable y aunque a veces ostentan enigmáticos mensajes tatuados en su piel en una lengua aún no inventada, siempre —en forma estremecedora—, tienen la certidumbre de que la urgente respuesta nunca se producirá.
***
La ilusión del movimiento alienta sus imperturbables creaciones de bronce: al abrir las puertas de sus pechos una caligrafía secreta nos sugiere una comunicación astral, al girar las ruedas que asisten sus piernas aprendemos que el desplazamiento es un espejismo, al presenciar la piel de un torso se evidencia una germinación vegetal, y casi siempre es fácil advertir el cruento itinerario que conduce a estas invenciones metálicas a la forma de una obsesión.
***
No es lo arcaico lo que el escultor intenta plasmar como lo ha dicho reiteradamente la crítica, sino el sobresalto inaugural. No es lo antiguo sino la primera eclosión manifiesta… Pues de existir una profecía del origen —un augurio del primer latido, un vaticinio hacia atrás—, tendríamos que acudir a estas visiones escultóricas si pretendiésemos elucidarla.
***
Con frecuencia sorprendemos a sus seres antropomorfos en una mutación a pájaros o a creaturas bebedoras de luz, y en singulares ocasiones vemos numerosas ramas aflorando de sus cuerpos, pues la obra de Amaral es la apología de una metamorfosis inconclusa, es la proyección del ser hacia su límite, a veces provocada por impulsos aciagos y otras por la perseverancia interior, por el colosal intento de alcanzar una trascendencia galáctica.
***

La creación, propuesta en esta obra como un retorno a la intemperie existencial, lega a su demiurgo la facultad de viajar al origen del horror, como lo corrobora en Siete sombras, su más reciente congregación de bellas creaturas oriundas del país del estremecimiento. 

Pequeña historia de la fotografía


Jorge Cadavid

La muerte de la fotografía, la aparición de nuevos procedimientos de creación de imágenes me han llevado a pensar, como ya lo había hecho Walter Benjamin, en una mínima historia, una elegía, para este particular arte atormentado antes por el fantasma de la pintura y, hoy día, por cambios epistemológicos radicales como el surgimiento de las imágenes digitales. Desmaterialización del arte, fractura entre imagen  y soporte, contenido sin materia. Un epitafio para la fotografía debe conllevar la inscripción de otro modo de ver.
La historia de la fotografía –esa hija bastarda abandonada por la ciencia a las puertas del arte– ya está repleta de imágenes célebres que, de alguna manera, han sido manipuladas, transgredidas. De hecho, se podría argumentar que la fotografía no es otra cosa que esa historia, un referente del mundo material que alguna vez existió para imprimirse sobre una hoja de papel sensible a la luz. Pequeña historia de la fotografía describe una dilatada aventura de cómo mirar, una travesía del ojo, otra manera de memorizar el mundo. Lo que el hombre ve es tan importante como lo que el hombre hace.
El gesto gratuito del fotógrafo, por el solo hecho de mirar, de fijar un encuadre, se convierte en obra de arte. El fotógrafo no inventa nada, simplemente elige, reposiciona lo que la naturaleza le ofrece. La cámara vislumbra, el ojo fragmenta. Imágenes de fragmentos, sintaxis de la fotografía. Revelamos el instante, ensanchamos en verdades visuales los límites de lo real. La fotografía, como la poesía, es la intuición del instante, un combate con el tiempo. J.C.


Tres poemas de Jorge Cadavid

REVELADO  I
Los acontecimientos singulares
no son raros
ocurren en todas partes
a cada momento
en todas las escalas
Basta un descuido
para que todo se revele   
basta limpiar los ojos
para que aquello que no sabes aparezca


APARICIÓN
Es preciso instalarse al exterior
de uno mismo
al borde de lo real
en la órbita de lo invisible
Quieto
frente a la cámara
ungido
por la huella luminosa


DE LO VISIBLE

[Eadweard James Muybridge, 1878]

El caballo galopa
con las cuatro patas
sin tocar el suelo
Ha suspendido
toda indicación que vincula
la imagen con la tierra firme
Ningún rastro del suelo
de montaña o de árbol
sólo horizonte y aire
para que el caballo decida
cortadas sus amarras
flotar en pleno cielo



Jorge Cadavid (Pamplona, 1962). Estudió Lingüística y Literatura en la Universidad de su ciudad natal, se especializó en literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá, donde ha sido profesor durante varios años y se doctoró en Filosofía en la Universidad de Sevilla, España. Es autor de los siguientes volúmenes de poesía: La nada (Universidad de Antioquia, 2000); Un leve mandamiento (Trilce, 2002); Diario del entomólogo (Eafit, 2003); El vuelo inmóvil (Premio Nacional de Poesía Cote Lamus, Universidad Nacional, 2003); El derviche y otros poemas (Común Presencia, 2006); Herbarium (Letralia, 2011), Tratado de cielo para jóvenes poetas (Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia, 2008), Los ojos deseados (Común Presencia, 2011) y El bosque desnudo, Diario oculto (Común Presencia, 2013). Publicó una antología de su poesía titulada Música callada (Universidad Externado, 2009); la antología del poema breve: Ultrantología (Universidad de Antioquia, 2003); República del viento, antología de poetas colombianos nacidos en los años 60 (Universidad de Antioquia, 2012) y Escribir el silencio -Ensayos sobre poesía y mística (Eafit, 2013).

Sexo y Literatura III


Por Jorge Bustamante García

Cuando Natasha se ponía a ensayar en el violonchelo no había poder humano que la distrajera, se olvidaba de todo y yo no existía. Lo sabía y prefería salirme a caminar, a fumar, a mirar a las muchachas que pasaban por la calle. Incluso alguna vez conversé con alguna, flirteé, conseguí su teléfono y con el tiempo salí con ella. Se llamaba Zhana, una joven plana de grandes nalgas y cabello rubio ensortijado que vivía en el edificio de enfrente. Siempre que Natasha ensayaba, salía en silencio y me iba a buscar a Zhana que parecía ser todo lo contrario de Natasha o, al menos, esa era mi percepción. Menos recatada, más habladora. Nuestros encuentros eran extraños en el sentido que ninguno de los dos buscábamos sexo con el otro, nos bastaba con vernos y conversar. Me encantaban las historias un poco locas que me contaba de encuentros sexuales casuales que tenía directamente en su apartamento de dos cuartos grandes, sin que su padre se enterara. No me podía imaginar cómo el padre no se enteraba, si vivían juntos en un espacio tan corto. Se lo expresé y me dijo al instante “si quieres te invito para que veas por ti mismo que es posible” y nos pusimos de acuerdo a una hora la noche siguiente si era que Natasha se ponía a ensayar. Llegué puntual, subí caminando cuatro pisos y toqué tres leves golpes en la puerta del 403, como habíamos planeado. A los pocos segundos la joven abrió sigilosamente haciéndome una seña con el índice de la mano derecha sobre la boca para que no chistara. Entré al pequeño vestíbulo, vi dos inmensas puertas acolchadas que sellaban dos cuartos, vi un corto corredor que desembocaba en la cocina, vi a un costado un cuartito con inodoro y otro con tina, regadera y lavabo, vi todavía a Zhana con el índice sobre la boca, burlona y pícara, y con el otro brazo indicando una de las puertas tapizadas como diciendo chitón, ese es el cuarto de mi papá y me condujo al otro cuarto, al suyo, y de inmediato cerró la puerta. Esas puertas acolchadas de algunos departamentos moscovitas eran formidables. Entrabas, cerrabas y ya no oías ni un ruido de fuera, era perfecto para estar aislado. Zhana prendió el magnetofón, de la cinta empezaron a salir los acordes de una canción bobalicona, un tanto ñoña, muy popular por esos días “mi dirección no es una casa, ni una calle/ mi dirección es la Unión Soviética…lalala…lalala”. El cuarto era amplio, tenía un ropero, una mesita, dos sillas, un librero con volúmenes de pasta dura, un sofá cama donde seguro Zhana se revolcaba con sus amigos casuales mientras su padre dormitaba o miraba televisión o leía o trabajaba en el otro cuarto tras la poderosa puerta afelpada que dividía con eficacia sus mundos. “Aquí he traído a cuanto muchacho he querido. La condición que les pongo es que sea sólo una vez, un rato, y que después olvidemos el asunto. A algunos les parece raro, se resisten, quieren seguir, volver otro día. Me niego rotundamente. Me gusta así, que sea pasajero, no enamorarme. Tengo veinte años, quiero vivir, por ahora no necesito más”. La miraba un tanto sorprendido, la muchacha no era fea, ni bonita, eso sí era plana y de culo grande, apenas atractiva, hay mujeres que son así, que andan por ahí con una belleza rara escondida que sólo algunos perciben. Zhana era de esa estirpe.
–¿Y qué muchachos son los que traes? –pregunté un poco distraído
–Un poco de todo, rusos, de Ucrania, una vez un estudiante negro de Uganda, otro de México…
–¿Y no te da miedo que te prendan algo, una venérea?
–Solo he tenido tricomoniasis, nada más.
–¿Y tu padre nunca se ha dado cuenta de que traes muchachos?
–Supongo que no, anda muy metido en sus asuntos de trabajo. Es dibujante de proyectos de ingeniería. Se trae trabajo a casa, se encierra en su cuarto, escucha música, Rajmáninov, Shostakovich, sale al baño, a la cocina, se prepara un emparedado. Vive para trabajar, pero tiene una virtud, lee todo lo que se le atraviesa y escucha música. Sentado en un sillón, mira por la ventana durante horas y escucha música. Y lee…
El padre de Zhana había sido un joven recluta en los últimos meses de la guerra en 1945 y cuando el ejército rojo avanzaba incontenible en el frente hacia Berlín, le ordenaron quedarse en la retaguardia junto con su destacamento en Hungría. Allí en la retaguardia, en un pueblo a la orilla del Danubio en la periferia de Budapets, el joven recluta se dedicó por momentos a conocer gente del lugar. Una tarde conoció a una joven checa que sabía ruso y que vivía en la casa de un escritor húngaro. -¿Un escritor?- dijo intrigado el joven recluta, quien desde su adolescencia gustaba de leer los relatos de Gógol y Chéjov. Le pidió a la joven que lo llevara a conocerlo. “Un escritor de carne y hueso, qué bueno” pensaba el joven recluta caminando al lado de la muchacha. Al llegar salió al pequeño porche de la casa un hombre de unos 45 años y saludó en húngaro a la chica. Miró al soldado de cachetes rojizos y pómulos eslavos con atención y éste no le quitaba los ojos de encima, lo miraba intrigado.
“¿Es usted escritor?” le lanzó a quemarropa el joven recluta a través de la chica traductora y el hombre apenas acertó a decir “bueno, sí, he escrito y publicado algunas cosas” y los invitó a pasar. Bebieron té mientras el soldado un tanto deslumbrado paseaba sus ojos por los estantes de libros de la pequeña biblioteca. No entendía nada, eran libros en húngaro y francés, pero los escudriñaba con interés. “¿Hay alguno suyo?”. El hombre buscó en uno de los estantes y sacó un libro traducido y publicado en francés, Les Révoltés y le señaló su nombre en la parte de arriba. El soldado no alcanzaba a comprender y le preguntó a través de la joven checa qué clase de libros escribía y si se trataba de un escritor conocido. El hombre no respondió, alzó el brazo para alcanzar el libro que estaba enseguida del suyo, un libro también en francés de Ilia Ehrenburg. “¡Ehrenburg!” exclamó el soldado como si hubiera encontrado al fin algo suyo, “he leído sus reportajes del frente de guerra” y miró con mayor asombro al hombre, pensando tal vez que él escribía cosas como las de su compatriota. “De seguro usted escribirá sobre nosotros” le dijo finalmente. “No, yo escribo novelas y otras cosas” repuso el hombre en tono socarrón. El soldado sólo atinó a decir jarashó y el hombre le preguntó que por qué era jarashó, por qué estaba “bien” que alguien fuera escritor de novelas y otras cosas, por qué creía él que estaba “bien”… El soldado pensó un momento y contestó calculando meticulosamente sus palabras, enunciándolas despacio, con un hincapié muy peculiar:
“Está bien porque si eres escritor, puedes decir lo que nosotros pensamos”. Y entonces el joven soldado, sin mirarlo, salió despacio acompañado de la joven checa que sabía ruso, salió sin volver la cabeza y el escritor húngaro se quedó ahí parado, mirando cómo se alejaban, pensando tal vez que la carrera de un escritor no suele merecer muchos reconocimientos, pero él conservó esa frase como una condecoración muy especial. Siete años después esa joven traductora checa y ese soldado extraño daban a luz a Zhana en Moscú. Al cabo de unos años se separaron, la traductora se fue a vivir con su familia a Praga y Zhana pasaba sus años de juventud entre esa ciudad y Moscú. Esta historia que me contaba mi nueva amiga siempre me conmovía, me hacía pensar en ese escritor húngaro ¿cómo se llamaría, qué libros habría escrito, qué habría sido de él a la vuelta de los años?.


JORGE BUSTAMANTE GARCÍA: Ha publicado Invención del viaje (poesía, 1986), El desorden del viento (poesía, 1989); El caos de las cosas perfectas (poesía, 1996); Henry Miller: entre la desesperanza y el goce (ensayo,  1991), Literatura rusa de fin de milenio (ensayo, 1996), Diez modos de contemplar un río (cuento, 2004), El perro vagabundo. Memorias de escritores rusos (2009), El milagro de las cosas nombradas (ensayo, 2010), El viaje y los sueños. Un ensayo vagabundo (ensayo, 2013). Sus traducciones de poetas y escritores rusos han sido publicadas en México, Colombia, Costa Rica y España. 

Cartas de los Lectores No. 362 - Feb. 17 de 2015

GAMONEDA. Hermoso, diáfano, profundo el poema del maestro Gamoneda. Bien confabulados! Armando Ospina
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EL EPISODIO DE ESTAMBUL. Plausibles, para la anarquía de mis lecturas, resultaron los contenidos de la última entrega de Con-fabulación. Hermoso el poema de Antonio Gamoneda. Exultante, vital en su erotismo literario, el relato de Armando Rojas Guardia, me llevó a evocar una excursión irrepetible a San Agustín, en donde el silencio nocturno del bosque y la compañía de cierta música, propiciaron un sacrílego encuentro amoroso -el Parque era para mí espacio místico y sagrado- cuyo trasunto feliz aún permanece en la memoria. Yesid Morales
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ROJAS GUARDIA. Sorpresa para los lectores de Armando Rojas Guardia, creador del Grupo Tráfico, su cuento Prosperina. Este poeta, la más alta cifra de la poesía en mi país, tiene una escritura inconfundible. Franco Contreras, Caracas

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CLARICE LISPECTOR. Importante la columna de Skliar sobre la gran narradora brasileña Clarice Lispector, que ya nadie lee. La literatura se ha tornado tan facilista que autoras profundas como ella yacen en el olvido. Amelia Díaz


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Siento el agua de Antonio Gamoneda


Nació en Oviedo, España, en 1931. Autor de Sublevación inmóvil (1966), Descripción de la mentira (1977), León en la mirada (1979), Lápidas (1987), Edad (1987), Libro del frío (1992), Libro de los venenos (1995), Sólo luz (2000), Arden las pérdidas (2003), y Cecilia (2004). Su obra fue reunida bajo el título Esta luz por Galaxia Gutenberg en 2004.
Premio Nacional de España (1988), Reina Sofía (2005) y consagrado con el Cervantes (2006).
Publicamos de este grandioso poeta, tan cercano siempre a nuestro corazón, “Siento el agua”, cedido exclusivamente para El Libro de la Tierra – Antología Mayor (Común Presencia Editores) y para este número de Con-Fabulación.  


SIENTO EL AGUA
Me he sentado esta tarde a la orilla del río
mucho tiempo, quizá mucho tiempo,
hasta que mis ojos fluían con el agua
y mi piel era fresca como la piel del río.

Cuando llegó la noche, ya no veía el agua
pero la sentía descender en la sombra.
No escuchaba otro ruido que aquel ruido en la noche;
no sentía en mí más que el sonido de agua.
¡Tantos seres humanos, tan inmensa la Tierra,
y este ruido en la noche ha bastado para llenar mi corazón!

Yo no sé si he traicionado a mis amigos:
el cántaro está lleno de un agua oscura y dulce,
pero el cántaro sufre –el rojo, viejo barro.

Alguien tiene piedad de este cántaro.
Alguien comprende el cántaro y el agua.
Alguien rompe su cántaro por amor.

En todo caso, yo no he cogido el agua

para bebérmela yo mismo. 

Prosperina (fragmento)


Por Armando Rojas Guardia

Este relato data de finales de 1984. La idea del mismo me la sugirió un cuento de Pablo Rojas Guardia, que siempre me pareció una ocurrencia brillante muy mal trabajada literariamente. Así pues, me propuse reescribir ese cuento a la medida de mi propia imaginación e inventiva: modifiqué el tema, la estructura y los procedimientos estilísticos del texto de mi padre; de éste sólo quedan en mi cuento algunos -pocos- rasgos de la anécdota. Si ahora me decido a dar a conocer estas páginas es porque, como diría Borges, creo que no me deshonran, y también porque recogen el talante psíquico y espiritual de un momento muy específico de mi evolución subjetiva. Hoy le hubiera dado otra dirección existencial al conflicto interno que atormenta a los dos principales personajes del relato. El lector juzgará: si he logrado mi propósito de conmoverlo, aunque sólo sea estéticamente, daré por bien empleados los días laboriosos, las horas febriles, las semanas de angustia que demoró la composición de este texto. A.R.G.


1

Proserpina y yo nos conoceremos en una fiesta diplomática. Ambos perteneceremos a esa especie de inclasificable bestiario que dibujan los funcionarios internacionales. Ella será la enigmática y esbelta esposa del embajador de un país selvático, cuya geografía estridente avivará el delirio de mis noches de insomnio; yo desempeñaré con resignación la secretaría de la ineficaz Legación venezolana en Egipto, la patria donde conviven los personajes de Durrell y Cavafis. Nuestro encuentro acontecerá durante los primeros años de la "guerra fría". Ya se sabe que estos arrastrarán consigo inevitables, acartonados estereotipos y consignas: Esa noche, lluviosa y caliente a un tiempo, en la que conoceré a Proserpina acodada a la baranda de una terraza abierta sobre las luces de El Cairo, celebraremos la efemérides de un país situado detrás de la "cortina de hierro", tal como Churchill la bautizará en un discurso cuya reseña y síntesis leeré en un periódico de Alejandría, una tarde transpirada de yodo y azul marítimo. Como será, en aquellos días, la costumbre diplomática (la menos diplomática de las costumbres), en el banquete la concurrencia se abrirá en dos bandos: de un lado, los occidentales y los sudamericanos que, para los soviéticos, no seremos más que espías al servicio del Departamento de Estado y la Agencia Central de Inteligencia norteamericanos; y del otro, ellos, los representantes de todo lo que se abigarra y extiende desde las aguas del Báltico, que fosforecen bajo las lunas australes, hasta los bosques de abedules y fresnos que se precipitan en las playas del Caspio. La fiesta pululará de trajes impecables, largos vestidos de colores intensos y uniformes sobre los que arderá -bajo la luz sofocante de las lámparas- la flora cursi de las condecoraciones. La ausencia del señor embajador quizás dará audacias al joven secretario; tal vez la pompa misma de aquel acto protocolar impacientará el ánimo poco convencional de Proserpina: lo cierto es que ella, en un arranque de liberación, aceptará mi invitación a escaparnos hacia la otra noche, la verdadera, la indomesticable dentro del zoológico diplomático y sus arañas de cristal: la noche densa, espirituosa, húmeda de El Cairo. Mi mujer, mi esposa, no habrá podido asistir a la reunión. Proserpina no mencionará el hecho y así se realizarán nuestra primera fuga y nuestra primera cópula en el tiempo.
Después vendrán días y semanas y meses. Nuestra relación -¿por qué vacilaré tanto en llamarla "nuestro amor", siendo que a nadie he amado más que a esa mujer, cetrina y lánguida, fantasma de mis sueños?- adquirirá una calidad inusitada, prestigiosa. Mis propias circunstancias habrán cambiado. María Eugenia, mi esposa, tendrá que viajar a Venezuela para dar a luz a mi segundo hijo, y esa soledad inédita de El Cairo, poblada ahora por un amor sin compromisos y con un futuro incierto, afirmará, redondeará mi equilibrio emocional, me ubicará inopinadamente en mitad de unas coordenadas de tranquilidad casi geométrica. Ahora sé -pero no lo supondré entonces- que aquel recién estrenado estado del ser (porque será no sólo espiritual, sino también corpóreo, como si la misma carne, y sobre todo ella, participara de mi fiesta de la paz) vendrá promovido, impulsado hacia mí por la presencia de Proserpina que, como los más intensos licores, calará lentamente, y sin que yo lo note, la materia última de mi cuerpo y, a través de ella, la de mi alma.
Descubriré pronto que a aquella mujer única le estará ocurriendo, en el momento mismo de nuestros primeros contactos, un fenómeno espiritual al que percibiré, en un principio, como un verdadero "conflicto" religioso (las comillas a ambos lados de esa penúltima palabra indican la impropiedad literal, sólo alusiva, del término). En el arrebato salobre de los besos, mientras amanezca sobre las cortinas de mi dormitorio; en la caricia inesperada al caminar dentro de la muchedumbre callejera; en el abrazo furtivo que animará nuestros paseos vespertinos, cuando saldremos a respirar el aire refrescante de las urbanizaciones residenciales de la ciudad; y, sobre todo, en las batallas del coito, cuando desechos de contactos nos levantemos sobre la noche de nuestros más inconfesados deseos, siempre Proserpina dejará escapar inesperadas palabras que me desconcertarán: - Dios mío, Dios mío, Santo Dios. Ay Dios, al fin te tengo. Mi diosecito, mi diosecito.
Este hecho lo atribuiré, al comienzo, a inveterados resabios de formación católica, a demorados restos de alguna pasantía por algún colegio de monjas. Aquellas palabras, aquellas frases intensas, entrecortadas a veces por las quejas de la cópula, congeniarán sin duda mal -para mi percepción, si no atea, por lo menos sí laica y agnóstica- con la soberbia plenitud carnal, la libertad erótica y la exquisita sensualidad que harán de Proserpina, desde el primer instante, una mujer inmediatamente deseable: deseable hasta la lascivia. Pero en todo caso terminaré por acostumbrarme, focalizado por aquella poderosa atracción sexual, a lo que yo empezaré a llamar mentalmente, un poco con desdén y otro poco con ternura, las "jaculatorias" erótico-religiosas de mi amante. Hasta que una tarde, de pronto -como sobrevendrá todo acontecimiento dentro del "tempo" vertiginoso de mi relación con ella- tendré la brusca sensación de comprender, no, más bien de intuir la verdadera profundidad de un sentimiento que hasta entonces me habrá parecido mera -¿y ridícula?- reliquia de un pasado inconsciente.
Es preciso que mi escritura construya matemáticamente esta escena, una de las pocas que ahora no necesita inventar mi imaginación literaria, como he inventado todo lo ocurrido en este cuento incipiente; y no requiero fantasearla porque dicha escena está inapelablemente grabada en mi memoria, y la entresaco de las páginas de otro relato que escribí, hace tiempo, deseando como ahora -pero tal vez con menos fortuna- desentrañar aquel telegrama del abismo que será, que es Proserpina:


... acabábamos de hacer el amor y yacíamos ambos sobre el colchón desnudo de la cama (mi desorden habitual, aumentado por la negligencia doméstica hacia la que me conducía el hecho de haberle concedido vacaciones anticipadas a la escasa servidumbre de mi casa, determinaba el que yo tardase varios días en cambiar el juego de sábanas de la cama, a la que prefería más cómodamente desvestir como en mi época de estudiante y apartamento de soltero, allá en Caracas). Nos dejábamos invadir, en aquel momento, por la sabrosa pero también melancólica laxitud que ocupa los cuerpos al finalizar el acto del amor y que los romanos, en su latín penetrante y lacónico, llamaron "tristitia amoris". Proserpina apoyaba su cabeza livianísima sobre mi antebrazo izquierdo, mientras yo olía su cabello extremadamente recortado -era la moda del momento- en el que mi mano abierta buscaba no sé qué curva suave de la nuca. De repente, en la casa de al lado o en otra situada más allá (a decir verdad, era imposible ubicar el lugar de donde provenía la música) empezó a resonar débil pero muy perceptiblemente el "Kyrie" del Requiem de Fauré. Reconocí enseguida su melódica solemnidad ascendente. Y fue evidente en un segundo que Proserpina también la había reconocido porque, levantando la cabeza somnolienta y abriendo hacia mí los ojos claros y sobrecogidos, me miró larga y penosamente, mientras demoraba todavía en caer la cascada coral del "Kyrie". En esos inmensos minutos, cuando ella, desnuda y todavía ovillada contra mi cuerpo, absorbía mi mirada en la suya con una tristeza infinita pero también con una aprehensión inusitada, yo entendí súbitamente, de bruces contra la evidencia, que sus ojos inquirían en mí por una cosa, buscaban sólo esto: un eco de aquella música sagrada al fondo de mi espíritu, una respuesta de mi ánimo o de mi carne al himno milenario que la melodía ponía a vibrar, transfiguradamente, en medio de nosotros. -¿Sientes como yo? ¿Entiendes tú también el mensaje?, eso era lo que Proserpina parecía preguntar, con urgencia, con inquietud, a través de sus ojos enormes, fijos y abiertos sobre los míos. Yo sólo puedo decir que se me reveló tan hondo el desamparo de esa pregunta, y era tan álgida la intemperie de su desnudez frente a la música que la sobrecogía, que una oleada de ternura me dobló los brazos y la acaricié con un afecto lleno de piedad y reverencia. Ella se dejó hacer, en mitad de un abandono en el cual creí percibir lucidez, asentimiento. Y mientras el Requiem de Fauré se incrustaba aún entre la tarde y la noche, casi danzando sobre nuestros cuerpos, yo la poseí de nuevo lenta, parsimoniosamente. Era mi única manera de responderle y entregarme.