Adiós a Oscar Collazos

Con-Fabulación rinde tributo a uno de sus colaboradores y amigos, el narrador, ensayista y periodista, Oscar Collazos, recientemente desaparecido, reproduciendo aquí su primer cuento, que publicara en El  Espectador a sus veinte años, donde se hace evidente su talento literario y la elección de aquello que André Malraux, autor que le era tan caro, llamaba la búsqueda de un destino, de un obsesivo proyecto existencial.

  


PRIMER CUENTO DE OSCAR COLLAZOS

Este fue el primer cuento publicado de Óscar Collazos (Bahía Solano, 29 de agosto de 1942 - Bogotá, 17 de mayo de 2015), entonces un joven escritor desconocido de la costa del Pacífico. El cuento fue enviado espontáneamente al Magazín Dominical de El Espectador, que lo publicó el 7 de octubre de 1962. Collazos habría de ser posteriormente uno de los más interesantes escritores colombianos posteriores al escandaloso y reputado Boom Latinoamericano y a la figura casi bíblica de García Márquez. Su pluma asedió la mayoría de los géneros de la escritura –novela, cuento, ensayo y periodismo– y en cada uno de ellos llegó a formular propuestas notables. Entre sus títulos podemos recordar: El verano también moja las espaldas, Son de máquina, Textos al margen, Memoria compartida, Disociaciones y despojos, El asesinato de la modelo y Batallas en el monte de Venus.  

SOLAMENTE SU TESTIMONIO
                               
–Tengo miedo.
–¿De qué?
–No sé.
–¿Te meterán preso?
–No sé. ¡Maldita sea!
–¿Lo mataste?
–No, no lo maté.
–Entonces, ¿por qué huyes?
–¿Por qué? Pues porque me declararán culpable.
–¡No lo eres!
–Para ellos, sí. Son así.
La mujer se vestía mirando por la ventana. El hombre, boca arriba, tenía el torso descubierto, y con un pie rascaba la pantorrilla de la otra pierna. Fumaba. La mujer, de espaldas, enseñaba su figura relajada. El hombre se incorporó dando un salto cuando la mujer habló en voz baja.
  –Si te persiguen, no descansarán hasta matarte.
  El hombre se puso la camisa, que le quedó estrecha, como si fuera a rajarse por la espalda y el tórax. Se asomó a la ventana.
  Comenzaba a lloviznar y el cielo empezaba a ponerse de un gris plomizo.
  Salió. Recostado a las paredes, recorrió la acera. Llevaba el cuello de la camisa levantado. Se perdió en la calle siguiente. Al poco rato, un jeep pasó despacio frente a la casa que el hombre acababa de abandonar. Los cuatro sujetos miraron hacia las casas de puertas cerradas. Tres hombres uniformados, un hombre de paisano.
………………
  –¡Perra! Dilo, tú sabes dónde está.
  –No sé nada.
  El agente uniformado le dio bofetadas a la mujer hasta dejarla sangrando, boca arriba en la cama. Los otros tres lo miraban.
   –Déjemela a mí, jefe, yo la hago cantar.
   –¡Apártate!
   Sonó un disparo. La mujer extendió un brazo, que quedó colgando en el borde de la cama. La blusa se le manchó de un rojo espeso. Le salía sangre por la prominencia de los senos.
  Los agentes salieron. El de civil gruñó desde el  vehículo:
  –¡Hijueputas!
  Cruzó a toda velocidad la calle que daba al Palacio Municipal.
………………..
El hombre fugitivo se detuvo a la orilla del río, debajo de un guayabo. Las aguas bajaban en un hilo escaso de color ladrillo. Miró alrededor. Sólo un pájaro se sentó cerca de él a picotear en el suelo una guayaba madura.
  Había escampado hacía rato. El hombre sacó de uno de los bolsillos del pantalón un paquete envuelto en una servilleta. Comió. Al terminar, la servilleta descendió por el río y se quedó adherida en una piedra. El hombre se quitó los zapatos y los mojó. Luego los colocó recostados a una piedra. Volvió la vista atrás. Había oído el ruido que venía de la carretera. El ruido de un vehículo.
  El hombre corrió y se agazapó entre los arbustos. El ruido cesó y se oyeron pasos cercanos. El hombre seguía mirando por entre los árboles hacia un recodo de la orilla donde había una vegetación más espesa. Alcanzó a ver a los sujetos armados que bajaban de un jeep. “Son ellos”, se dijo.
  Los sujetos traían a empujones a tres hombres más. Uno de ellos era un anciano con el pelo blanco y ralo que le caía en la frente. Los alinearon a empujones. El hombre más joven se llevó la mano al bolsillo. Un momento después se escucharon los estruendos de repetidos balazos. Los tres hombres cayeron en la planada.
  Anochecía. Entre los guaduales se escuchaba la algarabía de las cotorras y el canto grave de un pajarraco.
  El hombre salió del matorral y se fue bordeando el río hasta confundirse con los troncos de árboles entrometidos entre las siete y media de la noche.
……………
–¿Por qué volviste?
–Acaban de asesinar al viejo Plutarco y a sus dos hijos. Cerraron las salidas del pueblo.
–No puedes volver al pueblo.
–¡Supieron algo de Leandra?
  Se hizo silencio. Los jóvenes callaban. Volvieron la vista hacia la mesita de la sala, como si huyeran de la pregunta del hombre.
  –¿No me oyeron?
  –Sí, Claudio, te oímos. La mataron en su casa. No sabemos si te ha delatado. Todo el mundo sabe que al alcalde lo mató el ejército porque no dejó que nos llevaran presos ni se creyó en cuento de que éramos subversivos. Ellos mismos lo mataron. Esperaron que saliera de su despacho y luego lo asesinaron.
  –¿Y el cadáver de Leandra?
  –Se lo llevaron.
  Se escuchó de nuevo el ruido de vehículos. La puerta de la casa daba a la calle. Los jóvenes se miraron unos a otros y miraron después a Claudio, que abrió rápidamente la ventana de la parte trasera de la casa. Comunicaba con la pequeña plaza de mercado. Saltaron uno tras otro. No alcanzaron a escuchar el ruido de la puerta que los agentes armados acababan de derribar a culatazos. Numerosos hombres armados, en vehículos oficiales, rodeaban la casa. Los esperaban al otro lado del mercado.
  Claudio fue el último en caer sangrando sobre el pavimento. Los jóvenes parecían bultos regados desordenadamente en el piso.
  Uno de los vehículos dirigió la retirada.
…………
Eran las once y media de la noche en el reloj de la inspección de policía.
Un hombre de traje oscuro se acercó al agente de guardia.
  –Vengo a denunciar un crimen.
  –¿Un crimen?
  –Varios.
  –¿Cómo que varios?
  – En la galería, creo que son los asesinos del alcalde.
  –¿Vio a los asesinos?
  –No. Huyeron hacia el río.
  –Llamaré para que se los lleven a medicina legal. Acaban de llevar a una muchacha asesinada en su rancho de un balazo.
  –Van a necesitar más testigos–dijo el hombre del traje oscuro, uno de los tripulantes del jeep que había estado recorriendo la ciudad–. Por los lados del río aparecieron otros tres muertos.
  –Nos basta con su testimonio–dijo el inspector–. El ejército siempre reporta los muertos en combate.
  El hombre salió de la inspección y subió al jeep que lo esperaba fuera con el motor encendido.         


1962