Entrevista con Nicolás De la Hoz


El sueño de Ícaro
Por Gonzalo Márquez Cristo
Esta conversación con Nicolás De la Hoz (1960), cuya rigurosa obra artística es sustentada por una profundidad reflexiva inusual, más que un itinerario por sus singulares mundos paralelos, es un auténtico manifiesto creativo, la formulación estética y vital de un infatigable soñador de “objetos de poder”. Aquí el luminoso retrato de su canibalismo interior.
Nicolás De la Hoz, fotografía de Sergio Trujillo Béjar
—El fuego muchas veces corrige mis obras, las paso por la pira cuando sus aguas se agitan bruscamente. Siempre he creído que debemos liberar al cuadro, obligarlo a escapar cuando al aproximarnos al lienzo escuchamos su oleaje golpeando contra sus bordes...
Me dijo la primera vez que visité su refugio en el noroccidente de Bogotá, donde la hierba de su Jardín de Freud, bautizado así en honor a su libidinoso gato moteado, todavía mostraba señales del sacrificio pictórico acaecido días atrás, durante la condena a la hoguera de alguna de sus obras insumisas.
—No le concedo la vida a un cuadro por una simple expectativa comercial, ni siquiera estética. Creo que todas mis pinturas que sobreviven implican un viaje al averno, un tortuoso itinerario que si tengo suerte logra elevarlas a “objetos de poder”. Hay algo devorador en ese proceso, lo sé, pero sólo entiendo el arte como antropofagia.
Prosiguió con voz grave sin sospechar aún que nuestra conversación estaba destinada a continuar sin interrupciones durante varias semanas, a veces ante la serenidad de su presencia y muchas otras en la agresiva soledad de mis vigilias.
—Usted vivió en La Habana, durante los primeros años de la Revolución, ¿qué recuerda de esa época convulsa, cuando la utopía comenzaba a confrontarse?
—Mi padre era un ingeniero eléctrico bastante soñador que creía en la fraternidad, sentimiento muy extraño ahora, razón por la cual viajamos a Cuba, pues pretendía participar en ese laboratorio humano... Eran tiempos difíciles y como se sabe regidos por la escasez, sin embargo todas las mañanas, encontrábamos tres litros de leche en el umbral, y eso tiene un encanto que jamás pasaría inadvertido para quienes hemos estudiado obsesivamente el psicoanálisis.
—El poeta francés Bernard Nöel decía que es venturoso para los pobres nacer en Cuba y para los ricos en países donde la desigualdad es más cruenta…
—Es cierto, aunque siempre que pienso en mi nacimiento no me interrogo por el lugar sino por el tiempo en el que caí. ¡No habría podido hacerlo en uno peor!
—¿Era perceptible para un niño el experimento social que estaban inventando en la isla por entonces?
—En mi espacio interior se construían realidades que posteriormente pude reconocer. En La Habana vivíamos cerca al teatro Karl Marx que antes se llamaba Tiempos Modernos por el genial film de Chaplin: le habían cambiado el nombre del rebelde interior por el agitador colectivo… Espero que algún día recobre su nombre original que hoy resulta más sedicioso… Pero existe algo que responde con precisión a la pregunta: cuando llegué a Barranquilla sacaba mis juguetes con ingenuidad para disfrutarlos con mis amigos como lo hacía en La Habana cotidianamente, pero en mi nueva morada nunca me los devolvían, o me los entregaban destruidos. Gracias a la Revolución compartir se había convertido en culto.
—¿Comenzó a pintar durante aquellos primeros años?
—Soy un intruso en el arte... A los seis, en La Habana, vi a unos niños checos dibujando con acuarelas, me acerqué con curiosidad y por primera vez supe que el mundo podía caber en una hoja de papel. Quedé pasmado. No obstante comencé a pintar años después, aunque tal vez mienta, pues las atmósferas derruidas de mis cuadros son originarias de mi infancia habanera y barranquillera, transcurridas en Miramar y en el barrio Prado Viejo, respectivamente.
—Y eso ocurría en un tiempo en el cual todavía existían los sueños…
—Sí, es fácil notar que hace un par de décadas nos fueron arrebatando aquellas fuerzas que determinaron los acontecimientos más significativos por varios siglos y quienes lo hicieron jamás notaron que al despojarnos del sueño también sacrificaron la realidad: nos quedamos sin espacio existencial. Antes éramos individuos, ahora fantasmas.
—La injusticia es algo que ya no tiene críticos, la libertad, con el perdón de Delacroix  ya no guía a nadie.Mientras alguien padezca, la rosa no podrá ser bella; mientras alguien mire el pan con envidia, el trigo no podrá dormir…”, decía Manuel Scorza.
—Yo miro atrás para ver preguntas no respuestas… Las consignas de la Revolución Francesa fueron arrasadas… Para expresar alguna injusticia prefiero tomar un camino oblicuo. Para representar una escena erótica soy un esclavo de la sugerencia. Y aún más, yo apenas puedo contar la vida de personas que no tienen sueños, o simplemente señalar algunos sueños que van a morir —comenta con desolación—. Mira la luz tangencial de ese enorme árbol, esos son los rayos agónicos, rasantes, que me agrada pintar… 

Nicolás De la Hoz: “Mujer caracol”
En la distancia un urapán se estremece entre las manos del viento. Caminamos lentamente por el jardín contemplando el cactus de los Cuatro Vientos, una planta de ruda y un floripondio dorado, mientras Nicolás —lo digo con énfasis pues así firma sus cuadros, sin utilizar el apellido, con la misma humildad que lo hacía el atormentado Vincent—, me va presentando las hierbas que cultivan para aliñar los alimentos, aquellas presencias aromáticas cuya patria es la infancia: romero, menta, limonaria, laurel...
—Entiendo que volver de La Habana en esa época era un evento de surrealismo político —comento para recobrar la conversación.
—Nuestro regreso de Cuba lo tuvimos que hacer viajando a Praga, París, Lisboa y Caracas. Ese itinerario ilógico es una de las demostraciones del absurdo que instaura la política. Así supe para siempre que todas las fronteras son cruelmente imaginarias…
—A sus siete años su familia eligió residir en Barranquilla... Su paisaje ha sido definitivo en su obra, el muelle de Puerto Colombia es una de sus reiterativas representaciones…
—Fui, tal vez soy, un desadaptado. Estudié en trece colegios en Barranquilla y fui expulsado de seis. Al regresar a Colombia vimos cómo la Mano Negra perseguía a la población progresista y sintiendo ese miedo en el aire advertí que sería un extranjero en todas partes, un forastero en la Tierra, un hombre que debía armar su carta de navegación cada amanecer… Los valores de esta sociedad carecían de sentido para mí. Allí en una ocasión estuve a punto de suicidarme, me sentía tan solitario, tan excluido. Mi padre tenía dos pistolas y las miré con codicia… Sin embargo el viento mágico de Puerto Colombia que sopla en varios de mis cuadros vino en mi ayuda. Un día mi abuela se soltó el cabello en ese hermoso muelle y lo recuerdo como una ondeante bandera blanca. Años después en ese mismo lugar, ya casi derruido, lancé al mar durante una tarde anaranjada las cenizas de mi padre.
—En su pintura el tiempo parece estar trabajando sin cesar; si uno se acerca con sigilo durante la noche, tal vez podría sorprenderlo entregado a su acto preferido, el de roer…
—El tiempo vibra en mis cuadros y se bifurca como la lengua de las serpientes. Me gustan las casonas viejas, las máquinas oxidadas, los barcos inservibles, pero también las personas de nuestros días acorraladas en una cotidianidad sin esperanza. Existe algo bello en esa confrontación de instancias y de planos, y un principio de belleza en toda erosión.
—Los dirigibles son hermosos, estoy seguro de que su forma es la del sueño... El DC-3 es un avión fascinante, parece que sus hélices fueran senos… —divago buscando la pregunta—. ¿Sus pinturas de vehículos herrumbrosos o atemporales no manifiestan lo reciente que se ha vuelto la antigüedad?
—No había pensado que nuestra antigüedad apenas tiene algunas décadas, es perturbador… En cuanto al dirigible, diseñado por Ferdinand Von Zeppelin, me parece el vehículo más bello inventado por el hombre. Con frecuencia pinto el Modelo 2 y el 3. De mi amor por estos artefactos que para mí son híbridos entre un ser vivo y uno mecánico, surgió en 2009 la serie el Sueño de Ícaro, que conjunta el milagro del vuelo con el arrasamiento que acecha su experiencia en el límite. No puedo olvidar que el más famoso de estos navíos etéreos, el Hindenburg, se incendió en 1937, cuando aterrizaba en Nueva Jersey. Admiro también el Douglas DC-3, y otros carromatos antiguos y trenes. Las ruinas me seducen más que las selvas. Hay algo maravilloso en todo declinar, en lo marchito... No es cierto que la belleza habite en la primavera, nunca la he encontrado allí… Sé, como Rembrandt, cuya obra vista personalmente es alucinante, que la belleza ronda la destrucción.
Su esposa Fabiola, su más recurrente modelo, ingresa al jardín con dos copas de vino. Nicolás admira el color de la bebida y observa a través del cristal diciendo que en un brindis deben participar todos los sentidos, “incluso el sexto, la intuición”. Olfatea la bebida escarlata, palpa la superficie de la copa y la choca con la mía para producir un sonoro campaneo. De pronto se muestra eufórico y por algo inexplicable los animales se agitan, giran alrededor de nosotros. El gato Freud enloquece y salta sobre los dos perros atravesando el jardín en diagonales. Nos quedamos inmóviles atestiguando ese extraño performance.

Nicolás De la Hoz: Serie: “Sueño de Ícaro”
—Existen artistas que nos asombran más en los libros que en los museos como Gauguin, y otros como Van Gogh, que cuando tenemos la suerte de ver alguno de sus originales, taladra los ojos —divaga y luego pregunta inquieto—. ¿Gonzalo, es posible que el pequeño Freud haya comido por equivocación la poderosa Flor de Campana?
—No lo creo, el horrible embrujo de “la trompeta del ángel” es devastador...
—Entonces el floripondio es todavía inocente... —dice sonriendo—. Soy un neófito en plantas sagradas pero he estudiado compulsivamente el psicoanálisis. En una época tenía sueños lúcidos y a veces podía pilotearlos como a uno de mis amados zepelines. Al mirar mis manos cuando estaba soñando, lo cual era uno de los ejercicios propuestos por el chamán Juan Matus para introducir la conciencia en medio de los itinerarios oníricos, me esforzaba por hacerlas desaparecer y aparecer a voluntad, con relativo éxito. Así entraba todas las noches mientras dormía con una especie de brújula, hasta aprender que todo sueño es una danza con monstruos que necesitan amor —culmina apasionadamente.
—Generalmente quienes estudian los sueños son los insomnes…
—Lo soy. Mi día tiene 26 horas, es decir que siempre despierto dos horas más tarde que el día anterior, es algo tormentoso; no obstante duermo el mismo tiempo. Mi madre decía que era extraterrestre, Fabiola sostiene que soy marciano... ¿A propósito cuánto dura un día en Marte…?
—Muerto Bradbury no me atrevería a responder... El psicoanálisis y el surrealismo orquestaron una rebelión de los sueños donde el privilegiado fue el deseo; pero soñar es también un ejercicio plástico…
—Sí. El inconsciente tiene un léxico tan reducido que debe hacer asociaciones. En Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci escrito por Sigmund Freud, asistimos al análisis de un episodio referido por el genio del Renacimiento donde un buitre introduce una pluma en su boca, imagen que fundamenta según el austríaco su homosexualidad latente. En la famosa pintura Santa Ana, la virgen y el niño se puede apreciar a un ave invertida formada por la falda de María, y eso sumado a algunos testimonios de Leonardo donde afirma que el sexo le era repulsivo, complementan ese estudio extraordinario...
—Leonardo decía algo muy divertido en ese libro —recuerdo—, que todo escultor tiene aspecto de panadero por el polvillo del mármol que se posa en su rostro, seguramente para ironizar a Miguel Ángel... ¿Pero del gato Freud cabalgando sobre los caninos que se puede interpretar?
—El gato está muy travieso hoy, es verdad… Sin embargo no podemos olvidar que los sentidos minimizan el mundo y que eliminar el verdugo de la razón, es una premisa de todo artista verdadero. La intuición, que pareciera ser una pesca en el inconsciente emprendida con una caña de luz, me protege… Una respuesta a la tiranía de la razón me llevó en 1997 a la serie Vuelo interior, donde aparecen por primera vez en mi obra los aviones DC-3 que le parecen eróticos —se burla Nicolás—, cuyo primer cuadro fue vendido en Christie´s y debí sacarlo por la ventana debido a su enorme tamaño de dos metros. Me asombraba ver a ese aeroplano volando hasta el andén. En 2005 inauguré Cartas de navegación, otra de mis críticas a la prepotencia racionalista, donde unos seres con paraguas me ayudan a rendirle tributo a los privilegios del inconsciente. Uno nunca alcanza a la madre, nos enseñó Freud. Jamás logra la vuelta al vientre que debe ser toda gran obra de arte. Por eso el mejor dibujante es un fracasado eterno, porque nunca podrá resolver el misterio que es ingresar en el origen —agrega con un tinte de desesperación—. Voy a confesar algo: me he obsesionado por pintar desde la oscuridad, como un ciego que va tanteando su mundo…

Nicolás De la Hoz: “Sueño de perros”
—En una escena del Color del paraíso de Majid Majidi vemos como un niño ciego comienza a leer el mundo en Braille. Lee las piedritas de un manantial, los pétalos de unas flores, todo lo convierte en lenguaje…
—Es una escena magnífica. El arte es un fragmento de la realidad que al distorsionarla crea otra realidad. Si una obra no es el resultado de una experiencia interior es innecesaria… Los pintores hacemos lo mismo que el niño ciego de esa película, traducimos las formas a líneas. Nada es más abstracto que un dibujo. Cuando se pinta un paisaje se sabe que el horizonte no es una línea, que es tierra, rocas, árboles, y aun así persistimos.
—Siempre lo pensé: los mejores pintores son los ciegos —digo sonriendo.
 —Un artista debe potenciar lo intangible. Conmover trascendentemente… Ejercito el universo erótico y también el paisaje urbano, invento planos imposibles. Y sé que todo arte es abstracto: es una abstracción de la realidad, un poner en dos dimensiones algo tridimensional… Pero además que todo arte es conceptual: pues siempre tiene un concepto. En verdad las categorías son falaces. Yo sólo pretendo que mis cuadros imanten como un pezón, como una hélice.
—Parece un especialista en erotismo metálico… —digo para vengarme—. Su pintura es táctil, su materia es siempre protagónica, y sin embargo no se puede entender sin el dibujo; se podría incluso decir que en ella las tonalidades son controladas. ¿Cree que un colorista es el que ha podido descifrar el gris?
—El dibujo es más reflexivo y el color más emocional. En el gris hay algo indefinido, siniestro, ambiguo, que lo hace fascinante. La pintura es más libre, pero el dibujo más esencial. Un día para rebelarme contra mi origen, contra la cuna, decidí utilizar colores bruscos, alejarme de los grises… Lo cual fue desgarrador.
—Una feroz autocrítica y una gran laboriosidad caracterizan su oficio artístico…
—Sin duda… Me colgaba pesas en las muñecas para fortalecer los brazos y así poder pintar sin descanso. Cuando abandoné Ingeniería Electrónica e ingresé al taller de David Manzur, ya viviendo en Bogotá, dibujaba dieciséis horas diarias pues creo que cuando un artista asume una idea no debe tener limitaciones técnicas, sino estar provisto con todos los recursos para arriesgarse a buscar su mitad invisible. Plasmar es dar cuerpo, lo cual es muy difícil. Es provocar una trampa visual, un engaño magno. Cuando estoy pintando unas veces siento a Tiziano observándome por encima de mi hombro, otras veces a Vermeer, y no puedo defraudarlos.
—Y supongo que a Leonardo Da Vinci siempre… El biógrafo Fred Berence arguye que la estirpe del primero era olímpica, mientras Miguel Ángel era titánico...
—Leonardo, el inconcluso, es mi artista predilecto, su pintura es muy reflexiva. Es notable la síntesis del biógrafo que menciona… En cuanto a Miguel Ángel, es sin duda más emocional… Me encanta el arte del Renacimiento, del Barroco. Estoy seguro de que una parte de mi espíritu nunca llegó acá, jamás ingresó a esta época harapienta. Pero yo admiro la existencia más que las obras. Mis influencias están afuera, tal vez más en la física o en la literatura: Max Planck o Raskólnikov, me despiertan motivaciones múltiples.
Freud de nuevo salta e ingresa a la sala atropelladamente. La declinante luz del sol se ensaña con el colosal árbol en la distancia. Nicolás comenta que el próximo mes un amigo le regalará un Hikuri para culminar la triada mágica de su jardín. Brindamos por su futura divinidad.
—Varias de sus pinturas están tuteladas por la asombrosa idea de William Blake: “Si las puertas de la percepción quedaran depuradas todo se le mostraría al hombre tal cual es, es decir infinito...” —comento señalando el horizonte oscurecido. 
—Es cierto. El vino y las plantas mágicas saben que la razón es un elemento de estorbo para ver el universo —dice bebiendo un largo sorbo—. Mi serie Los aprendices, creada bajo la brújula de Castaneda, sugiere que una obra de arte debe provocar un cambio de conciencia. Y me obsesiona aquello que se denomina Numen, una entidad metafísica sentida pero no percibida, una señal que nos acecha en lo invisible...
—¿Cree en el artista como un constructor de nuevos tótems, en el arte como adivinación?
—Tal vez… Soy un personaje esquivo, que se esfuerza por tener un ojo en la nuca y otro en los dedos, y que utiliza la pintura para que sus sueños no puedan escapar. Batallo por percibir el mundo de un modo irresponsable, por traducir al tacto los colores, por recuperar el salvajismo cuando pienso… Pero nunca inicio un cuadro si mis manos no están huracanadas y si no estoy preparado para maltratar mi espíritu hasta hacerlo sangrar...

Hace frío. Contemplo un paraguas abierto de un color imposible. Percibo los aromas de la cena. Nos llaman a la mesa. Alguien dibuja en un planeta alterno, inventa atmósferas, realidades paralelas… Alguien pinta en Braille. Interroga el silencio… Escucho la respiración de un Zepelín. Un avión antiguo despertando. El viento arranca una temeraria flor amarilla. Advierto que mis manos no desaparecen. Sorprendo a Freud durmiendo en la casa de los perros. Y antes de entrar veo a Ícaro, con sus alas plateadas, nuevamente volando. 


Entrevista con Eduardo Esparza

Eduardo Esparza. Foto de Pilar Duarte Nieto

La caligrafía interior
Por Gonzalo Márquez Cristo
Reportaje exclusivo para Con-Fabulación con uno de los maestros de la plástica colombiana, donde la lúdica de su niñez, la militancia política de su juventud, su participación en un descubrimiento mundial pionero en la técnica de la serigrafía, son complementadas con las agudas reflexiones y divertidas anécdotas, que definen a este artista que fuera en dos ocasiones Campeón Mundial de Trompo y que ahora se encuentra inmerso en los Visibles, una extensa serie de pinturas para exorcizar nuestro trágico acontecer.

Después de una hora de extravío llegamos a su finca de Tabio, o Boquerón de la labranza, como denominaban a este pueblo los muiscas, y al franquear la puerta escuchamos el canto de un gallo, que fue respondido al unísono por otros dos, del centenar de vistosas aves de riña que alberga el artista en sus galpones.
“El canto está afuera del gallo, está cayendo gota a gota entre su cuerpo…”, dije a manera de saludo, recordando a Eugenio Montejo, aquel poeta venezolano obsesionado también por esa criatura tan versada en herir la oscuridad.
—Es mi ave totémica… Me asombra su belleza y su enamoramiento de la muerte, tengo tantos en mi galpón como en mis telas —dice Esparza entusiasmado.
—¿Qué piensa de la incesante selección realizada por el hombre durante milenios que hizo de ese pájaro un ser tan fascinante como aterrador...?
—Eso puede ser cruel pero es un matiz integral de una cultura. Sin embargo hay una estigmatización por parte de algunos ecologistas de doble moral, que protegen una flor pero son indolentes con el dolor humano; yo creo que cuando ellos marchen por los desplazados y las víctimas de nuestras masacres creeré en sus consignas afelpadas... Un pollo de supermercado es sacrificado a los cuatro meses, mientras un gallo de combate puede sobrepasar, si tiene suerte, los doce años de vida, consentido por su harem de gallinas y cuidado como un pequeño dios. Entonces me pregunto ¿cuál de estos dos destinos es más codiciable?
El artista nos antecede con su camisa a cuadros mientras los tres perros giran frenéticamente a nuestro alrededor. Todas las paredes de su taller están intervenidas con los trazos amarillos y rojos característicos de su obra. Unas pinturas de madera, erguidas como tótems, recortan el espacio. Vemos los rodillos y las mesas donde elabora su obra gráfica y luego el cuidadoso catálogo de la Bienal Internacional de Grabado José de Ribera, que ganó el año pasado en Valencia, España.
—Es prudente ir a encender el horno de piedra pues debe calentarse durante tres horas antes de introducir los alimentos, como lo sabe cualquier Neardenthal.
Su frase es categórica, entonces nos dirigimos apresurados hacia el patio seguidos por el ladrido de los perros y lo vemos liberando el fuego entre las fauces del hermoso horno, mientras el labrador negro de brillante pelaje escupe una pelota de caucho obsesivamente sobre mis zapatos. 
 —Los esperaba antes… —murmura—. ¿Se perdieron, verdad?
—Extraviarse es el objetivo de todo viajero auténtico… —exclamo.
—Y de todo buen artista —agrega—. No soporto a los pintores que no se salen del camino. Es importante investigar, ir de una fase a otra, exponerse a territorios peligrosos… Un pintor que deja de buscar me intranquiliza.
Eduardo Esparza nació en Palmira (Valle) en 1956. De niño “producía” fiebre para no ir al colegio con el fin de quedarse dibujando en casa, fiel a su ineludible pasión. Desde aquella época ha mantenido también un vínculo inquebrantable con los animales.
—Llegué a tener siete acuarios, me fascinaba el colorido de los peces, el misterioso ritmo que imponen al nadar, al perseguirse en sus escarceos de seducción… Alguna vez tuve hasta pirañas —agrega fiel a su consigna de parecer salvaje, con su marcado acento valluno.
—El arte como una infancia recobrada, a la vez posibilidad lúdica y relámpago de la muerte… —divago pateando la pelota, ya casi domesticado por el inquieto labrador que gira incansable, y sonriendo recuerdo la escena de El Principito con el Zorro.
—Conocer las dos caras de la luna, el cruel y hermoso aprendizaje de los primeros años. Por un lado los juegos de mi niñez tenían algo milenario que los hace insustituibles. Las cometas me alucinaban. Sus colores, su comunicación con el viento, ese elemento invisible y poderoso. También aprendí a controlar el trompo, que ha sido para mí determinante. Tengo la costumbre de meditar mientras animo ese juguete de madera. Un día advertí que mis obras tienen el ritmo de su lúdica, sus diagonales, sus movimientos horizontales, sus fugas en ascenso… Y por otro lado, debido a que mi padre era gallero, en su compañía fui acercándome a ese rito (a tal punto que hoy puedo distinguir la voz de mis gallos favoritos); y así conocí el juego y también la muerte, poco antes de descubrirla ensañada en nuestra historia patria.
—Usted reconoce en el trompo un movimiento cósmico, me ha dicho... Como el girar de un astro… ¿Podría hablar de la Secta del Trompo Rojo antes de retomar el rumbo inescrutable de la muerte?
—Es una cofradía de seres que no renuncian a su niñez a la cual pertenece el escultor Guillermo Melo, y como si se tratara de los Illuminatis prefiero guardar los otros nombres en secreto —responde sonriendo—. En el cortometraje, El trompo, dirigido por Diego García, se puede rastrear algo de este peligroso movimiento infantil.
—En 1991 y 1992 obtuvo consecutivamente el curioso Campeonato Mundial de Trompo...
—Sí, en Sogamoso fundaron esa contienda para consagrar al bello juguete que fue parte de nuestro imaginario. Debíamos competir en tres complejas modalidades: “Calle Peleada”, “Rayuela” y “Trompo en la Cuerda”. Sobra decir que las semanas previas a ese encuentro tan trascendente son las únicas de mi vida en que renuncié voluntariamente a la pintura.
—El trompo aparece en el cuadro de Brueghel “Juegos infantiles”, y obviamente en “El niño de la peonza” de Chardin —recuerdo animándolo a continuar.
—Y además fue nombrado por Virgilio en La Eneida. Tiene más de cuatro mil años… Los indígenas americanos han inventado un trompo macho y uno hembra, y aunque para mí su sexualidad es un enigma, lo que llama mi atención es su carácter sensual, el diálogo entre la cuerda y el juguete. Su danza, es algo que determina mi pintura... Más tarde haré una demostración explicativa.

Eduardo Esparza: "Fábula".
Serie: Ecosistemas
Una lluvia fina comienza a caer y debemos buscar un sitio próximo al horno para calentarnos, y de pronto siento —yo que padezco de cinofobia— la lengua de la poderosa perra Akita, que buscando protección debajo de la mesa, lame mi mano, provocando la hermosa risa de la mujer que me acompaña. Levantándome aterrorizado veo que Esparza sin comprender mi sobresalto continúa ensimismado en sus evocaciones infantiles.
—Estuve en Palmira hasta los veinte años y allí, en el Apretadero, que era el lugar de los enamorados, yendo a espiar a las parejas ardientes vi por primera vez un muerto, el Capitán Ceniza: figura patética de la violencia entre liberales y conservadores que azotó a Colombia sin cesar desde la muerte de Gaitán.
—Usted fue militante de la Juventud Patriótica y creyó con intensidad en el compromiso del arte…
—Participé en la JUPA, haciendo política de pies descalzos. En 1978 viví siete meses en Corinto en mi tarea de concientización. Mi labor principal consistía en vender el periódico Tribuna Roja, voluminoso y aburrido órgano teórico de aquel partido, y cual sería mi sorpresa cuando noté que todos los ejemplares que me enviaban se agotaban en pocas horas. Decidí por tanto pedir los que sobraban en los municipios aledaños y aquellos se vendían con la misma suerte. Exaltado me comuniqué con el Comité Central asegurándoles que nuestra política era arrasadora, que la revolución sin duda nacería de ese pueblito del Cauca y que tal vez yo era la encarnación de Mao Tse-Tung; sin embargo una mañana, mientras celebraba la contundencia de mi talento político, advertí con desolación que el periódico lo compraban ávidamente los lugareños para envolver los productos que vendían en la plaza de mercado. Poco después busqué escondite en el arte.
—¿Qué piensa de este tiempo donde las expresiones estéticas han sido despolitizadas, hasta excluir incluso su poder humanístico?
—Es importante tener la convicción en el arte que poseía Goya y Picasso, y más cuando en nuestro país la ultraderecha dice: “no hay desplazados sino migrantes”. ¡Qué cinismo! Hay artistas como Botero que no asumen una posición política sino estética, lo cual para mí es incompleto, aunque en esta sociedad tan carente de solidaridad eso me parece respetable.
—Sus primeras series fueron Torturas, De las muñecas y los pacientes y La metamorfosis de la locura, a comienzos de los ochenta…
—Quise contar la violencia que padecíamos y me interesé también por la locura…  Así indagué en la anti psiquiatría, bautizada en los años sesenta por Cooper.
La frondosa cola de la Akita golpea mi copa de vino, que gira —como un trompo, ahora lo pienso—afortunadamente sin consecuencias lamentables. Un poco temeroso por ese inesperado evento intento concentrarme en la entrevista:
—Estudió unos semestres de agronomía y desertó… Luego se matriculó en el Taller de Artes Aplicadas de Palmira y en la Facultad de Bellas Artes del Tolima, tentativas inconclusas… Fue en la Corporación Prográfica donde usted logró cierto sosiego…
Pornográfica diría Leonel Góngora. Es cierto. Fue venturosa mi estadía allí donde conocí maestros como Alcántara Herrán que se preocupaban porque el arte expresara la injusticia de este aciago territorio. Allí conocí a Chalo Rojas, Virginia Amaya, el Diablo Martínez y Phanor León. Interlocutores profundos que abrían mis vertientes expresivas. También conocí a Sophia Glazer, una bella polaca que montó el taller de litografía y dictaba clases en bikini. Y recuerdo que esta mujer perturbadora para los sátiros de la Corporación, adoraba a Karol Wojtyla, por lo cual colgaba afiches de este Papa en todas las paredes, mientras Alcántara y yo gozábamos cambiándolos furtivamente por afiches del Ché.
—La influencia de Francis Bacon sobre los pintores colombianos que se consolidaron en la década del sesenta fue determinante —digo mientras le lanzo la pelota al perro—. Granada, Rendón y Góngora, en sus inicios, encontraron similares formas tormentosas para contar nuestra realidad…
—Por ellos pude emparentarme con Bacon, ese genio irlandés tan influyente en nuestro arte... Los Expresionistas Colombianos son los únicos que han pintado aquí la noche, la fiesta, el sexo, las pasiones, el crimen, el latir de esta sociedad desquiciada.
—Harold Bloom escribió un tratado sobre la angustia de las influencias y el pavor del artista por quedar muy cerca al tronco paterno donde le sería imposible existir. Kandinsky, Miró y Picasso a veces irrumpen en su obra; también en sus primeras fases era posible sorprender la impronta de Armando Villegas…
—La influencia puede ser angustiosa pero también es una dádiva. Los tres primeros son estrellas que guían en todo el mundo, y desde hace varias décadas, a los navegantes extraviados, llevándolos a una confrontación sustancial. Pero mi acercamiento inicial al arte de Villegas, provisto siempre de una gran técnica, se debe a que juntos bebemos de las mismas fuentes: Paul Klee y Max Ernst. 
—Su pintura se caracteriza por apropiarse de los métodos del grabado, por pintar para luego despintar, por sustraer hasta encontrar la luz oculta. También por un manejo singular de planos que deja a la forma expuesta en su estructura geométrica…
—En realidad yo pinto y luego me devuelvo, es decir que el esgrafiado se vuelve culminante, y el cabo del pincel me es más útil que sus cerdas.

Eduardo Esparza: "Lúdica", 2003

El frío se impone y debemos buscar nuestras chaquetas en la sala. Contemplo las paredes con atención. Veo un abrigo de madera colgado en un gancho, algunos retratos, varias pinturas de gallos atigrados y un gato persa gris que goza del respeto —de la reverencia sería más exacto— de los temerarios caninos.
—Usted es un grabador reconocido —digo regresando al porche, viendo a Esparza como una especie de Vulcano, alimentando el horno con fruición—. Ha cultivado con virtuosismo la colografía, el aguafuerte, la aguatinta y por supuesto la serigrafía… técnica donde ha hecho verdaderos hallazgos…
—El puertorriqueño Lorenzo Homar y el cubano Mariano Rodríguez, son dos de los grandes artistas latinoamericanos que me enseñaron trucos de esa técnica fundamental. También comparto con Mariano el placer de pintar gallos. En una ocasión hice una serigrafía a partir de una obra de Pedro Nel Gómez en la cual utilicé 64 colores y desde ese momento creo que un pintor sin obra gráfica es como un beso sin lengua.
Se oye un atenuado gallo en la distancia. Permanecemos atentos.
—Escucharon, es Rulfo. Conozco su canto oscuro, inconfundible —comenta Esparza con hilaridad.
—¿Por qué abandonó Cali, ciudad que en esa época mantenía una vivacidad cultural que quizá no ha vuelto a tener?
—Pintaba, actué con Enrique Buenaventura en Las dos caras del patroncito. Compartí caminos estéticos con Walter Tello ahora afincado en Alemania… Pero en 1980 partí a Bogotá ante la oferta de trabajar en Arte Dos Gráfico. Allí hice las carpetas Neruda o la alegría del mundo y Alquimia de imagen. También participé en la renovación de la serigrafía con Carlos Alberto Calvo y Jaime Valencia: utilizamos látex sobre la seda, lo cual fue una técnica pionera en el mundo. En torno a ese Taller se reunían pintores como Leonel Góngora, Ángel Loochkartt y Fernando De Szyszlo, con quienes fui compartiendo mis interrogantes. Y Antonio Samudio, demencial personaje que se desplazaba como un felino por los tejados bajo el efecto etílico y que una vez tumbó un muro a mazazos como si fuera la encarnación de un Hércules tropical.
—En 1991 expuso su serie Trompo ludens, luego las Flores carnales y los Falogones, donde su preocupación por el erotismo es notable. Vino después un despojarse de ese abigarramiento que imperó en su obra, hasta llegar a una extraordinaria serie que podría llamarse Geometría encarnada o… Geometría alucinada, realizada al promediar el año 2000, donde los colores tierra propician un momento alto de su expresión pictórica. ¿Podría explicar ese proceso estético de simplificación?
—Se refiere a la etapa donde aprendí a usar a profundidad los colores que me legó el oficio de serígrafo. Unos años después me despojé aún más de la forma, como lo hace un stripper, y fui realizando una disección de los planos hasta llegar a los Ecosistemas que me han ocupado durante el último lustro.
—Y después de los sintéticos Ecosistemas (“hilos de color rojo recorren el cuadro, quizá los amarillos sean los trigales de Van Gogh”, como los describe en un texto), siguieron algunas piezas recortadas que se emparentan con la escultura, y luego el conjunto de Pinturas negras, alegorías de momentos trágicos de nuestro país como su “Homenaje a los diputados del Valle”. Conversemos de la serie que ahora lo perturba: Los visibles.

Eduardo Esparza: "Visibles", 2011

—Es la primera vez que hablo de estos cuadros... Desde hace dos años me propuse mostrar la imagen gráfica de una víctima. Pinté 27 obras, algunas de gran formato, y como Picasso nos enseñó que la violencia debía ser en blanco y negro, mi paleta fue restringida al color que todo lo niega, o al color ausente, y a los grises, a los blancos… Sé que nunca hice nada tan honesto.
—En esta exploración “El Guernica” es referencia ineludible, pero además existe la intención de mostrar apenas la silueta de las víctimas, su radiografía. Recuerdo que años antes cuando pintó la naturaleza lo acompañaba un barroquismo indomable, pero al representar ahora al hombre desgarrado todo se simplifica, y queda tan solo el grafismo de su destrucción…
—Sí… Me esforcé por destruir las formas para poder contar que estos seres desmembrados existieron y permanecen aún en nuestra memoria. Que se fueron de nuestra compañía con sus lunas y soles que amaron, con sus animales queridos, pero todavía iluminan nuestros recuerdos. Estudié el regreso de los enfermos terminales por el simbólico túnel, y eso es lo que deseo expresar, la estela de la vida. Antes mi obra venía de la contemplación, ahora surge de mi más profunda caligrafía interior. Pienso que en mis Visibles no existe la gravedad. No sé cómo explicarlo, o tal vez sí, como cuando realizo algunas figuras con mi trompo.
Al escuchar un canto agudo en la distancia, espero que esta vez no sea Sócrates, quien antes de tomar la cicuta confesó deberle un gallo a Esculapio.
Han pasado casi tres horas y próximos a asaltar el vientre del horno con nuestro alimento terrestre, nos disponemos a asistir a la improvisada escena prometida por el Campeón Mundial de Trompo. De una bolsa de cuero sale su pequeño duende danzarín. Esparza lo lanza sin dejarlo llegar al piso y comienza a efectuar dibujos etéreos. Lo hace subir mágicamente por la cuerda negando la gravedad, lo arrulla, lo acuesta como a una mujer que se enrolla en sus propios brazos, lo hechiza, lo obliga a sus contorsiones elípticas… y por último lo duerme sobre la uña. En ese momento intentando testimoniar ese artilugio inolvidable disparamos fotos sin parar, mientras los perros baten las colas y el gato camina acechante a punto de saltar sobre ese juguete de madera que Esparza ha logrado convertir durante algunos minutos en un resplandeciente colibrí.
Permanecemos en silencio. Luego, al terminar su prestidigitación, mientras guarda con extremo cuidado su trompo, lo escucho decir:
—Vivo en este oscuro país y hace mucho sentí el deseo capital de testimoniarlo. Sin duda todos nos definimos en la infancia: allí conocemos el juego y la muerte. Desde entonces llevo la oscuridad de este tiempo tan nefasto —reflexiona bajando la voz—. Un día le regalé una serigrafía al poeta Leopoldo Berdella titulada “Radiografía al lado de su tumba”, y cuando se suicidó involuntariamente, en un episodio dramático ocurrido en 1988, la bala atravesó su cráneo y quedó incrustada en mi obra. ¿Qué más puedo agregar? Él es uno de mis Visibles, de mis más visibles invisibles...

Tabio, 9 de junio de 2012

Eduardo Esparza nació en Palmira, Valle del Cauca - Colombia, 1956). Estudió en la Escuela Departamental de Arte y Cultura de Cali, en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del Tolima y en el Taller Experimental de Gráfica de La Habana. Su obra ha sido expuesta en diversas galerías de México, Estados Unidos, Venezuela, España, Suiza y Colombia. Creó el Taller Carángano con el cual ha realizado gran parte de su obra. Editó las carpetas: Lapislázuli (1981), Cuadrante (1982), Días y noches de guerra (1983), Pandora (1983), Alquimia e imagen (1985), y el libro gráfico Neruda y la Alegría del Mundo (1984). 

5 Conjurados en el Gimnasio Moderno


Jueves 21 de junio de 2012
Biblioteca Los Fundadores
Cra 9 No 74 – 99, Bogotá

Detrás de la bruma de Camila Charry Noriega
Canto árbol de Luis Felipe González
Uno lleva su cuerpo de Gustavo Quesada Vanegas
El trasfondo de la sombra de Jairo Alberto López
Y la antología Malabar en el abismo de Yirama Castaño

Entrada libre. Copa de Vino.

Homenaje a Clásicos del Erotismo


© Fotografía de Esperanza Vallejo Osorio

En esta memorable fotografía, tomada durante la multitudinaria exposición en homenaje a los clásicos del erotismo el pasado jueves 31 de mayo, donde asistieron 18 de los artistas convocados y 250 sátiros y ninfas, perturbados por el aguijón del deseo, aparecen en su orden: Ángel Loochkartt, Eduardo Esparza, Jim Amaral, Fernando Maldonado, Gilberto Cerón, Armando Villegas, Sergio Trujillo Béjar, Dioscórides Pérez, Augusto Rendón, Nicolás De la Hoz, Edilberto Sierra, Alonso Restrepo, Adriana Patiño, Luis Cabrera, Rafael Dussan, Carlos Granada, Leonardo Rodríguez Sirtori y Manolo Colmenares.
Agradecemos el apoyo de los prestigiosos artistas y del público asistente a esta resistencia espiritual contra las manifestaciones del arte de la postmodernidad –que privilegia el fácil escándalo y las expresiones subyugadas por lo conceptual y la especulación–, pues creemos que en estos tiempos de tanta confusión mediática, donde la imagen ha sido prostituida hasta perder su poder, es necesario regresar a las formas básicas de la expresión humana. La deleitosa muestra podrá contemplarse hasta el 30 de junio, de lunes a viernes y de 3 a 5 de la tarde, en la Galería Alonso Arte (Calle 85 No 11 – 53, Bogotá).
La exposición puede verse también virtualmente siguiendo este enlace de Artistas Colombianos.

© Fotografía de Esperanza Vallejo Osorio
De izquierda a derecha: Gonzalo Márquez Cristo, Nicolás De la Hoz, Eduardo Esparza, Ángel Loochkartt, Armando Villegas, Sergio Trujillo Béjar, Jim Amaral, Adriana Patiño, Augusto Rendón, Carlos Granada, Amparo Osorio, Manolo Colmenares y Fernando Maldonado


¡Confabulados del mundo uníos!

Homenaje a clásicos del erotismo


Jueves 31 de mayo -  junio 30 de 2012
Armando a Villegas: “Tributo a Klimt” – Inspirado en Judith y Holofernes.

La gran exposición en homenaje a los clásicos del erotismo, El Juego de la Interpretación, donde participarán 21 de los más importantes artistas colombianos, se inaugurará el jueves 31 de Mayo de en la Galería Alonso Arte (Calle 85 No 11 – 53, Bogotá) y estará abierta hasta el 30 de junio. Allí se podrán contemplar las obras originales, que a continuación registramos, de los consagrados participantes en esta convocatoria plástica y lúdica del periódico virtual Con-Fabulación:
Pedro Alcántara Herrán ("Vulva. Estudios sobre la mecánica de los músculos de los orificios del cuerpo” – Homenaje a Leonardo Da Vinci), Jim Amaral (“Trisonami” – Tributo al fresco Tumba de los Toros de Tarquinia), Gastón Bettelli (“Roco / Pop para François Boucher” – Inspirado en Heracles y Omphales), Luis Cabrera ("En la oficina de Edward Hopper”), Gilberto Cerón (“Cómplices” – Homenaje a Gabrielle D’Estrées y su hermana), Manolo Colmenares (“Homenaje al Beso” – Tributo a Rodin), Nicolás De la Hoz (“Venus Anadiómena” – Celebrando a Tiziano), Rafael Dussan (“Un abrazo para Schiele”), Eduardo Esparza (“Ecosistema para Leda” – Homenaje a Leda y el cisne de Miguel Ángel), Carlos Granada (“Homenaje a Epifanio Garay”, inspirado en La mujer del levita), Germán Londoño (“Amantes” - Homenaje a Odalisca con esclava de Ingres), Ángel Loochkartt ("Pensando en Munch” – tributo a Pubertad), Fernando Maldonado ("Venus de la pantalla" – Homenaje a Velásquez), Adriana Patiño (“La tempestad del alma" – interpretando a Kokoschka), Dioscórides Pérez (“El samurái y las mujeres del loto negro” - Homenaje al Cuaderno de los pequeños patrones), Augusto Rendón (“Homenaje a Hendrickje” de Rembrandt), Leonardo Rodríguez Sirtori (“La mica” – Tributo a Paula Rego), Edilberto Sierra (“Fagocitosis del imaginario” – Homenaje a Las tres gracias de la Escuela de Pompeya, obra anónima), Sergio Trujillo Béjar (“El fin del mundo” - Celebrando a Courbet), y Armando Villegas (“Judith y Holofernes” - Homenaje a Klimt).  

El juego de la interpretación


Por Gonzalo Márquez Cristo
Aquí la sustentación filosófica del proyecto interpretativo de Con-Fabulación, prefacio del hermoso catálogo publicado por la Galería Alonso Arte, para promover la exposición que reúne las obras realizadas por los 21 prestigiosos maestros colombianos que se atrevieron a asaltar los mundos de Leonardo, Miguel Ángel, Rembrandt, Munch, Rodin y Tiziano… y que para muchos es el acontecimiento plástico del año en Colombia.

Si toda obra maestra surge de una mala interpretación como lo proponía Harold Bloom, de una lectura oblicua de la pieza original, de una perspectiva anárquica que produce una riqueza distante del canon, la lúdica propuesta por el periódico virtual Con-Fabulación durante los últimos cinco febriles meses, que buscó confrontar tiempos y estilos, para constituirse en un homenaje a las fuentes, fue además un diálogo secreto con varios artistas del pasado que aún fertilizan las aguas de nuestro devenir.
El holandés Johan Huizinga, en Homo ludens, afirmó que mientras las disciplinas del conocimiento se distancian del juego, las manifestaciones artísticas encuentran en él su patria, por ser el producto de una imperativa libertad, capaz de convertir una forma o un tema en el material de nuestras desatadas obsesiones... Y si le creemos a Kant cuando al plantear su estética formalista, enuncia que una obra de arte es una actividad humana cuyo fin es ella misma, debemos derivar de allí que todo trabajo que coincide con su propio objetivo es un juego, y concluir que esta confabulación de artistas que asaltó semanalmente la Red, podría validarse aunque su sentido cardinal estaría un tanto amenazado. Pero si además escuchamos a uno de los más insobornables genios de la plástica, al francés Gustave Courbet, cuando afirma que el asunto no consiste tan sólo en ser pintor, pues lo fundamental es poder «hacer arte vivo», entonces la tentativa de Con-Fabulación sería más peligrosa, y deberíamos decir que la lúdica visceral instaurada aquí con la complicidad de 21 prestigiosos artistas colombianos se torna culminante.
El arte, ese sigiloso rapto de formas y signos de identidad, esa usurpación de realidades tan esencial como enigmática, esa profunda confrontación con las entrañas que antecede tantas veces a una huida en la bruma, ha sido el inmemorial diálogo con los escasos y soberanos temas que constituyen nuestra herencia imaginaria. Los artistas reiteran durante siglos desde su limitada visión del mundo, los mismos temas que al parecer son insuperables, pero que requieren de su deformación para seguir existiendo, no de un ejercicio imitativo, lo cual implicaría un accionar subordinado a una forma ajena, sino de una interpretación singular —a veces descarnada, en ocasiones irónica— que propicie el renacer en su universo personal.
Gaudí había descubierto que «la originalidad es el regreso al origen», y ese itinerario azaroso y solitario hacia las raíces impulsa al creador a raptar un tema memorable para escenificarlo en su mundo interiorizado; experiencia milagrosa y atroz. La historia del arte es profusa en versiones de escenas bíblicas o mitológicas —para ser explícitos—, que a pesar de representarse en distintos siglos, culturas y etnias, antes que sufrir una erosión enriquecen su espectro icónico renovando sus destellos. En ese laberinto interior las formas derivadas del saqueo estético y a veces existencial o metafísico, deben morir o transformarse para que puedan adquirir la majestad de lo único e irrepetible. La distorsión que se realiza desde la obsesión insobornable de un estilo reinventa el tema y nos hace pensar que la forma, con toda su íntima complejidad, se debe incesantemente emancipar para que el arte reine. 
Que hayamos unido aquí el peligroso juego de espejos que es la interpretación con el universo transgresor del erotismo, obedece a una idea básica, pues tanto la creación artística como los rituales eróticos están muy cerca del acto reproductivo, por ser creadores de seres imaginarios o reales, y porque además ambos permanecen acechados por el deseo, y ya sabemos por Paul Eluard que los únicos que son inmortales, los deseos, recorren el camino... 
El artista, sometido a la nostalgia de aquella continuidad que perdemos con el nacimiento —como lo imaginó Bataille—, o a la intermitencia como lo ha propuesto el psicoanálisis —a la deleitosa dualidad entre la aparición y la ausencia—, debe dar también su estremecido testimonio corporal.
Si el sentido último del erotismo es la muerte o si es sexualidad transfigurada —es decir, metáfora, según lo pensó Octavio Paz—, es lo que intentan contar los artistas convocados a esta experiencia de linderos cambiantes, y desde luego, lo que sentimos al admirar estas representaciones, que a pesar de haber sido perpetradas durante milenios o centurias aún son susceptibles de producir una nueva metamorfosis, una actualización, un despertar producido por ese sempiterno recién nacido que llamamos deseo.  
In nuce: si el arte adora jugar y el erotismo es una de las contiendas que definen al homo ludens, sus nupcias son incuestionables, y así como los artistas guiados por su fuerza agonal construyen con los hallazgos o las cenizas del pasado, los amantes no tienen otra originalidad que los acentos y los rictus que componen sus muy personales ceremonias, pues parafraseando a Cioran, amar es un plagio. De esta manera, interpretación y erotismo, dos de las formas más refinadas del juego, manecillas que como los rostros de Jano miran hacia el pasado y el porvenir, se conjugan en una experiencia ilimitada... 
Así los insomnes artistas que fueron saeteados por Eros y perturbados por Afrodita, y que participan en nuestro difundido proyecto de la interpretación, rindiendo tributo a sus raíces sensibles o ironizando sus más profundas herencias estéticas, han cumplido con su más vívida memoria, insertando un grano de luz en ese gran juego que es el arte, y aumentando la tribu, que a pesar de todo, aún se empecina en soñar con un Nuevo Renacimiento.

Homenaje a clásicos del erotismo


Gastón Bettelli: “Roco / Pop para François Boucher” – Inspirado en Heracles y Omphales.

La gran exposición en homenaje a los clásicos del erotismo, El Juego de la Interpretación, donde participarán 21 de los más importantes artistas colombianos, se inaugurará el jueves 31 de Mayo de 2012 en la Galería Alonso Arte (Calle 85 No 11 – 53, Bogotá) y estará abierta hasta finales de junio. Allí se podrán contemplar las obras originales que a continuación registramos, de los prestigiosos participantes en esta convocatoria plástica y lúdica del periódico virtual Con-Fabulación:
Pedro Alcántara Herrán ("Vulva. Estudios sobre la mecánica de los músculos de los orificios del cuerpo” – Homenaje a Leonardo Da Vinci), Jim Amaral (“Trisonami” – Tributo al fresco Tumba de los Toros de Tarquinia), Gastón Bettelli (“Roco / Pop para François Boucher” – Inspirado en Heracles y Omphales), Luis Cabrera ("En la oficina de Edward Hopper”), Gilberto Cerón (“Cómplices” – Homenaje a Gabrielle D’Estrées y su hermana), Manolo Colmenares (“Homenaje al Beso” – Tributo a Rodin), Nicolás De la Hoz (“Venus Anadiómena” – Celebrando a Tiziano), Rafael Dussan (“Un abrazo para Schiele”), Eduardo Esparza (“Ecosistema para Leda” – Homenaje a Leda y el cisne de Miguel Ángel), Carlos Granada (“Homenaje a Epifanio Garay”, inspirado en La mujer del levita), Germán Londoño (“Amantes” - Homenaje a Odalisca con esclava de Ingres), Ángel Loochkartt ("Pensando en Munch” – tributo a Pubertad), Fernando Maldonado ("Venus de la pantalla" – Homenaje a Velásquez), Adriana Patiño (“La tempestad del alma" – interpretando a Kokoschka), Dioscórides Pérez (“El samurái y las mujeres del loto negro” - Homenaje al Cuaderno de los pequeños patrones), Augusto Rendón (“Homenaje a Hendrickje” de Rembrandt), Leonardo Rodríguez Sirtori (“La mica” – Tributo a Paula Rego), Edilberto Sierra (“Fagocitosis del imaginario” – Homenaje a Las tres gracias de la Escuela de Pompeya, obra anónima), Sergio Trujillo Béjar (“El fin del mundo” - Celebrando a Courbet), y Armando Villegas (“Judith y Holofernes” - Homenaje a Klimt).  

El juego de la interpretación - Homenaje a clásicos del erotismo

Jim Amaral: “Trisonami” – Tributo al fresco Tumba de los Toros de Tarquinia. 

La gran exposición en homenaje a los clásicos del erotismo, El Juego de la Interpretación, donde participarán 21 de los más importantes artistas colombianos, se inaugurará el jueves 31 de Mayo de 2012 en la Galería Alonso Arte (Calle 85 No 11 – 53, Bogotá) y estará abierta hasta finales de junio. Allí se podrán contemplar las obras originales que a continuación registramos, de los prestigiosos participantes en esta convocatoria plástica y lúdica del periódico virtual Con-Fabulación:
Pedro Alcántara Herrán ("Vulva. Estudios sobre la mecánica de los músculos de los orificios del cuerpo” – Homenaje a Leonardo Da Vinci), Jim Amaral (“Trisonami” – Tributo al fresco Tumba de los Toros de Tarquinia), Gastón Bettelli (“Roco / Pop para François Boucher” – Inspirado en Heracles y Omphales), Luis Cabrera ("En la oficina de Edward Hopper”), Gilberto Cerón (“Cómplices” – Homenaje a Gabrielle D’Estrées y su hermana), Manolo Colmenares (“Homenaje al Beso” – Tributo a Rodin), Nicolás De la Hoz (“Venus Anadiómena” – Celebrando a Tiziano), Rafael Dussan (“Un abrazo para Schiele”), Eduardo Esparza (“Ecosistema para Leda” – Homenaje a Leda y el cisne de Miguel Ángel), Carlos Granada (“Homenaje a Epifanio Garay”, inspirado en La mujer del levita), Leonel Góngora (“Mujer sin sombrero” - Homenaje a Matisse), Germán Londoño (“Amantes” - Homenaje a Odalisca con esclava de Ingres), Ángel Loochkartt ("Pensando en Munch” – tributo a Pubertad), Fernando Maldonado ("Venus de la pantalla" – Homenaje a Velásquez), Adriana Patiño (“La tempestad del alma" – interpretando a Kokoschka), Dioscórides Pérez (“El samurái y las mujeres del loto negro” - Homenaje al Cuaderno de los pequeños patrones), Augusto Rendón (“Homenaje a Hendrickje” de Rembrandt), Leonardo Rodríguez Sirtori (“La mica” – Tributo a Paula Rego), Edilberto Sierra (“Fagocitosis del imaginario” – Homenaje a Las tres gracias de la Escuela de Pompeya, obra anónima), Sergio Trujillo Béjar (“El fin del mundo” - Celebrando a Courbet), y Armando Villegas (“Judith y Holofernes” - Homenaje a Klimt).