Entrevista con José Luis Cuevas



Con-Fabulación entrevista a José Luis Cuevas (México D.F., 1934), polémico dibujante, pintor, escultor y grabador, que en su extensa carrera ha obtenido los siguientes reconocimientos: Primer Premio Internacional de Dibujo (Bienal de São Paulo, 1959); Primer Premio Internacional de Grabado (Nueva Delhi, 1968); Premio Nacional de Bellas Artes (México, 1981); Premio Internacional del Consejo Mundial del Grabado (San Francisco, 1984); Orden de Caballero de las Artes y de las Letras (República Francesa, 1991).
Cuevas reflexiona sobre su iniciación, sus ritos de paso, sus crudas obsesiones creativas, y su aproximación vital a personajes como Warhol, Chagall y Ezra Pound.
Aquí un homenaje a uno de los más influyentes artistas latinoamericanos de las últimas décadas.

Por Gonzalo Márquez Cristo
Con la colaboración especial de Amparo Osorio


Hacía calor en la Ciudad de México. Eran las dos y media de la tarde y el encuentro se había pactado para las cuatro. Sin tiempo para almorzar debíamos desplazarnos desde el Zócalo hasta la Colonia San Ángel postergando sin esperanza la mágica sopa de flor de calabazas indefinidamente. Aunque lo sensato era ir en Metro tomaríamos un taxi para ultimar detalles del reportaje con comodidad, sabiendo que por ser viernes sería caótico el largo recorrido.

Frente al hotel Majestic esperamos durante quince infructuosos minutos, hasta que finalmente un pintoresco conductor accedió a llevarnos por el precio reglamentario. “Tenemos prisa”, dijimos con ímpetu, “la cita es a las 4”. “Estamos lejos y probablemente nunca lleguemos”, respondió secamente aquel hombre que parecía una escultura tolteca, y aunque sus palabras nos preocuparon ya no teníamos alternativa.

El tráfico era demencial. Por el camino repasábamos la vida de Cuevas, evocábamos la fuerza de sus dibujos, sus grandes escándalos, su relación con la literatura y sus más difundidas controversias. “¿Tienen cita con el pintor?”, preguntó el hombre sin cuello, después de escucharnos con atención durante varias cuadras. Asentimos. Reparamos en su aspecto, en su bigote descuidado, en sus ojos redondos que nos espiaban por el retrovisor. Luego comentó: “Conozco las mejores rutas para ir allí, pero esta ciudad parece endemoniada”. 

El auto salía de un embotellamiento para entrar en otro, sabíamos que Cuevas tenía una cita posterior a la nuestra con el poeta catalán Ramón Xirau (afincado en México desde hacía siete décadas), y nuestro plan era conversar el mayor tiempo posible.

“¿Por qué entrevistan a ese hombre, si aquí hay numerosos artistas de mayor calidad?”, intervino nuevamente el conductor. Comenzamos a exasperarnos. Nos fastidió su intromisión que obstaculizaba la preparación del cuestionario y escindía el trance que siempre buscábamos durante los minutos previos al encuentro con nuestros grandes personajes periodísticos. 

“Nos parece uno de los colosos de la plástica, por eso”, respondimos al fin con un matiz pendenciero.

“Lo único colosal que él tiene es su personalidad y la Giganta que hay en su museo del centro. Aunque en verdad esa escultura le quedó muy bien”, respondió el tipo categórico.
Sonreímos. “Usted dice que hay mejores artistas aquí, ¿a quiénes se refiere?”, interrogamos entonces apaciblemente.

“Conozco por lo menos a cincuenta artistas que trabajan la madera y que podrían hacer más bonitas estatuas que él, y tal vez otros cien que realizan objetos de cerámica... Cuevas cree que todos somos monstruos o locos; aunque ahora que lo pienso podría tener razón”.


“Una risa, 
Como un aullido 
Desde el fondo del tiempo 
Desde el fondo del niño 
Cada día 
José Luis dibuja nuestra herida”.


Había escrito, como tributo al pintor, Octavio Paz en su poema “Totalidad y fragmento”. El entrometido tolteca hablaba en tono irónico sin moderación pero para nuestra suerte nos acababa de regalar el comienzo del reportaje. La austeridad verbal había sido demolida y unas cuadras más adelante ya comenzábamos a interrogarlo sobre arte mexicano, sobre el agave azul y las Chivas de Guadalajara, y él opinaba con arrogancia enriqueciendo nuestro cuestionario. Y de repente replicó con tono vehemente: “José Luis se cree el mejor, ¿pero dónde quedan los mayas, o el Diego y la Frida?” 

Continuamos nuestro desvarío y minutos después, cuando la conversación comenzaba a entrar en zonas privadas, pasamos cerca a Coyoacán y nos detuvimos para proveernos de un mítico tequila. El chofer brindó con nosotros. Nos estábamos aproximando. Miramos el reloj con angustia. La plática siguió animada y poco antes de las concertadas cuatro de la tarde giramos a la derecha y entramos a la colonia San Ángel. Allí decía en una placa metálica: “Paseo Cuevas” y en la mitad de la avenida vimos con regocijo su famosa escultura los “Siameses”. 

“Llegaremos a tiempo” afirmó entonces el taxista mientras nos íbamos acercando a la casa de Cuevas, preguntando en cada esquina por la dirección, para evitar cualquier extravío en ese momento crucial. 

Minutos después, cuando ingresamos a la calle Fresnos, le gritó al celador de una de las mansiones de ese barrio adoquinado: “Amigo, ¿cuál es la casa de José Luis?”. El hombre sonrió por la irreverencia y nos hizo una señal con la mano. Pagamos atropelladamente y nos dirigimos a la puerta mientras él taxista esperaba atento. Entonces lo escuchamos decir: “Si sale a abrir le voy a pedir un autógrafo, de no ser así por favor digan que los trajo su más grande admirador”. 

“Así lo haremos”, replicamos riendo, pero como nos abrió uno de sus asistentes el hombre frustrado partió dando un pito de despedida. Nos hicieron seguir a la sala de espera; a nuestras espaldas teníamos un enorme dibujo de Cuevas, a la derecha una biblioteca y unas fotografías con pintores y escritores. Al frente una ventana radiante y otra de sus obras. La entrevista sería literalmente a contraluz. 

Muy pronto su esposa Beatriz apareció en ropa deportiva y nos ofreció café. Hablamos del poeta Marco Antonio Campos y de varios amigos comunes hasta que escuchamos los precisos pasos de Cuevas acercándose. El artista nos saludó con entusiasmo y al enterarse de que éramos colombianos empezó a contar anécdotas de Alejando Obregón y de Leonel Góngora. 

—Yo quiero más a Colombia que a México, ese país es mi patria afectiva. Supe que murió Negret y también Rayo, es una lamentable ausencia. De ambos tengo bellas obras en mi museo y especialmente recuerdos inolvidables… 

—Negret falleció a los 92; creímos que nunca moriría, en una entrevista lo comparamos con Nosferatu, no solo por su evidente semejanza, sino por su longevidad indeclinable... Omar concibió un hermoso epitafio que acompaña sus cenizas: “Aquí cayó un Rayo”. 

—Omar fue siempre principesco, irónico y lúcido. Yo una vez expuse en su museo de Roldanillo... Están muriendo todos mis amigos. Una semana antes de fallecer Carlos Fuentes vino a visitarme, lo noté muy triste, lo cual me extrañó... Su actitud me pareció premonitoria. Nos habíamos distanciado en una época, cuando él estuvo de embajador en Francia. Años después lo llamé para felicitarlo por algún premio y le dije: “Estoy peleado con el embajador, no con el escritor”, y así recobramos nuestra amistad hasta el final. Hay mucha poesía en los primeros libros de Fuentes.

El febril preludio duró cuarenta minutos y Beatriz del Carmen, advirtiendo la comunicación que se instauraba, decidió asistir sola a la reunión con Xirau diciendo que más tarde enviaría al conductor por su esposo; pero antes nos mostró la maqueta de la escultura que acabábamos de ver en la avenida y enfatizó que se llamaba Los Siameses, aludiendo a Cuevas y a ella. La miramos buscando el parecido con esa cabeza de bronce. Ella rio. Luego nos condujo por la planta baja de su maravillosa casa llevándonos a un gran ambiente donde un salvaje perro de Tamayo ladraba a la luna. 

De regreso a la primera sala nos acomodamos y esgrimimos nuestro cuestionario intensamente estudiado con el taxista y ubicamos en la mesa el celular en su función de grabación.

Cuevas nació en la Ciudad de México en 1934 y desde los cinco años dibuja sin cesar. Antes de cumplir los diez inició estudios como asistente de arte en la escuela La Esmeralda y a los catorce realizó su primera exposición en el Seminario Axiológico. 

—Mi abuelo administraba una fábrica papelera que se llamaba “Lápiz del águila”, situada en el Callejón El Triunfo, rodeada de seres marginales. Allí adquirí la obsesión por el dibujo, lo cual resulta un poco obvio, pues manchaba todo papel que encontraba a mi paso. En ese lugar viví sólo hasta los siete años, pero lo único que he hecho durante los otros setenta, es lograr que la metáfora de mi abuelo sea legítima, y que mi lápiz sea conducido por un ave de presa.

—Probablemente ya lo logró… Siguiendo con su ascendencia, su padre fue boxeador y piloto, ¿es cierto que cuando llegaba a la casa en vez de golpear o timbrar disparaba? 
—Era un ser rudo que todavía me agrada imitar. La Revolución Mexicana estaba en el aire. Cuando escribí mi biografía Gato macho recordé en numerosas ocasiones su vida tempestuosa.

—Su obsesión por los autorretratos es reconocida, pintó el primero a sus diez años… En ese ejercicio, que es más un diálogo con las fauces del tiempo, que un tributo a la vanidad de un artista, ¿ya superó el número de Egon Schiele?
—Puedo decir que hace mucho rebasé la cifra del austríaco. Pero en verdad mis retratos no privilegian mi presunción, pues como todos saben me pinto con frecuencia como un monstruo, como un enfermo o un mutilado. Todos los días hago un autorretrato frente al espejo para soltar la mano. Desde niño he pintado sin tregua mi rostro. Fui muy precoz, y a una edad temprana gané el Premio Nacional de Dibujo Infantil. Hoy me defino como autodidacta y creo que todo artista debe serlo aunque haya tenido la desgracia de pasar por la universidad, que casi siempre restringe su arte.

—Usted se toma una fotografía todos los días y posee una colección inmensa. Ha hecho exposiciones con miles de ellas donde el espectador puede advertir que estamos expuestos a la inexorable entropía…

—Poseo más de doce mil fotografías personales y tal vez lo que pretendo con ello es rendirle un homenaje al implacable dios del tiempo, o apaciguarlo al menos...

—Es evidente que no le teme al devenir pues su intención es testimoniar el paso de los días, pero sí a los escarceos de la muerte. ¿Podría hablarnos de su hipocondría?  

—Les voy a contar algo curioso: me hice fumador gracias a mi cardiólogo. Una vez mientras esperaba angustiado los resultados de un examen médico, este consumado especialista, quien como lo imaginarán murió de una enfermedad coronaria, me dijo: “¿No quiere un cigarro?” Lo miré con estupor, pero al notar su bizarría acepté su ofrecimiento, y todavía hoy a mis 78 años fumo, aunque con moderación.

Entonces se dispuso casi ritualmente a encender un cigarrillo, le dio dos pitadas y miró su lumbre con placer.

—Además de la pintura, cultiva desde muy temprano, su pasión literaria. Ha escrito ensayos, columnas periodísticas detonantes, una autobiografía polémica…

—Es cierto. De niño vivía muy cerca a una calle de prostitutas. Cuando acompañaba a mi madre yo las veía maquilladas, con ropas muy vistosas y ligeras, liberando su atracción felina. Un día acopiando coraje la interrogué: “¿Mamá, quiénes son?” Ella me respondió: “Son putas y no preguntes más”. Entonces me quedé con la duda. Llegué a la casa y busqué ese libro que contenía todas las palabras del mundo (el diccionario), y rápidamente busqué el vocablo proscrito; la definición era ramera. Entonces ansiosamente busqué ramera, la explicación era hetaira. Busqué hetaira, la respuesta era cortesana. Seguí mi búsqueda y la definición era meretriz, indagué por ésta y la analogía era prostituta, y así me quedé girando sin obtener respuesta satisfactoria. Me asombraba que una palabra pudiera tener tantos sinónimos… Luego supe que eso se debía a la moral castradora que siempre ha impulsado el cristianismo con relación a todo lo sexual. Entonces, y para precisar la respuesta, puedo asegurar que mi pasión por la literatura me viene de las putas. 

—Sabemos que ha realizado carátulas de numerosos libros…

—Yo ilustré un Pedro Páramo de Rulfo; él era un escritor tímido, un ser estupendo. Ilustré a Kafka, quien ha sido un autor muy afín a mi búsqueda. Al Divino Marqués de Sade pues estuve en el asilo de Charenton en Francia y como producto de esa visita urdí mi exposición Cuevas Charenton. También ejecuté todas las portadas de los libros de Carlos Fuentes para El círculo de Lectores de España.

—El sexo ha sido determinante en su obra y en su vida…

—Yo vivía en el barrio Donceles a mis catorce años y estudiaba Artes. Ahora pienso que había algo de ironía pues debía vivir en el barrio “Doncellas”, pero ese territorio imaginario me tocó encontrarlo en mi volcánica juventud. Recuerdo que un día de mi adolescencia mientras dibujaba, llegado el momento del descanso, la modelo no se puso la bata, que es lo usual después de posar media hora, y continuó “encuerada”, ¿se entiende esa palabra en Colombia…?

—No importa, si alguien no entiende, como en su anécdota del diccionario, que se convierta en escritor…

Cuevas riendo apagó su cigarrillo y dijo:

 —Eso es lo que me preocupa porque ya hay bastantes… Decía que la modelo permaneció desnuda y se acercó a espiar lo que yo estaba pintando, e inmediatamente  me cuestionó: “¿Así me ves de fea?”. Le respondí por reflejo: “Es que soy expresionista. ¿Por qué no te pones la bata, te puedes resfriar?”. Entonces contestó: “Es que te voy a enseñar algunas cosas”. A lo que yo ingenuamente respondí: “¿Acaso también pintas?” Ella riéndose me dijo: “No tonto, algo más importante, a hacer el amor”. Era el año 1948, hice varios retratos de mi sabia modelo; y ya han pasado varias décadas pero creo que resulté buen discípulo. 

Siguiendo con su precocidad: a sus veinte años expuso exitosamente en la Unión Panamericana en Washington con críticas muy favorables de la prensa… ¿Fue en esa época que dibujó a Ezra Pound?

—Es un acontecimiento que siempre me ha deslumbrado. Me pareció extraño que se vendiera toda la muestra allí cuando mis cuadros eran de locos, prostitutas y cadáveres… Muchos de ellos realizados en hospitales y en el manicomio de la antigua Castañeda, en México. En cuanto a Ezra Pound, le hice un retrato en su celda de hierro negro en el hospital mental de Saint Elizabeth (Washington), una tarde muy calurosa de verano, pocos años después de su terrible paso por la jaula de dos metros cuadrados, en la que se le encarceló en Italia al ser condenado por traición, debido a su programa radial donde apoyó a Mussolini. Mientras hacía mi retrato le pregunté al poeta norteamericano si tenía calor, es raro pero fue lo único que pude preguntarle, y él me respondió: “Siempre tengo frío”. Me despedí con una sensación extraña en la garganta.

—En 1955, a sus veintiún años, exhibió en la Galería Loeb de París… 

—En esa obligatoria ciudad ocurrió una de las sorpresas más hermosas de mi carrera artística. Un día el propietario de la galería que mencionan me pidió que lo visitara con urgencia. Al llegar vi que dos de mis cuadros tenían una tarjeta que decía Pablo Picasso: el nombre del comprador. Asombrado pedí detalles y Edouard me mostró el libro de visitas donde el genio había escrito: “José Luis, me dicen que eres un joven precoz, yo también lo fui y creo que tienes un gran futuro en el arte…” Intenté forzar al galerista para que me regalara la hoja, pues en verdad era mía, yo era el destinatario, era un mensaje de mi propiedad... Él se negó rotundamente y años después viendo una lista de Sotheby´s vi que ese texto lo habían rematado por una cifra cuantiosa con otros autógrafos de Picasso. Todavía me enojo al recordarlo.

—¿Cómo conoció a Chagall?

—En París hice algunos grabados en un famoso taller donde mis compañeros eran Chagall y Sabuki. El primero puso a su disposición sus sofisticadas puntas de acero. El segundo mezclaba saliva con ácido como si fuese un dragón de Comodo para obtener ciertos efectos, y yo al notar que su experiencia era interesante un día le pregunté al artista japonés: ¿Maestro, me regala su saliva? Petición que fue aceptada entre risas.

—¿Cómo fue su vínculo enigmático con Warhol?

—Siempre se me ha acusado de vanidad, pero lo que me interesa explicar aquí es que por esos caminos secretos, inexplicables del arte, yo tuve que ver en forma misteriosa con la consagración de Andy Warhol; explicaré brevemente. El judío Eugene Feldman, director de una editorial para la cual yo ilustré un libro de Kafka en Filadelfia, me hizo numerosas fotos y un día de 1957 amplió una de ellas múltiples veces y comenzó a colorearlas, y las desplegó por todo su taller. Warhol, quien lo visitaba con frecuencia y era un simple diseñador de zapatos, llegó un día y observó las fotografías con mucha atención y lo vimos partir en silencio. Años después durante una exposición en Nueva York, cené con mi amigo editor y por supuesto comentamos sobre el enorme éxito del dios del Pop Art, y para ambos fue irrefutable que su idea de Marilyn, donde aparecían imágenes de la bella actriz reproducidas en serigrafía, había surgido esa tarde en Filadelfia.

—Usted ha dicho que en el éxito de Botero también aparece su luz tutelar...

—Botero es un artista del jet-set, él no quería pintar una obra maestra sino tener un yate y es admirable que lo haya conseguido. Recuerdo que un día llegó a la habitación de mi hotel en Nueva York asombrado por el éxito de un pintor efímero llamado Bernard Bufett, quien hacía seres escuálidos, muy delgados. Yo le dije: “Fernando, si lo que quieres es ser millonario pinta gordos”. Él contuvo la respiración, luego saqueó mi botella de tinta china manchando torpemente mi cama y lo demás ya lo sabe todo el planeta.

—En 1958 escribió su manifiesto contra el muralismo mexicano en el periódico Novedades...

—Durante mis inicios el mundo del arte en México era bastante restringido. Si no eras mexicanista tenías cerradas todas las puertas. Entonces escribí una columna muy polémica llamada: “Cortina de nopal”, contra los grandes muralistas. Esto lo complementé con caricaturas de Rivera, Siqueiros y Orozco con el propósito de ridiculizarlos. En ese tiempo respetaba mucho la obra de Orozco, pero hoy creo que excluyendo los grabados de Guadalajara que son espléndidos, no era tan bueno, y pienso que sus cuadros de caballete, con algunas excepciones, son mediocres. Es bueno aclarar que ese manifiesto fue muy escandaloso y me ocasionó un veto bastante prolongado, que sólo fue roto a mis 74 años cuando al fin pude exponer en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad. Allí colgaron al fin una retrospectiva de 258 obras, y aunque estaba emocionado porque la crítica decía que se me había hecho justicia, creo que el hecho de ser un artista excluido va mucho más con mi temperamento.

—¿Por esa época, a su regreso a México, surgió el grupo Nueva Presencia?

—En realidad fue un colectivo abierto, sin dogmatismos, al que pertenecía Arnold Belkin, Francisco Icaza, Rafael Coronel y el excelente dibujante colombiano Leonel Góngora. Propendíamos por el regreso de la pintura al caballete pues estábamos hastiados del muralismo. 

—También en esa cruzada de los sesenta estaban Alberto Gironella, Pancho Corzas, Manuel Felguérez y Pedro Coronel. 

—Sí, coincidíamos en búsquedas opuestas a lo establecido y para varios de nosotros el dibujo era una religión.

—¿Por entonces comenzaba el llamado fridismo?

—La pasión por Frida Kahlo es un disparate. Todo empezó con la biografía escrita por una gringa seguida por un alud mediático, y ahora para el público normal ella parece más importante que Rivera, cuando en verdad Diego fue un artista más significativo. Al visitar los museos del mundo uno encuentra libros de Frida en tantos idiomas, que puede comprender ese enorme impacto comercial. Yo por mi parte creo que el mejor cuadro de Frida es un Rivera. Explicaré. Su obra titulada “Las dos Fridas” que todos hemos visto, realizada en 1939, donde una arteria une los dos corazones, no pudo haber sido pintada por Frida pues casi todos sus cuadros son de pequeño formato (basta revisar su iconografía), debido a sus limitaciones físicas: a que pintaba en la cama. Y esta excelente pieza mide 1,7 x 1,7 metros, y cuando uno conoce los espacios reducidos de su casa advierte que ese cuadro probablemente fue pintado por Diego. A mí ya me detestan las feministas y los adalides de la cultura oficial por lo cual no me atemoriza atizar una nueva polémica desde Con-Fabulación. Por otra parte Remedios Varo me parece una artista más motivante.

—Marta Traba escribió un libro en 1965 titulado Los cuatro monstruos cardinales donde lo sitúa al lado de Bacon, De Kooning y Dubuffet, representantes de una neofiguración, que trabajaba sistemáticamente al ser humano vulnerado… 

—La brillante crítica argentina alentó mucho mi obra, varias veces dijo que era un dibujante incomparable y en ese libro me hizo sin duda un reconocimiento inmerecido. Ponerme a mí en ese momento de mi juventud al lado de esos tres admirables monstruos cardinales… Aún no salgo de la perplejidad. 

—¿Conoció a Francis Bacon?

—Estuve en el asqueroso estudio de Bacon en Tánger, en Marruecos. Aunque ya se conocía su gloria no era tan inaccesible como lo fue posteriormente. Cuando lo saludé me dijo: “México es un país maravilloso”. Le respondí: “Claro, la obra de Henry Moore surge de nuestro Chac Mool, de Chichén Itzá, de esa maravillosa escultura que usaban nuestros ancestros para sus sacrificios”. Pero Bacon me interrumpió en forma cortante: “No me refiero a eso tan pueril, me han dicho que en su país abunda la homosexualidad, lo demás son consideraciones estéticas sin importancia”. No lo olvidaré. Había lienzos en el piso, estuve a punto de estropear un cuadro al salir y por poco meto el pie en uno de sus botes de pintura.

—Usted fue pionero en México de muchas manifestaciones controversiales de la contemporaneidad, pero al mismo tiempo es un crítico feroz del Arte Conceptual…

—Realicé el “Mural efímero” en 1967 en la Zona Rosa de la Ciudad de México, una obra hecha para durar tan solo un mes, como protesta contra los artistas que piensan que sus creaciones merecen la eternidad. Era una propuesta filosófica necesaria. El evento fue registrado por todos los medios y puede incluso verse actualmente por Internet. Luego, en el tercer aniversario de mi museo, dupliqué la Gigante de ocho metros de altura y ocho toneladas de peso que recibe a los visitantes; la hice como escultura inflable y del mismo color de la original de bronce; recuerdo que durante la ceremonia inaugural la gente miraba fascinada esa clonación artística. En esa ocasión se me ocurrió también hacer una serpiente con fotos donde aparecía realizando diversas actividades, y la extendí con el fin de que recorriera todas las salas del museo; en aquellos retratos se me veía incluso representando escenas eróticas con algunas modelos, imágenes que fueron rápidamente sustraídas por la gente. Cuando hacía un happening o una instalación, el público se apropiaba de aquellas ideas, que tenían un sentido, una fuerza estética o política. No había facilismo ni obviedad. Hoy puedo asegurar que el llamado Arte Conceptual es una estafa.

—Usted una vez afirmó que la creación artística, en su esencia, debe reñir con el poder, ¿todavía cree eso?

—El artista testimonia su paso por la Tierra y eso a veces se convierte en denuncia. Yo protesté contra la Guerra del Vietnam en forma beligerante y creo que eso tenía sentido, pero lo que hacen las nuevas generaciones, constituidas por seres engreídos y egoístas, es otra cosa. Para ellos yo soy simplemente un pintor “moderno” (es decir arcaico), mientras que los integrantes de estas vanguardias inhumanas son artistas “contemporáneos”. ¿Y qué entienden ellos por eso? Esencialmente que ser contemporáneo es no reconocer el pasado y su objetivo es realizar obras estúpidamente fáciles, que sean entendidas por todo el mundo, y que logren escandalizar a las señoras. O simplemente que diviertan a los vacíos adolescentes, lo cual es una desgracia. 

Eran las siete y media de la tarde, habíamos conversado durante más de tres horas, y entonces presenciamos la aparición del conductor enviado por su esposa Beatriz. Entendimos el signo radical. Intercambiamos algunos catálogos de sus últimas exposiciones por nuestros libros y después de los mutuos autógrafos nos aprestamos para despedirnos. 
Caminamos por callecitas sombrías de San Ángel hasta llegar al Paseo y posteriormente a la escultura Los Siameses; ya comenzaba el crepúsculo. Sentimos la urgencia de un tequila e intentábamos sin suerte parar un taxi, hasta que después de algunos minutos uno se detuvo. Nos subimos. Hablábamos con hilaridad y reconstruíamos fragmentos de la entrevista. Cuadras más adelante, detenidos por un semáforo en rojo, el conductor se volteó para mirar los libros del artista que hojeábamos sin cesar. 

—¿Vienen de la casa de Cuevas? —preguntó.



(México D.F., octubre 26 de 2012)



María Cortina - Mis últimos días con Chavela



María Cortina con Chavela Vargas

La mejor amiga de Chavela durante la última década, la periodista mexicana María Cortina, actual directora de la Feria del Libro del Zócalo, testimonia el impetuoso fin de una de las grandes voces de la canción popular hispanoamericana, en una crónica que cuenta los últimos deseos de la famosa cantante popular, quien siempre supo que “la soledad es el precio que debe pagar quien pretende ser libre”.

Por María Cortina

A sus 93 años de edad, Chavela Vargas quería transformar a La Llorona en un personaje teatral. Me lo comentó el 2 de julio pasado durante el trayecto México-Madrid, ciudad a la que acudió para despedirse de sus amigos y dedicar un concierto al poeta Federico García Lorca. No hubo modo de detenerla, ningún argumento sirvió para hacerle entender que eso de cruzar el Atlántico a los 93 años podría cobrarle factura. “Es mi último deseo y lo voy a cumplir”, expresó enfática.
Ir a Madrid, sin embargo, no fue su último deseo, sino su cuarto último deseo. El primero fue escribir un libro; el segundo grabar un disco “cómo y con quién le diera la gana” y el homenaje a García Lorca que presentó en Bellas Artes fue el tercero. Al cumplir su cuarto último deseo fue internada en un hospital de Madrid, producto de una severa arritmia y problemas respiratorios. Entonces expresó su quinto último deseo: “No me dejes morir aquí: la señora muerte está rondando y sé que pronto me iré, pero quiero hacerlo en México, esa es mi última voluntad”.
Como todos sus anteriores últimos deseos, Chavela consiguió cumplir el quinto. Después de varios días de haber estado hospitalizada en Madrid y otros más agarrando fuerzas en la Residencia de Estudiantes donde García Lorca pasó varios años de su juventud, el jueves 26 de julio llegó a Tepoztlán.
Dos días tuvo para disfrutar su jardín, para admirar nuevamente al cerro Chalchi y para consentir a su perra Lola, una xoloitzcuintle que tenía la manía de saltar de un lado a otro de la silla de ruedas de Chavela, como yegua salvaje.
El domingo 29 fue trasladada a un hospital de Cuernavaca. Unos minutos antes de las 13 horas del siguiente domingo, murió. Nunca salió de terapia intensiva del hospital, pero el médico que la atendió se hizo de la vista gorda y pude estar con ella durante largas horas cada día. Hablamos mucho, ella sonreía cada vez que me veía entrar, a pesar de la mascarilla de oxígeno, del suero, del catéter. A pesar de la figura de la señora muerte que día y noche rondó alrededor de su cama.
Desde que fue ingresada al hospital, Chavela no volvió a expresar ningún último deseo. Ni siquiera retomó el tema sobre el personaje de La Llorona que se convirtió en el único proyecto que no concluyó. Aun así, yo seguí pensando que no moriría. Su capacidad para crear un proyecto tras otro le daba tanta vida como muerte le restaba. Cuando en 2009 presentamos en la Feria del Libro de Guadalajara Las verdades de Chavela, el libro que escribimos juntas, estaba radiante. Tanto, que Carlos Monsiváis, quien fue uno de los presentadores, me preguntó qué tipo de brebaje se tomaba Chavela para mantenerse sana. Nadie, o muy pocos, notaba que estaba sentada en la silla de ruedas que, según ella, fue un latigazo que le dio la vida, pero que no le quitó ni por un segundo su libertad.
Hasta el último momento hizo exactamente lo que le dio la gana. Cuando estaba grabando el disco Por mi culpa tuvo una especie de depresión que la mantuvo ausente del mundo. En una de las visitas que le hacía a Tepoztlán le advertí que no volvería. “¿Para qué? –le grité casi–, si tú no estás”. Esa tarde alcanzó a decirme suavecito que no me preocupara, que se encontraba bien. Unas semanas después de la presentación del disco, me llamó por teléfono y me saludó con su voz ronca de toda la vida. Juro que me tembló el alma. “¿Chavela, pues dónde andabas?”, pregunté. “Adentro, muy adentro de mí”, respondió. A partir de entonces le saltó con mayor fuerza su vena lorquiana. Participó en un documental sobre Lorca, comenzó a seleccionar los poemas que después incluyó en el disco La luna grande, los memorizó y los musicalizó con música de su repertorio. Finalmente los grabó con Discos Corason, la disquera que la ayudó a cumplir dos de sus últimos sueños.
En abril de 2012 se presentó en Bellas Artes, acompañada de Eugenia León y Martirio. Más que su voz, fue la intensidad de su canto lo que hizo llorar al público, en su mayoría compuesto por jóvenes, como sucedió también en Madrid. Y fue también el hecho de tener el valor para, a sus 93 años, plantarse en un escenario. Después del concierto en Bellas Artes quiso ir a comer. Y nos lanzamos al Tenampa, donde junto con un grupo de amigos cantamos y tomamos tequila durante horas. No fue esa la primera ocasión en la que Chavela volvió a tomarse un caballito de tequila después de varios años de abstinencia. Lo hacía de tanto en tanto. La primera vez fue en Tlaquepaque. Pidió un caballito de tequila y unos mariachis. Se chutó de un solo trago la copa y mostró la sonrisa más amplia de todas las que le conocí.
En su casa de Tepoztlán pasó muchos días en compañía de amigos tequileros. Pero la mayoría del tiempo se encontraba sola. Con sus dos maravillosos ángeles custodios, Liliana Achuy Fan y Lorena Barrera, pasaba las tardes leyendo, escuchando música o hablando con el Chalchi sobre la muerte, la vida y la soledad. Siempre sostuvo que la soledad no le disgustaba y yo le creí. Ella sabía que era el precio que tuvo que pagar por su libertad. De otra forma no hubiera podido ser Chavela Vargas con v y no con b, como lo escriben todas las otras Chabelas del mundo. Ella, Chavela Vargas, lo quiso escribir así para diferenciarse hasta en el nombre. “Dilo así –me comentó cuando escribíamos el libro–. Lo hice para joder”.
Un día me contó que el Chalchi tenía ya muchas cosas de ella. “He dejado mis palabras y mi memoria adentro de sus cuevas”, afirmó. La memoria es el pasado, le dije para provocarla. Pero ella me dio una de esas respuestas que atraviesan la razón de punta a punta: “La memoria es también el futuro, la memoria del futuro; la que inventamos cuando la vida se va deslizando de nuestro ser”.
Unos meses antes de cumplir 90 años, se le comenzó a deslizar la vida. Tuvo que ser internada en el Instituto Nacional de Neurología, donde permaneció durante más de 20 días. Fue la única vez que le rogué que no muriera. Le grité, la chantajeé. Le recordé que la ciudad estaba tirando la casa por la ventana para hacerle un homenaje. Todo con tal de que no muriera. “Todos mueren –me dijo–, no hay forma de evitarlo. Aun los chamanes mueren. No hay dinero ni poder que lo impida”.
En esa ocasión pensé que Chavela ya había decidido morir, pero me equivoqué. A las pocas semanas estaba en el homenaje que por sus 90 años se le hizo en el Teatro de la Ciudad, que tuvo que cerrar sus puertas cuando ya no cabía ni un alma más. Con Monsiváis presente, Eugenia León, Jimena Giménez Cacho, Lila Downs, Julieta Venegas, la Negra Chagra, Fernando del Castillo y Mario Ávila cantaron para ella. Eugenia, Lila y Tania Libertad cantaron también para ella en los homenajes de cuerpo presente que se le hicieron en la Plaza Garibaldi y Bellas Artes.
Chavela Vargas, la que dijo no tener miedo a morir, la que planificó su muerte, la que le dijo mil veces a la calaca: “cuando usted quiera le tiendo la mano”, la que no se cansó de crear, me confió unos días antes de morir que se iría, pero que al mismo tiempo seguiría por aquí. Después me pidió el medallón que los chamanes de la comunidad huichola le entregaron cuando la nombraron Gran Chamana. Lo tuvo puesto hasta el final.
El sábado por la tarde Chavela intentó arrancarse la mascarilla que le proveía de oxígeno. Quiere decirme algo, le informé a la enfermera. Ya sin ella puesta me susurró al oído: “María, ay María. Ay la muerte, la muerte la muerte”. El domingo no habló nada hasta que unos minutos antes de las 13 horas el médico volvió a quitarle la mascarilla y ella sacó fuerza de no me explico dónde y exclamó: “Me voy con México en el corazón”.
Cuando cumplió 92 años, me dijo que mientras viviera no dejaría de crear. La creación no termina si uno sigue vivo. Y prometió que el tiempo que le quedara de vida seguiría creando. Por eso pensé que nunca moriría. Porque siguió creando.
Cubierta con su jorongo se fue el domingo 5 de agosto Chavela Vargas al mundo de los chamanes y los cantantes, donde seguramente le escribe una obra musical a La Llorona. El color rojo del jorongo me hizo recordar lo que me dijo a sus 90 años: “Soy Chavela Vargas, tengo 90 años y estoy viva. Viva de tanto vivir, de tanto amar, de tanto gritar que estoy viva, como la vida, como el color rojo, como los recuerdos rojos que saben a pan”.
Y sí, Chavela, sigues viva.

TRIBUTO A RITUAL DE TÍTERES


El Festival de Literatura de Bogotá y Con-Fabulación agradecen a los tres centenares de personas que asistieron a la inauguración en homenaje a la novela Ritual de títeres de Gonzalo Márquez Cristo el pasado 8 de noviembre, y muy especialmente a los 30 artistas participantes que con sus trabajos enriquecieron la exposición de la Galería La Escalera, que estará colgada hasta el 23 de noviembre de 2012.

Obra de Gastón Bettelli
“Diseño en el bosque”


Pedro Alcántara Herrán • Jim Amaral • Marlén Amaya • Rosenell Baud • Gastón Bettelli • Luis Cabrera • Manolo Colmenares • Nicolás De la Hoz • Eduardo Esparza • Fabiola Flórez Roncancio • María Victoria García • Roshi Gómez • Martha Guzmán • Filomeno Hernández • Germán Londoño • Ángel Loochkartt • Fernando Maldonado • Guillermo Melo • Octavio Mendoza • Patricia Ortega • Dioscórides Pérez • Camilo Pinto • Jaime Pinto • Jairo Pinto • Augusto Rendón • Patricia Tavera • Sergio Trujillo Béjar • Ricardo Villegas • Armando Villegas.

 Obra de Dioscórides Pérez
“Siento el llamado del agua”

Galería La Escalera
Cra. 19 C No. 86 A - 59. Antiguo Country, Bogotá

30 artistas interpretan la novela Ritual de Títeres



Por Roshi Gómez y Patricia Ortega

La Galería La Escalera, acogiendo la propuesta de Fabiola Flórez, Nicolás De la Hoz, Fernando Maldonado y Eduardo Esparza, de interpretar episodios o imágenes de Ritual de títeres de Gonzalo Márquez Cristo, apoyada febrilmente por varios de los más prestigiosos artistas colombianos, rinde tributo a esta novela de culto, que acaba de cumplir veinte años de publicada, exhibiendo la perturbadora muestra de las 30 obras que nos adentran a su esencial universo literario.
Este hecho sin precedentes, donde una legión de virtuosos artistas, se sumerge en las decisivas palabras de uno de nuestros más destacados creadores, permanecerá en nuestras paredes entre el 8 y el 23 de noviembre, y será testimoniada en un bello catálogo, para el placer de los amantes de la plástica y la poesía, y por supuesto de todos los confabulados.

Los artistas participantes son:

Pedro Alcántara Herrán • Jim Amaral • Marlén Amaya • Rosenell Baud • Gastón Bettelli • Luis Cabrera • Manolo Colmenares • Nicolás De la Hoz • Eduardo Esparza • Fabiola Flórez Roncancio • María Victoria García • Roshi Gómez • Martha Guzmán • Filomeno Hernández • Germán Londoño • Ángel Loochkartt • Fernando Maldonado • Guillermo Melo • Octavio Mendoza • Patricia Ortega • Dioscórides Pérez • Camilo Pinto • Jaime Pinto • Jairo Pinto • Augusto Rendón • Patricia Tavera • Sergio Trujillo Béjar • Ricardo Villegas • Armando Villegas.

El evento contará con el apoyo especial de la Embajada de México, Bimbo Colombia S.A., Trivento y Flor & Fiestas.

Galería La Escalera
Cra. 19 C No. 86 A - 59. Antiguo Country, Bogotá
8 de noviembre de 2012. 6:30 p.m.
Coctel
Entrada libre

Diálogo entre literatura y plástica



“Ariadna”, homenaje a Ritual de Títeres.
Obra de Armando Villegas

El Festival de Literatura de Bogotá se une al tributo que le rendirán varios de los más destacados artistas colombianos a la esencial novela Ritual de títeres de Gonzalo Márquez Cristo e invita a todos sus seguidores a la exposición que se realizará entre el 8 y el 23 de noviembre de 2012.
El profundo diálogo entre la pintura y la literatura, podrá contemplarse en la Galería La Escalera (Cra 19 C No. 86 A – 59, Bogotá). El Coctel de inauguración será el jueves 8 de noviembre a las 6:30 p.m., entrada libre. Habrá un coctel de bienvenida.
Esta obra colmada de hondas reflexiones y de imágenes de gran resplandor, ha merecido en estos veinte años de viaje secreto, comentarios de E. M. Cioran, Franco Volpi, José Ángel Valente, Casimiro de Brito, Carlos Fajardo, Ignacio Ramírez, Carlos Castillo Quintero, entre otros.

Para aproximar a los seguidores del Festival de Literatura de Bogotá a esta fascinante novela, nos permitimos citar algunos comentarios, que sin duda abrirán la mágica puerta a su recorrido.

«Su novela Ritual de títeres es una contienda entre filosofía e imagen que conduce afortunadamente a la tragedia». E.M. Cioran (París, septiembre 26 de 1992).

Desde los bellos poemas de Apocalipsis de la rosa, Márquez Cristo ha recorrido un despiadado tránsito poético que nos conduce ahora a la experiencia profunda y destellante de su novela –si puedo llamarla así– Ritual de títeres. En esta extraña obra, cargada de reflexiones y de imágenes, impera una escritura que me interesa vivamente. José Ángel Valente (Almería, España, noviembre 17 de 1992)



“Ritual de Títeres”
Obra de Jim Amaral

«Ritual de títeres es un libro colmado de hallazgos, de múltiples sutilezas y de una concepción muy especial, muy personal en toda su estructura. Su complejidad, su densidad, sus definiciones y sentencias son perturbadoras... Agradezco la riqueza inagotable de cada página y la excelencia de su escritura». Olga Orozco (Buenos Aires, marzo 10 de 1993).

«Ritual de títeres podría definirse como la aventura del regreso a la primera palabra». Roberto Juarroz (Buenos Aires, octubre 15 de 1992).

Las verdades de Chavela Vargas - María Cortina



La prestigiosa periodista mexicana María Cortina, reportera de guerra y autora de Memoria intacta, envía exclusivamente para Con-Fabulación el siguiente fragmento de su biografía La verdades de Chavela, brillante  testimonio de esa cantante que pertenece a la patria visceral de Edith Piaff, Janis Joplin, El Polaco Goyeneche y otros agudos intérpretes de la desesperación.


Noventa y más allá...
Para los males del cuerpo tenemos a los médicos,
para los males del alma tenemos a Chavela Vargas.
Lila Downs

Por María Cortina

Parecía estar convencida de que no llegaría al homenaje. "Se me están acabando las fuerzas", decía. Una y otra vez juraba que ya no estaba para esas andanzas. Pero, dos días antes del homenaje, viajó a la Ciudad de México con el alma en su sitio. Custodiada por sus ángeles guardianes, las enfermeras Liliana Achu-Fan Zamora y Lorena Barrera Jaime, recibió durante todo un día a periodistas, respondió no sé cuántas llamadas telefónicas de España, Colombia, Argentina, Chile, Ecuador. Todo el mundo quería saber cómo se sentía Chavela a sus noventa. Al hotel llega­ron varios arreglos de flores. Dos docenas de rosas enormes de parte del presiden­te de España, José Luis Rodríguez Zapatero y de su esposa Sonsoles Espinosa, y otro más de Felipe González. Gabriel García Márquez le envió una rosa que dibujó en la primera página de Cien años de soledad y le hizo llegar el libro. "Para Chavela, la flor más allá, con todo mi amor", escribió Gabo. ¿Más allá de qué, Chavela?
De todo. De la tierra, del mundo, de la razón. Así ha sido mi relación con Gabo. Una relación más allá del tiempo y de la vida. Durará más allá, donde sea, cuando sea. Lo encontraré más allá.

Al camerino del Teatro de la Ciudad le enviaron un ramo inmenso, también de rosas, de parte del ministro de Exteriores de España, Miguel Ángel Moratinos; una rosa de Pedro Almodóvar, otra de Miguel Bosé, Joaquín Sabina y el resto de sus amigos españoles. No cabía una flor más.
El día anterior, entre una entrevista y otra, decidió que quería salir del hotel.
Quiero saludar a mi ciudad, reconocerla y que ella me reconozca. Hace tiempo que no nos vemos. Hace tiempo que no recorro sus calles ni miro de fren­te al gentío. Mi ciudad, la he echado de menos.
No se le escapó un solo detalle. Desde la calle de Palma hasta el bar La Ópera, sonrió sin interrupción. Miró la ciudad con la ilusión de quien la descubre por primera vez; pero, al mismo tiempo, la invadió la nostalgia.
 Sigue ahí, la ciudad que tanto me dio, sus calles, palacios, sus mujeres y      hombres, sus puestos de periódicos, sus aromas y sonidos. Y siguen ahí los mexicanos de rostro y hablado dulce, parece que le cantan al amor cuando hablan. No entiendo por qué hay quien quiere quebrar a México, si sus calles huelen a verdad.
Hay calles que huelen a verdad.  

Al día siguiente, amaneció con ganas de seguirla. Recibió al corresponsal del dia­rio El País y al fotógrafo César Saldívar, su amigo. Por la tarde, regresó a Tepoz­tlán. "Ahora sí, ya cumplí", me dijo, al despedirse con su sonrisa gigante. "Te gané la apuesta", le dije. "Llegaste al homenaje y lo hiciste más viva que nunca."
Ya cumplí. Aquí estamos, a ver qué pasa. Voy a planear mi muerte, eso me divierte. Uno planea su vida, ahora yo voy a planear mi muerte.

Dijo que ya había hecho cuanto quiso hacer en la vida. Que ya nada más le tocaba esperar. Planificar su muerte y esperar. Pero, mientras esperaba, Beto Gómez le propuso grabar una canción para su tercer largometraje, El soldado Pérez, y aceptó sin dudarlo. "Chavela, quiero que cantes el tema de mi próxima película", le había dicho Beto varios meses antes. Y a los 90 años cumplidos grabó "Los dos herma­nos". Se aprendió de memoria una canción que jamás había escuchado y lanzó su voz y sus guitarras a la pantalla grande. Acabó agotada, pero estaba feliz, radiante, arrojaba luz.
Es que me encantan los jóvenes. Y quiero mucho a Beto, tan luchador, tan lindo. Es de las personas que buscan y no se cansan de buscar. Aunque encuentren.

Beto Gómez, autor de Hasta el último trago, corazón, un documental de homenaje a las mujeres que cantan, le dio las gracias a Chavela con uno de los abrazos más prolongados que he visto.
Se le estaban saliendo las lágrimas y creo que no quería que su equipo lo vie­ra. Yo sentí sus lágrimas, sentí su emoción abrazada a la mía. Sentí su satisfacción.
Acabó exhausta. Inconveniente que no la detuvo pues, unas cuantas semanas más tarde, grabó "Piensa en mí" con la singular banda estadunidense Pink Martini, que incluirá el tema en su próximo disco. Fue en un estudio de Tlayacapan, a unos kilómetros de Tepoztlán. Chavela grabó un tema más, por si acaso. Después, festejó con sus guitarristas y el resto del equipo. Y acabó brindando con aguas frescas por la vida, por la juventud y por la música.
Cuando el mundo tiembla, cuando llora, cuando parece que se va a caer, venimos los cantantes a sostenerlo. Los cantantes y los artistas. Brindo por Frida.
Frida Kahlo, siempre piensa en ella cuando hay que brindar por el arte, por el amor, por la amistad. Y, algunas veces, también cuando llora.
Estuve a punto de llorar, reviví todo cuanto he sentido por Frida. A los 90 años siento la fuerza, la intensidad de Frida en mí. Y la mía en Frida. Ella tam­bién me quiso.
En esos días le mostraron la copia de una carta de Frida dirigida a Carlos Pellicer, en la que se revela la inmediata atracción que ella sintió por Chavela. La acababan de encontrar en un baúl, junto con otras cartas y objetos que Frida guardaba. La escribió el mismo día en que se conocieron y en ella se preguntaba si Chavela habrá sentido lo mismo que sintió ella. Acaso, dice Frida al final de la carta, Chavela es un regalo que el cielo me envió. "Eso fuiste para Frida, un regalo del cielo", le comento.
Estuve a punto de llorar el llanto suave de Frida cuando la leí.
Solamente dijo eso y se marchó un buen rato al territorio del silencio. Después, me mostró la carta. Y se acordó de otra carta que Frida le mandó un poco antes de morir.
Chavela, yo te nací. Eso me dijo Frida en su carta. Yo te nací, Chavela, recuérdalo siempre. Porque siempre estaré en ti y tú en mí. Y ya ves, sigue en mí. Lás­tima que rompí esa carta. Lástima.

Frida nació a Chavela, y antes lo hizo México y José Alfredo, y su canto, sus brazos abiertos, su decisión de dejar de beber, el reencuentro con su público, El Hábito, un poema de Lorca, Pedro Almodóvar, Manuel Arroyo, España, la España de su corazón, los homenajes, la risa, el mar, los pescadores, sus músicos, sus amigos. A sus 90 años, Chavela Vargas sigue naciendo. Y lo hace sola, como un personaje de teatro, reinventándose día con día.
Ya todo se acabó y yo sigo aquí, eso es lo duro.
Lo dice un día y a la mañana siguiente acepta la propuesta de grabar una nueva canción, recibir un homenaje más, participar en un documental sobre Frida, ser fotografiada en un estudio de luz. O me pide que la ayude a organizar una comida de amigos.
Cinco meses después de su homenaje, decidió grabar la canción "¿Adónde te vas paloma?", que escribió junto con Mario Ávila. Hacía mucho que no la escu­chaba cantar con la voz tan limpia ni con tanta intensidad. Todos los que estuvimos presentes nos quedamos maravillados, absortos, mudos. Entonces, nos explicó:
Mientras canto, hay algo detrás del texto que me envuelve y me desa­parece. De pronto, siento que tengo que frenarme, pero no lo hago. Después de todo, para eso canto, para sentir y hacer sentir.
“Tienes un futuro por delante, Chavela", le dije.
"Al paso que voy me estaré muriendo a los 105 años", respondió, muerta de risa y después me recordó que había una reunión de amigos pendiente.
Dile a Monsiváis que venga, y al chico aquel que quiere conocerme, trae a Ana Paula y a Sofía, invita a Enrique Strauss, a Eugenia León, Nacho Toscano, a Patsy, a Patricia Gaxiola. Y que venga Monina, su hija. Un día de estos vuelvo a cantar para ti, Monina.
"Gracias, Chavela", le dice Monina y llora el recuerdo de escuchar a Chavela can­tar para ella "Las simples cosas". Justo a unas cuantas horas de que Monina reci­biera el primer tratamiento de su quimioterapia, Chavela le pidió cantando que no se marchara:

Demórate aquí, en la luz mayor de este mediodía,
donde encontrarás con el pan al sol, la mesa servida.
Por eso muchacha no partas ahora soñando el regreso,
que el amor es simple, y a las cosas simples
las devora el tiempo.

De tanto en tanto, canta Chavela "Las simples cosas". La canta o la declama. Y lo hace, ya no para Monina, sino para ella, Chavela Vargas, la que no tiene miedo a morir, la que planifica su muerte, la que le dice a la pelona: "Cuando usted quiera, Señora, le tiendo la mano". La misma que se despide a diario de la vida, no se can­sa de nacer, de renovarse, de crear.
La creación no termina, si uno sigue vivo, no termina. Tengo 90 años y viviré lo que me queda de vida sin que la creación se acabe. Crear es la verdad. Que no se termine nunca la verdad. Eso he querido siempre.
"No terminará. No te quedas quieta ni una semana seguida."
Por lo pronto, aquí sigo, pero estoy cansada. Mis manos ya no se abren. De tanto abrirlas, ya no se abren. Sé que pronto me iré.
Chavela....

Me voy a ir, pero aquí seguiré. Volveré y seguiré dictando las letras y las palabras que se necesitan para escribir un poema. Verás una luz, un atardecer, alguna cosa excepcional verás y sabrás que soy yo. Vamos a seguir conversando sobre la verdad; sobre las verdades de Chavela, donde se juntan la tristeza y el dolor que he vivido, y la ternura también... todo el amor que he sentido por mis amigos, mi público, mis amores. Ve y diles a todos que no me iré.

Contra los Curadores


Por Armando Villegas

 Una de las figuras más influyentes de la plástica latinoamericana, envió exclusivamente para Con-Fabulación la siguiente columna, donde arremete con su lucidez característica, contra esa nueva raza de detentadores del poder cultural, que para algunos son los responsables de una nueva enfermedad en el arte.

Amigos de Con-Fabulación: Con la autoridad que me concede ser uno de los precursores del temible, necio y grandilocuente oficio de curador, que ejercí hace sesenta años en la Galería El Callejón de Bogotá durante la década del cincuenta, me interesa realizar un breve comentario que será de gran interés para los seres con sensibilidad estética y desde luego para todos aquellos artistas que hoy padecen la tiranía impuesta por estos despiadados personajes, que han pretendido convertir lo que era una deliciosa actividad estética en una burda y fría técnica.
 Yo —reitero—, que ejercí ese oficio cuando todavía no tenía ese apelativo de “curador”, de pedante connotación médica, y que me esforzaba por colgar las exposiciones de los artistas elegidos con todo mi conocimiento en alianza con mi sensibilidad, para que la muestra quedara con la mayor armonía, es decir con ese equilibrio que buscaban los griegos en su arte sublime, hoy, me corresponde señalar que ese oficio elemental pero esencial, de planear y colgar una exposición, ha caído en manos de tecnólogos al servicio del establecimiento cultural, quienes desean unificar todo en el mundo, exigiéndole incluso a los más independientes creadores temas obvios, ritmos predecibles y motivos falaces.
Los curadores representan los intereses de una sociedad frivolizada, protegen las obras y los artistas que puedan ser un espectáculo, creen que es más importante exponer una colección de botellas de Coca Cola que la obra de algún artista esencial para el desarrollo interior de un colectivo humano. Los curadores imponen todas las manifestaciones pasajeras que generan riqueza o que logran captar la atención de nuestros mediocres medios de comunicación, excluyendo las búsquedas decisivas de quienes piensan que pintar —o esculpir— son posibilidades sustanciales de todos los habitantes del planeta.
Creo que el arte, su gestación y su realización, es una experiencia de libertad, y que esa misma libertad debe alentar todo el proceso creativo, incluso hasta su fase culminante, la de elegir las obras, ordenarlas, colgarlas, logrando la tensión adecuada, un diálogo fecundo con la arquitectura y la iluminación del lugar donde serán expuestas; pues regir todo por factores técnicos y por principios favorables a la difusión mediática subyugará nuestra lucidez creativa, y a menos que nos opongamos a ese empobrecimiento, el mundo que debería ser plural y múltiple, comenzará a homogenizarse, hasta convertirse en un escenario plano como la Tierra que imaginaban los hombres del medioevo.
¡El arte debe estar demasiado enfermo, desde que existen tantos curadores!